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Vivir bajo volcanes

Canarias está formada por islas vivas y cuando hay una erupción se pierden casas, recuerdos y el paisaje, que ya nunca será el que fue

Paisaje volcánico del Parque Nacional de Timanfaya, en Lanzarote.

Recuerdo con vaguedad la idea de estar en la terraza de mi casa de Tacoronte en 1971 con toda la familia mirando hacia la erupción del volcán de Teneguía que acababa de surgir en La Palma. En Canarias sabemos que vivimos sobre volcanes, sobre islas vivas que se mueven, y que probablemente dentro de cientos o miles de años ya no seamos ocho islas, sino nueve o diez; sabemos que se está formando una nueva isla al lado de El Hierro, y que hay mucho movimiento sísmico a veces entre Tenerife y Gran Canaria; sabemos que el Teide está dormido pero no muerto; sabemos que en Timanfaya, Lanzarote, aún el suelo está caliente; distinguimos tubos volcánicos cuando los vemos y conocemos las diferentes erupciones que a lo largo de los siglos han idos conformando nuestra orografía y nuestro paisaje, y sabíamos que en La Palma la actividad sísmica estaba ahí, en el subsuelo que habitamos, pero también sabemos todos los canarios que uno de nuestros sueños es no tener que vivir en carne propia el estallido de un volcán que nos cambie la vida, sabemos que nos puede pasar pero no queremos vivir esa experiencia.

Imagen de la isla de Fogo, Cabo Verde, tomada en 2017, la erupción volcánica de la que se ven los efectos fue en 2014. Dulce Xerach Pérez

Cuando te roban el paisaje

La imagen de mi paisaje, del paisaje que me da identidad, el paisaje de mi vida, es desde esa misma terraza en Tacoronte mirando hacia el Teide, en la casa de mis padres. Desde allí, cuando voy, veo el mar, los valles y acantilados de la isla de Tenerife y al fondo el Teide tan maravilloso siempre, tan espectacular. No sé qué sentiría sin en algún momento mirara hacia ahí y ese paisaje desapareciera y surgiera otro. Esa identidad es la que están perdiendo los vecinos de La Palma ahora afectados por una nueva erupción en el volcán de Cumbre Vieja. La desaparición no solo de sus casas, medios de vida, etc. sino de su paisaje, de su identidad vital y cultural.

En Canarias, la música popular no suele cantarle tanto al amor o a la muerte como en otros lugares, sino que nuestro folclore está siempre lleno de referencias a la tierra, a la isla que nos vio nacer, a la insularidad que está tan íntimamente unida a nuestras personalidades desde que nacemos.

Ser insular, esa condición humana tan particular que los canarios compartimos con 700 millones de habitantes del planeta, no es tarea fácil, nunca lo ha sido, porque conlleva estar aislados a veces, alejados casi siempre, ser periferia y no centro, pero no conozco ni a un solo isleño que quisiera dejar de serlo. No se puede, y eso tiene que ver con el paisaje, porque ser insular es vivir entre la tierra y el mar.

Vid plantada sobre las cenizas de la erupción de 2014, en la isla caboverdiana. Dulce Xerach Pérez

Preparados para la incertidumbre

En Canarias ese paisaje volcánico es el que nos ha permitido vivir y desarrollarnos, no tenemos otro, y es sobre el que construimos nuestras casas, carreteras, colegios y hospitales sin la certeza absoluta de que algún día algún otro volcán se despierte bajo nuestros pies y lo cambie todo. Quizás estemos, desde nuestros ancestros, más acostumbrados o preparados para la incertidumbre, quizás sepamos que no hay ninguna certeza salvo la de que estamos vivos. En los últimos volcanes que han erupcionado en Canarias rara vez se producen muertos, siempre se puede escapar hacia algún lado, la tierra avisa, la lava es lenta, y eso es una gran suerte. Esta vez también ha sido así, no ha habido muertos en La Palma, solo se han perdido cosas materiales, casas, recuerdos y el paisaje que ya no será nunca el que fue, que es un nuevo paisaje que contemplaremos dentro de unos años como otro paisaje volcánico de los nuestros.

Nos queda lo más importante: el ser, la vida, y la capacidad que tiene el ser humano de rehacerse así mismo una y otra vez.

Hace poco, en 2017, visité otra isla volcánica, al sur de Canarias, la isla de Fogo, en el archipiélago de Cabo Verde, allí en 2014 hubo otra erupción volcánica. Cuando estuve allí pude pasear sobre los paisajes de lava, no es tan difícil caminar sobre la lava, es solo duro y árido. Pude ver las casas que se habían quedado semienterradas por las coladas, y vi también cómo la vida continuaba, cómo se volvía, tres años después, a cultivar vid sobre el paisaje volcánico, y cómo quien podía y como podía, volvía a construir su casa encima de la que el volcán había destruido. Fue una lección de humildad. A todos nos puede pasar que nos arrase la vida un volcán y que nos robe nuestros paisajes y recuerdos, pero la vida va a seguir después, día tras día.

Dulce Xerach Pérez. Abogada, doctora en Arquitectura. Investigadora de la Universidad Europea

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