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AMALGAMA

El opio de los intelectuales

L’Opium des intellectuels, autor Raymond Aron, año 1955. Un ensayo crítico de este sociólogo francés, harto de los crímenes del comunismo ruso-europeo, treinta y ocho años después de haber comenzado la indigna masacre contra la humanidad, en 1917. En la edición del libro de 2018, en editorial Página Indómita, leemos dos liminares. El primero de Karl Marx con su famosa frase: «La religión es el suspiro de la criatura abrumada por la desdicha, el alma de un mundo sin corazón, así como el espíritu de una época sin espíritu. Es el opio del pueblo». Y con mucha mala uva, una segunda frase, de Simone Weil, filósofa, activista política que formó parte de la anarquista Columna Durruti durante la Guerra Civil española y perteneció a la Resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial: «El marxismo es toda una religión, en el más impuro sentido de la palabra. Tiene en común con todas las formas inferiores de la vida religiosa el hecho de haber sido continuamente utilizado, según la expresión exacta de Marx, como un opio del pueblo» (en Sobre las contradicciones del marxismo, 1937).

El asco que dan los comunistas nace directamente de su adhesión al bien común, diseñado por y para ellos, tan manido últimamente para agachar la testuz ante cualquier orden gubernamental hecha de modo masivo y sin contemplación para con los individuos. Por eso Simone Weil, anarquista, defensora del individuo humano, se dio cuenta de la naturaleza religiosa, ritual, como de ovejas frente al pastor, de los comunistas y socialistas de su época (ella falleció en 1943). De hecho, un lúcido texto del historiador Yuri Slezkine, director del Instituto de estudios eslavos, europeos del este y eurasiáticos de la UCLA californiana, The House of Government. A saga of the Russian Revolution, de 2017, nos define en su capítulo 3 del libro I, La fe, que el marxismo es una religión, arraigada en los dichos y comportamientos de las religiones milenaristas, desde las más ancestrales hasta las actuales: «Como profeta, Marx, al igual que Jesús, tuvo poco éxito en vida, convenciendo sólo a un puñado de seguidores, con pocas señales de una inminente resurrección alemana. Y, al igual que Jesús, fue redescubierto póstumamente por los bárbaros, que encontraron su profecía totalmente adecuada a su situación… según el Manifiesto, los comunistas pueden resumir su teoría en esta única fórmula: la abolición de la propiedad privada. En cuanto a la familia burguesa, desaparece naturalmente con la desaparición de su corolario (la prostitución), y ambos desaparecen con la desaparición del capital. Mientras tanto, todos los niños desde el momento en que pueden prescindir de los cuidados maternos, deben ser educados en instituciones nacionales y a expensas de la nación… Como la mayoría de los profetas milenaristas, también querían transformar el mundo transitorio premilenario en el equivalente de una secta, es decir, transformar una sociedad compleja y desigual organizada en torno a la propiedad y la procreación en una sociedad simple y fraternal organizada en torno a la comunidad de creencias, posesiones y parejas sexuales... Marx y Engels no eran utópicos, eran profetas. No tenían mucho que decir sobre el contenido de un orden social perfecto, ni sobre la cuestión de cómo y por qué debería adoptarse o experimentarse; tenían la absoluta certeza de que ese orden social estaba a punto de producirse, de forma inminente, espontánea y a través de sus palabras y actos... Y, por supuesto, este advenimiento sería rápido y muy violento, y sería seguido por el reinado de los santos sobre las naciones, gobernado con un cetro de hierro, y los vencedores tendrían su parte completa, y el viejo mundo desaparecería, y habría una nueva tierra».

Figuras de Marx en Trier, Alemania. | |

El resto de la historia ya lo sabemos, ha dejado pequeña a la Santa Inquisición con todas las quemas de brujas en siglos. Volvamos a Raymond Aron. Aron denuncia la complicidad de los intelectuales de la izquierda política como adalides del dogma mesiánico del marxismo, convertidos a la fe de un socialismo utópico, y por motivos de negligencia intelectual, acríticos. Loros. Aron señalaba la gruesa contradicción de Sartre con su defensa existencialista de la libertad junto al control férreo y criminal del individuo por el estado comunista, y se reía del único paradigma de la izquierda para con la derecha: «La izquierda es buena y la derecha es mala», y en consecuencia, la izquierda liberará de la opresión al Pueblo con la lucha de clases. Dios vencerá al demonio, en versión neo-mesiánica. Aron critica, en su obra: «Al tratar de explicar la actitud de los intelectuales, despiadados con las debilidades de las democracias, indulgentes con los mayores crímenes, siempre y cuando estos se cometan en nombre de las doctrinas correctas, me encontré en primer lugar con las palabras sagradas: izquierda, Revolución, proletariado. La crítica de estos mitos me llevó a reflexionar sobre el culto de la Historia y, posteriormente, a interrogarme sobre una categoría social a la que los sociólogos no han prestado aún la atención que merece: la intelligentsia». La intelligentsia, los intelectuales. Aron clava en la testuz de ese enjambre de avispas que son los intelectuales de izquierda, la tercera parte de su obra, La alienación de los intelectuales, más de cien perspicaces páginas que no han logrado ni convencer ni avergonzar a toda una tropa de loros que siguen encumbrando a la izquierda porque ha sido la izquierda la dominadora de los medios (lo cual tiene una explicación socio-psicológica, no significa que se trate de la verdad, sino que se trata del panem et circenses con el que se domina a las masas ovejunas). Aron detalla el paraíso y el infierno de los intelectuales, la búsqueda de estos de una religión, el paso de estos de una religión civil al estalinismo, el clericalismo secular, y prevé el fin de una edad ideológica que, definitivamente, se ha cumplido, porque ya no hay ideas en los intelectuales, como no hay comprensión del semantema en los loros. Los comunistas anhelan estar calientes, anhelan el calor del rebaño humano, el calor del tovarich, viven en un río de mierda, y la mierda es calentita.

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