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Manuel Padorno o la luz atlántica

Manuel Padorno

Manuel Padorno / www.manuelpadorno.es

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Manuel Borras

Fue muy fácil querer a Manuel Padorno. Por eso comprendo perfectamente a Juan Cruz Ruiz cuando dice, en el bello texto preliminar que introduce este tercer tomo de sus Obras completas, que a poca gente en el mundo del que tenía memoria y conciencia había querido tanto como a nuestro poeta. Para quien les habla y para la editorial a la que represento, Manuel Padorno no es ya sólo un poeta destacado de la casa común que constituye Pre-Textos, sino un viejo y muy añorado amigo. [El Tomo III de las ‘Obras Completas’ de Manuel Padorno se presentó el jueves en el Círculo Bellas Artes de Madrid, con las intervenciones de Patricia Padorno, Juan Manuel Bonet, Alejandro González Segura, José Antonio Martín Otín Petón. Fue promovido por el Gobierno de Canarias].

Tengo para mí que su incorporación a nuestro catálogo fue de lo más directa y natural. No nos conocíamos. Él simplemente me telefoneó un día para ofrecerme, sin titubeos, con su voz nocturna y marina, como nos recordaba tan acertadamente también Juan Cruz Ruiz, uno de sus poemarios inéditos por el simple hecho de que le gustaba la derrota de nuestra aventura editorial, que, según me confesó más tarde, le recordaba en aquel entonces tanto al Taller Ediciones JB, que fundó junto a su inseparable compañera, Josefina Betancor. Por cierto, fue en un momento en el que no se reparaba mucho en los otros poetas de la llamada generación del 50, en todos aquellos que no aparecieron en la muy celebrada antología de Juan García Hortelano.

Nosotros, una vez valorada la indudable calidad de su obra, no dudamos ni un solo instante en romper varias lanzas a su favor. Y lo hicimos, cómo no, con el menor apoyo crítico. Un apoyo que podría sintetizarse en dos nombres propios: el de Juan Cruz Ruiz y el de Miguel Casado. Ni siquiera muchos de los poetas canarios entonces les pararon bolas, como dicen nuestros amigos colombianos, a las sucesivas ediciones que hicimos de sus libros. Y hablando de poetas de Colombia, y lo digo como una primicia, aprovecho para hacer pública la admiración y defensa que de su poesía hizo siempre Darío Jaramillo Agudelo, incluso en los foros más adversos a una poética que no hubiese sido sancionada previamente por la crítica institucionalizada. Ya sabemos cómo se las gasta «a tribu» para que no salga nadie más que los justos en las fotos generacionales.

Es cierto que el hecho de que el poeta se mantuviese en su soledad esencial al margen de grupos y escuelas pudo haber dificultado la difusión de su obra, pero tanto como esa falta de generosidad endémica que caracteriza a nuestra sociedad literaria. Un círculo sólidamente «endogamizado» que no acepta, por puro egoísmo, los cambios de perspectiva crítica. Tienen que pasar años y ha de llegar otra generación libre de ese prejuicio para acabar poniendo las cosas en su sitio. Ese es el caso del poeta valenciano Vicente Gallego, quien hizo justicia con la fijación de su antología, 50 del 50, que editamos en 2005 en Pre-Textos. En ella seleccionaba a un restringido, pero sustantivo, grupo de seis poetas que habían sido sistemáticamente ninguneados tanto por el mundo editorial como por la crítica patria.

Es decir, no sólo la falta de perspectiva de los críticos lo excluyó de importantes antologías y recuentos, sino que también la desidia que suele presidir la sociedad literaria contribuyó a ello. Manuel fue tan gran poeta como cualquiera de los grandes de su generación sancionados tras las distintas antologías que fueron sucediéndose después de la de García Hortelano. Sólo con la mencionada selección de Vicente Gallego y el esfuerzo de otros dos o tres críticos empezaron a ponerse las cosas en su sitio.

Creo también que la relación que establece la poesía de Manuel respecto a la asunción de la realidad en sus poemas, al margen de la tendencia realista preponderante a lo largo de la década de los ochenta y de los noventa del siglo pasado, contribuyó a su marginación. El himno extremado y poderoso, como dice Gallego, que caracteriza parte importante de su poesía y su aparente anarquía tampoco ayudaron.

Manuel Padorno fue sin duda un visionario, para él la luz era como la apetencia del mundo. Juan Manuel Bonet lo definió con gran acierto como «arquitecto de la luz». Así como Ramón Gaya, como él mismo decía, fue un pintor que circunstancialmente escribía, Manuel pintó para seguir escribiendo. Para él, como pintor que era, una imagen significaba el anhelo de fijar, de transitar por lo visible para acabar llegando a lo invisible, a aquello que una simple mirada no capta de la realidad. En él se confirma una vez más que la poesía es el arte de pensar en imágenes. Ver con claridad, no lo olvidemos, es poesía. Su aventura estética podría resumirse como una historia personal de la luz, insinuó alguien. No puedo estar más de acuerdo.

Decía Manuel Padorno que había que aprender a oír de nuevo todo haciendo de la poesía un espacio no sólo más transitable, sino también más habitable. Fue un verdadero maestro en el uso de inéditas sinestesias, bisemias o quiebros de sintaxis. El hombre que llega al exterior, el primer título que le publicamos en Pre-Textos, venía a ponernos de relieve que lo que sucede en un poema sucede a su vez en otra parte, porque, insisto, la poesía apelando a los sentidos hace visible lo invisible.

Hay poesía con luz que desprende claridad, inteligibilidad, nitidez, pero también hay poesía luminosa que nace del hondón oscuro de lo invisible, como la de Manuel. Esa otra nos hace afrontar la realidad visible desde una perspectiva totalmente diferente, porque la claridad nos sirve a quienes leemos, pero le cuesta a quien trata de revelárnosla.

Manuel Padorno es un poeta –no puedo hablar de él en pasado en el que la singularidad afectaba a la misma esencia de su impulso poético. Su poesía proyecta una mirada tan compasiva como comprensiva hacia la realidad. Prestaba meticulosa atención a la belleza pequeña, como diría Sharon Olds. Para él era esencial lo pequeño, incluso lo despreciado, lo omitido, es decir, lo que permanecía invisible a los ojos de la mayoría. Es, en fin, un inagotable buscador de lo desvelable, de lo invisible, de aquello que está del otro lado. Su intención es revelar a través de su obra el mundo exterior, ir ahondando en una nueva lectura de la realidad.

Nos ayudó a leer saliendo de nosotros, adentrándonos en lo que consideramos el afuera. Como decíamos, la luz fue su objetivo principal y por ello era necesario ahondar en el mundo invisible, en lo que no se ve, en lo que se desconoce, en lo que se ignora; en definitiva, a través de la observación de lo que creemos inane, había que saber por qué habíamos venido, por qué habíamos sido expuestos a esta intemperie que es la vida. Y eso, qué duda cabe, requería que el hombre saliese al exterior para volver renovado a sí mismo tras haber tenido la experiencia de una realidad que no por no haber sido revelada previamente dejaba de ser menos real.

La realidad es tan lujosa que resulta inabarcable desde la perspectiva de una sola estética, de ahí que no nos vendría nada mal a tirios y troyanos aceptarla en su naturaleza poliédrica con mayor modestia pues –y no me cansaré de repetirlo lo importante en un poema no es lo que uno ha escrito, sino lo que uno ha sido capaz de evocar, es decir, de hacer que vuelva con lo que uno ha escrito. Sólo me queda dar las gracias públicamente a nuestra admirada y queridísima Josefina Betancor, leal valedora de la obra de nuestro Manuel Padorno, y a sus dos hijas, Patricia y Ana, que han contribuido de modo sustantivo a la consecución y materialización de esta magna empresa editorial que supone someter a la intemperie de los lectores una de las aventuras poéticas más ambiciosas de la segunda mitad del siglo xx. Huelga decir que todo esto hubiera sido en vano si no se hubiese contado también con la preciosa labor de edición realizada por Alejandro González Segura junto a Patricia Padorno Betancor.

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