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Letras
Carmen Boullosa Escritora

Carmen Boullosa: «Hubiera querido ser otra: ser quien soy y, además, saber ser otra»

La escritora mexicana Carmen Boullosa. | | LP/DLP

La escritora Carmen Boullosa (Ciudad de México, 1964) es una de las autoras invitadas al Festival Hispanoamericano de Escritores de La Palma, aplazado sin fecha por el volcán.

En El libro de Eva (Siruela, 2021), su última novela, Eva que no es creada de la costilla de Adán, sino hecha simultánea o previamente a él, puesto que es la madre de todo ser vivo, y tiene voluntad propia. ¿Cuál fue el génesis, valga la paradoja, de esta revisión literaria del mito?

Para todos los que creemos aunque sea un poco en los hechos, el que el varón sea el origen de la vida nos parece algo absurdo. Es algo bien comprendido por culturas no mediterráneas: el origen de la vida no está en Adán. Lo que hice fue atender a la sensibilidad contemporánea con el ojo atento a las culturas antiguas, para empezar las mesoamericanas. Ahí, la generación de vida, si bien no deja de ser compleja y amenazante - baste ver la Tlaltecuhtli-, no contiene el semillo (note el masculino) del orden comandado por un varón, al que se somete el ser del llamado género femenino. Para escribir El libro de Eva, usé sentido común. Pero toda historia requiere imaginación -así la novela más rigurosamente «histórica»-, y como ésta es la prehistoria, a la hora de contar la historia, también le di vuelo a la hilacha.

«Su miedo de nosotras, su miedo porque dábamos la vida, porque nosotras nos hacíamos cargo de los guisos y los cadáveres; su miedo de nuestros labios rojos y nuestra belleza, su miedo ante el atractivo que sentían por nosotras y nuestro inmenso, inmenso placer», escribe en el libro. ¿Cómo encontró la voz de Eva -o por el contrario, diría que la voz de Eva la encontró a usted?

Toda novela se gesta en una avenida de dos sentidos: el que autor o autora invoca hacia sí, y el que viene en sentido contrario para chocarle. Traduciéndolo para este caso particular: la voz de Eva vino a mí, al tiempo que yo la buscaba. ¿Cuál tráfico era más intenso? El de Eva hacia mí, sin duda. Ella me impuso su voz. Pero yo abrí espacio para las voces disidentes y todas están presentes en los papeles sueltos que fueron forzados por la autora para convivir con el libro de Eva.

¿Cree que es urgente volver a construir el mundo desde sus cimientos bajo una perspectiva feminista? ¿En qué medida contribuye la literatura a cambiar la mirada?

Uno: es urgente cambiar la mirada. Eso provocará un reajuste de los cimientos. Hay demasiadas víctimas, demasiada violencia: un orden social en el que la mitad está condenada a «servir» (a ser esclava) de la otra: es un orden aterrador al que la Historia oficial se ha hecho sorda, o cuasi-sorda. La segunda parte de su pregunta es más compleja: no sé cuánto la literatura «cambia», cuánto respondemos a una voz colectiva, invisible muchas veces para el y la autora, pero perceptible, presente. Algo maravilloso, asombroso, de la Literatura, es cómo esta cabalga a lomo del alma colectiva, aunque no se revela si no es porque hay un autor honesto que responde a su propio instinto. Sin duda somos seres colectivos. Pero nuestra colectividad no hace el menor sentido si no atendemos a la voz íntima. Voz discidente que percibe la discidencia, el sentir de su generación, de su siglo, de su ciudad, de su colectividad. Rara vez de su «familia», por cierto: la voz literaria escapa a ese riguroso orden formativo, más que frecuente castrante, o algo que sobrepasa lo equivalente para las mujeres: las quiere dejar sin vida.

¿Considera que las nuevas generaciones de escritoras, así como la reivindicación de las veteranas silenciadas, están reescribiendo poco a poco el canon literario universal, marcado por un profundo androcentrismo?

Sin duda, pero con una precisión. El llamado «tsunami» no es algo nuevo. Las mujeres, desde que la Iliada y Odisea se dejaron en letra, forman parte de esta singular experiencia. Como lo han comprobado académicos y estudiosos respetables, las mujeres formaron parte de su elaboración. Ahora bien: con una condición, la de ser «anónimos». Por ejemplo, Virginia Woolf y Katherine Mansfield, y antes que ellas Sor Juana y Delmira Agustini, reindican la figura de ellas, las mujeres, como autoras. Autoras/Autoridad. Su existencia misma desmorona el orden paterfamilia.

Una parte importante de su obra recupera los temas históricos y los grandes relatos para reflexionar sobre violencias, conflictos y desigualdades. ¿Por qué?

Como poeta, como novelista, como dramaturga, empecé en los 80 dedicada al ámbito «íntimo». Los infiernos privados me atraían, y aún me atraen. Pero también me es irresistible el «ojo», la mirada que observa a la distancia (transversal, horizontal, vertical), más aún si es en verdad novelística y penetra en la individualidad. El ojo de la Historia me permite la mirada multidimensión. Si no hubiera tenido la paciencia de estudiar los momentos (por llamarles así) históricos que he tocado, me habría obligado a viajar como autora sólo en la ciencia ficción. Imaginar, conjeturar, nos obliga a un viaje que cruza el tiempo. Por suerte amo la Historia. Mi tránsito, entre lo privado y lo público (la Historia) fue escribir Cielos de la Tierra (1996). En esta novela hay tres capas. Una tiene en el foco la primera institución de Altos Estudios en el continente americano con sus alumnos y sabios indios, y corte a una utopía futurista. La segunda toca el entonces presente mexicano (tres amigas en la ciudad de México, al empezar los noventas del siglo pasado, que topan con Moctezuma apenas reencarnado, recién brotado de un hormiguero). La tercera es «futurista», pinta una utopía en la que vivimos sin cosas, y en la que la mayoría de los que viven literalmente en las nubes, sin edificaciones, sin cosas, quieren, no sólo abolir la memoria, sino borrar el Lenguaje. El personaje protagónico de esta porción de la novela combate, y parece que triunfa en su batalla, porque si no sería imposible leerla. No creo hacer eso nunca más: prefiero afocar, con ese ojo amplio de la Historia.

Su extensa obra literaria engloba numerosos novelas, poemas, ensayos, libros de artista y obras de teatro, en muchos casos galardonados con prestigiosos premios internacionales. ¿Cómo coexisten, dialogan y se infiltran estos distintos lenguajes en una misma voz?

No me cabe duda de que mi voz, estridente, desentonada, con el acento de los ochenta y décadas adyacentes de la ciudad de México, está siempre ahí. No hay cómo no. Preciso: la mayor parte de mi obra -cientos de libros de artista, los más hechos, facturados, bordados, cortados, impresos por mí misma-, mis 19 novelas y docena de libros de poemas, son obras secretas. Es mi signo.

También atesora una importante trayectoria como gestora cultural, al frente de proyectos como el centro cultural El Cuervo o la confundación de la casa para escritores perseguidos de la Ciudad de México, la Casa Citlaltépetl, entre muchísimos más. ¿Qué papel desempeñan la cultura, en un sentido crítico, incluso, en la construcción de las civilizaciones?

Ay, ay, ay. Pregunta tremenda que no puedo contestar. Yo escribo, día a día, leo (que es dar vida a trabajos mayúsculos de nuestra y de otras tradiciones), y hago mi labor diaria, que a veces, si hay suerte, incluye proyectos colectivos. Por el momento -y esto no me sabe mal porque es también recuperar el pasado y apuntar al presente-, tengo esta pasión «secreta»: también cocino, invito amigos a menudo, a veces no tan amigos que no comprenden mi deseo de tenerlos en casa: la cocina es generosa en sí. La «chefsería» que intenta meter cocinar al orden del mercado, puede ser visto como una abyección, así a veces (no siempre) sea cocina de primera. Amo los trabajos de mis colegas. Cuando puedo, hablo bien de ellos, si se dejan - para eso el programa de TV aquí en Nueva York, como lo fue El Cuervo, y lo han sido otras aventuras. Ver a los otros, hacer a más verlos. Lamento no haber sido eficiente en difundir. Cuando veo trabajos de mis pares, refiriéndome a los ineludibles de mi generación, me da un punzo de dolor no haber dedicado mi vida a difundirlos. Pienso en Jaime López. Pienso en Magali Lara. En Betsy Pecanins. Puedo seguir. No soy para eso, no tuve ni la dedicación, ni la seriedad, ni la astucia, ni el saber hacerlo. Tampoco me lo propuse. Sólo manifesté mi entusiasmo. Hubiera querido ser otra: ser quien soy, y además saber ser otra. Pero la vida no es lo suficientemente ancha. De eso no me cabe duda. Lo sé de sobra ahora a mis 67.

A tenor de su trayectoria, tanto en la literatura como en la gestión cultural, ¿qué papel desempeñan iniciativas como el Festival Hispanoamericano de Escritores de La Palma, temporalmente suspendido como consecuencia del volcán, pero al que acudía este año como escritora invitada?

Los festivales literarios son actividades del oficio en las que uno conoce autores y obras que a menudo no pueden viajar con tanta suerte. Son embajadores culturales internaciones, de mayor importancia. Imprescindibles por el aislamiento en que nos reclutan las circunstancias políticas, la ausencia del apoyo estatal a las instituciones culturales de cada nación. Los Festivales literarios suenan más atractivos a las gestiones gubernamentales porque tienen reacciones inmediatas, y lo celebro.

Nacida en Ciudad de México pero afincada en Nueva York, ¿cómo influyen ambas culturas en su obra y en su mirada?

Aclaro algo: no soy del tipo de personas que afincan: siempre estoy en vuelo. Vuelo entre Coyoacán y Brooklyn. El vuelo me llena de vitalidad, hasta donde lo permiten las circunstancias. Lo agradezco a los dioses.

¿En qué proyectos trabaja actualmente?

No puedo compartirlos en público (ni en privado) porque se me desinflan. Pero digo un costadito: Mientras doy mi curso en Nueva York (en Macaulay Honors College), trabajo en la novela donde el ya mencionadoPedro Boullosa, gallego y pasajeramente mexicano, pasajeramente canario, y muchos otros personajes de la península y de México conviven y labran un presente. ¿Podré escribirla? El tiempo dirá. Mientras, trazo, dibujo, bordo, doy visualidad a sus trayectos: son proyectos visuales que por lo regular sólo guardo en casa. Tal vez éstos deban salir de mi mesa de trabajo, por lo menos por su dimensiones: son de dimensión considerable. No tengo el ingrediente comerciante que dio vigor a otros riachuelos nada insignificantes de mi familia (merecen el nombre de río, pero uso éste para no confundir, porque funden sus aguas) (Ganuza, Iraeta, Icaza). Lo que sí tengo es de otros Boullosa que imagino como otros canarios, como aquel que intentó una mina de agua y acabó embrollado en litigios absurdos: soy como ellos: me gusta imaginar, intentar formular imaginaciones posibles. Algunas, como la cochinilla de Canarias, madurarán.

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