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Amor, honor y guerra

Gran historia real de Pérez Reverte trufada de imaginación: los barcos británicos dañados o hundidos (1942-43) en Gibraltar por buzos italianos

Amor, honor y guerra

Cuando Arturo Pérez Reverte era niño, su padre lo llevó a la bahía de Gibraltar y allí le contó la historia de unos buzos italianos que durante la II Guerra Mundial saboteaban y hundían barcos ingleses fondeados en la colonia británica. Eran hombres de honor, arriesgados, valientes. Caballeros de la guerra que desmentían el tópico de los italianos caguetas y poco dados a la batalla. Conducían torpedos tripulados, los célebres maiales. Personas capaces de abortar aún a riesgo de la propia vida la colocación de unos explosivos en los bajos de un buque al percatarse de que estaba lleno de civiles. Lo importante era anular el barco. Minar la moral enemiga. Uno de esos grupos se llamó Osa Mayor. Hacían la contienda por su cuenta, pero llevaban a mano alguna prenda del Ejército italiano para, en caso de ser apresados, no ser fusilados al aplicárseles el supuesto código bélico. Reverte tenía una deuda con su padre, contar esa historia. «Espero haber cumplido», afirma estos días en su gira de promoción.

Ha cumplido. Ha forjado una trama de guerra, amor, amistad y traiciones situada en un punto muy concreto, ángulo novedoso, de la geografía bélica: las aguas de Algeciras, La Línea y la roca. La historia comienza en 1942. Dura posguerra en España, Europa enzarzada en lo peor de sí misma. Los espías pululan por el Estrecho y en Gibraltar se vive un enrarecido clima trufado de los ecos del franquismo y la obediencia a Gran Bretaña, en guerra con Alemania. Una mujer, Elena Arbués, viuda, dueña de una librería, encuentra un día paseando a su perro a un hombre moribundo en la orilla. Va ataviado extrañamente. Lo rescata y lo lleva a casa. Esa acción cambiará su vida. Él es Teseo, pero a diferencia de la historia mitológica, aquí no está muy claro quién rapta a quién, quién roba el corazón a quién ni por qué.

La historia, narrada con nervio y abundantes diálogos es interrumpida, bien interrumpida, a veces por la propia crónica de cómo un joven reportero en los ochenta -Reverte- se prenda de esta historia, persigue a sus protagonista, viaja a Italia a entrevistarse con algunos de ellos (incluida la propia Elena, que casi anciana regenta en Venecia una -otra- librería) y va trabajando en hechos reales que, (¿por desgracia? ) ha de mezclar con la imaginación. El Dumas español (por cierto, hay una cautivante referencia a Los tres mosqueteros que explica muchas motivaciones de los personajes) ha pergueñado un libro con ecos de Falcó y de La carta esférica. El mar es también protagonista, como lo es la heroicidad (¿los héroes se enamoran?, pregunta en un momento de la historia) y la guerra. Todas las guerras son iguales, afirma el autor. No importa el tiempo ni quien las haga. Responden a unos mismos códigos, ya sean matanzas en la exYugoslavia, conflictos tribales en África o trincheras de la Primera Guerra Mundial.

Y lo proclama también un personaje. Al final del libro, no hay spoiler, asistimos a una escena conmovedora y metafórica: la guerra es cosa de caballeros también. «Cuando acabe todo esto haré algo que ahora no puedo», asevera un militar. «Qué», le responde su interlocutor, un enemigo. «Estrecharle la mano».

Los personajes están bien perfilados y destacan, además de Elena y Teseo, el gibraltareño Campello, con cuyo descendiente tiene un mano a mano whiskoso Reverte en el Marbella Club de hace unos años. También los integrantes de la tertulia en el café de la Plaza Alta de Algeciras. Estamos ante un libro de aventuras que podría haberse limitado a contar la historia en cuestión. No. Se adentra en el terreno de la metaliteratura o metaficción: el propio escritor como protagonista. Dejando al aire sus motivaciones, el por qué. Contagiando la pasión por una historia de esas que se te meten en el túetano y, si eres un reportero bravío, un escritor o un autor de best sellers, tienes que contar sí o sí. Antes del olvido que seremos. Antes de que la promesa al padre caduque. Antes de que nadie sepa ya quiénes fueron Elena y Teseo.

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