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Teatro | Crítica

‘Moria’, las tripas de la infamia

Una escena del montaje ‘Moria’. LP/DLP

Sacudir conciencias es una tarea compleja, quirúrgica. Si se edulcora el mensaje, el efecto puede ser contraproducente. El receptor se queda satisfecho, porque ha saqueado un paquete de clínex y ha empleado un tiempo, que considera razonable, a dejar de pensar en sí mismo. No es esto lo que ocurre con Moria, el montaje de Unahoramenos Producciones que denuncia la situación de los refugiados en las llamadas «islas jaula». El golpe es duro. Justo en la boca del estómago. El espectador siente que se le seca el aliento, que necesita aire, y nota el calor de las lágrimas que empapan la preceptiva mascarilla. Cuando sale de la jaima donde se desarrolla la trama, permanece agarrado a la historia, perdido sin remedio en los ojos de las protagonistas, subyugado por su valentía y por su amor a la vida.

La producción, que contó con el asesoramiento del periodista especializado en migraciones Nicolás Castellano, comienza con un silencioso paseo hasta un recodo del teatro, en este caso, la Sala Insular de Teatro. Allí, unas fotos muestran el campamento que da título a la obra y que fue testigo, antes de ser destruido por un incendio, de la degradación a la que se somete a las personas que huyen de sus países para escapar de la guerra, la miseria o las persecuciones políticas. Unos chalecos salvavidas apilados retrotraen a las escenas de rescate de pateras que aparecen en las páginas de los periódicos y las televisiones... Pero el recién llegado aún sigue en su burbuja, aún no ha comenzado el periplo por las tripas de la infamia.

En el centro de la estancia huele a especias. Una mujer iraquí, Douaa Alhavatemm, prepara un guiso con mimo mientras escucha la radio. Pronto recibe la visita de Zhora Amiryar, afgana, que viene a recoger las viandas para repartirlas en el poblado, donde los desplazados viven hacinados y rodeados por un río de sus propios excrementos. Los hijos de Douaa están en otra tienda. De pronto, se oyen unos ruidos fuera...

Este es el arranque de Moria. A partir de aquí, la recreación teatral se une a los testimonios reales de las mujeres, proyectados en las telas que construyen el escenario. El público ya no lo es. No se encuentra de visita, no existe la cuarta pared. Está rota, atravesada de lado a lado por la tensión que emana de las escalofriantes interpretaciones de Marta Viera y Ruth Sánchez, ambas entregadas hasta el último átomo de su cuerpo en dar forma a sus personajes. Quizá sea porque sus personajes no son tales, quizá sea porque son mujeres reales y porque su trayectoria vital es tan dura, tan sumamente injusta, que es imposible no empatizar, no dejarse la piel. La emoción que transmiten en el círculo dramático es como una corriente eléctrica.

A unos pasos del teatro, la tristeza es sustituida por la rabia, una rabia bronca, militante. La cultura es un arma poderosa.

Obra: ‘Moria’, dirigida por Mario Vega.

Producción: Unahoramenos.

Intérpretes: Marta Viera y Ruth Sánchez.

Teatro: Sala Insular de Teatro.

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