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Volcán de La Palma | Letras

“El volcán de La Palma ha descubierto que hay mala gente, pero también buena»

Carlos Catana, evacuado de su casa en La Palma, presenta el libro ‘La sonrisa en el páramo’ en la Casa-Museo Pérez Galdós

Carlos Catana. Pablo Espantaleón

Con solo ocho años, el escritor y músico palmero Carlos Catana miró con admiración el volcán de Teneguía. Hoy, con 58 años, mira el nuevo volcán con miedo, dolor y tristeza por el daño que ha causado y que le ha obligado a abandonar su casa y su finca en el barrio de La Laguna y rescatar de ella todo lo que ha reunido a lo largo de sus 40 años en el rock y en la escritura. Y al dolor se suma una constatación, que ha descubierto ante la tragedia que hay mucha mala gente, pero también muy buena gente.

Catana, que el día 19 de octubre presenta el poemario La sonrisa en el páramo en la Casa-Museo Pérez Galdós, ha sido evacuado en los últimos días ya que la colada norte, la que ha destruido naves en el polígono de Los Llanos de Aridane, va dirección a su vivienda. «Hay posibilidades de que se salve, pero ante este volcán decir que hay posibilidades es muy incierto», asegura.

Su casa y una finca de 4.000 metros cuadrados, legado de su padre, donde cultiva plátanos y aguacates ecológicos, está en el lado norte de la Montaña de La Laguna.

«La colada que me puede afectar es la que viene por la zona industrial de Los Llanos. Si toca La Laguna y arrasa la plaza, como ocurrió en Todoque, seguirá recto y yo perderé mi casa y mi finca, o quedaré aislado, porque este volcán está haciendo brazos que parecen pulpos», lamenta.

19 de septiembre

Catana regresó a la isla de La Palma ese fatídico 19 de septiembre, día de la erupción, tras dar la noche anterior un concierto en Madrid con la banda Catana. Cuando el vuelo estaba a punto de despegar, el piloto les anunció que ya había entrado en erupción el volcán y pudo verlo desde el aire, pero cuando llegó a la zona de El Paso se dio cuenta de la magnitud de la tragedia que se les avecinaba.

«Me impresionó que estuviera tan cerca de El Paso y cuando fui bordeando el campo de fútbol ya me fui dando cuenta de lo que tenía enfrente y estuve las tres primeras noches sin dormir». Y pasaba las noches en un bar, el más próximo a la zona del volcán y que evacuaron estos días, desde donde lo observaba y analizaba todo, a la vez que veía cómo las coladas se iban para un lado y para otro.

“El volcán ha descubierto que hay mala gente, pero también buena»

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«Era el punto más claro de información porque llegaban vulcanólogos, policías y personas de Todoque que estaban pendiente de si perdían o no sus casas porque ya El Paraíso se había perdido. Ahí tenía información de los callejones por los que iba y en principio lo vi muy fácil y me dije: a mí no me va a tocar, pero empezaron a abrirse más bocas y ya me di cuenta del peligro», explica.

Las noches siguientes, o se quedaba en su casa o en las de amigos, dependiendo de cómo de explosivo estaba el volcán. «La primera colada que arrasó la iglesia de Todoque la vi desde el bar y vi como explotaban las casas, ya la segunda me dio miedo porque venía hacia la Montaña de Todoque y quedó a 800 metros de mi casa, pero está, si coge la plaza, no tengo nada que hacer», lamenta.

Y ante lo que pueda pasar, ya ha sacado de su casa lo que más quiere, piano, guitarras, amplificadores, discos duros, el ordenador, libros… «40 años del rock y escribiendo», asegura. También se llevó sus cuatro gatas, la perra garafiana y cuatro gallinas y un gallo.

Catana explica que en esta situación se siente miedo, pena, dolor y tristeza. «Cuando llegan al bar personas que estaban siguiendo el volcán desde los primeros días contigo y vas viendo como cada vez llegan más personas que lo han perdido todo, su casa, su finca y su medio de vida, se siente mucho dolor», lamenta.

Ante lo que pueda pasar, ya ha sacado de su casa lo que más quiere, el piano, las guitarras, libros…

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«Físicamente siento como si tuviera siempre arena dentro de mis calcetines, porque sacudo los zapatos y los calcetines, y sigo caminando y siento arena en mis pies», explica, al tiempo que detalla que el ruido que provoca el volcán es impresionante. «En un principio fue como olas golpeando contra un acantilado, luego se convirtió en una especie de bombardeo como ves en las películas de guerra y en explosiones que explotaban las ventanas. Si eso hay que aguantarlo tres meses, uno acaba mal», dice.

«Cuando tenía ocho años, mi padre me llevaba a ver el Teneguía. Aquello era un espectáculo, era muy bonito, no hizo daño ninguno porque era más pequeño y estaba muy cerca del mar y solo había viñedos de camino al océano. Eso fue una maravilla porque nosotros estamos encima de la montaña viendo el volcán abajo, pero aquí nos ha cogido al contrario, estamos bajo el volcán», agrega.

No tiene idea que va a pasar en el futuro porque pensar en él «no tiene sentido», asegura. «Ahora lo que hago es intentar salvar lo que pueda de mi casa y llevarlo a casas de amigos. No puedo pensar en mañana, o en dentro de un mes o dos meses, yo tengo que pensar en el momento, tengo que funcionar cada día. Hay momentos en que te levantas en casa de un amigo y te preguntas si esto es un sueño, es real o es mentira. Y tienes que funcionar, no te queda otra», sostiene.

«A mí lo que me sorprende es la gente que lo pierde todo porque lo aceptan casi con resignación, pero cuando pase un mes o dos, es cuando empieza el verdadero dolor, porque la gente entra en un shock emocional. Ahora mismo todo el Valle tiene un shock emocional», asegura.

Zona de plátanos

Y es que el volcán está afectando la mejor zona de plátanos de La Palma y el Valle de Aridane solo vive del plátano, explica. Por eso es consciente de que esto provocará como un efecto dominó en la economía, «porque tiras una ficha y van cayendo todas las demás», detalla.

Con respecto a las reacciones que ha visto de los palmeros asegura que el volcán es como si fuese un activador de conciencias o el telón de un teatro, donde realmente cuando se abre el telón, sale gente con máscaras, pero cuando acaba la función tienes que quitártela. «He visto mucha gente que llevaba una careta y cuando se la quitó no era el mismo ser, ni la misma persona. He descubierto ante la tragedia a mucha mala gente, y luego también he descubierto a muy buena gente», dice.

«Físicamente siento como si tuviera siempre arena dentro de mis calcetines»

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«Cuando dicen que el palmero es fuerte, no es así, hay gente muy fuerte y otra muy cobarde, gente muy buena y otra muy mala», sostiene y se refiere a comentarios que ha escuchado estos días, cuando una persona le decía a otra que lo había perdido todo, que siempre podría ir a mendigar a las calles de Los Llanos. «Pero también me he encontrado gente que ayuda con camionetas y con camiones. Nosotros estamos en casa de otras personas, tenemos cosas repartidas en cuatro casas, así que también hay gente buena», agrega.

Catana lamenta cómo cambiará el paisaje del Valle con esta erupción y los sitios maravillosos que se han perdido para siempre. «Cuando viene un viento, tumba árboles y destroza plátanos, pero sigue, pero cuando ves coladas de lava con altitud de 15 a 25 metros, dices ¡madre mía! Es una cordillera que parte el Valle», lamenta.

Y es que él se crió en la zona de La Laguna, Tazacorte y Los Llanos, y Todoque era su sitio preferido ya que desde su plaza se veían preciosas puestas de sol. «Es muy duro, cuando salgo de mi casa y miro la lava, digo ¡Dios mío, esto que es! Igual en un tiempo será un páramo, ahora es lava», sostiene.

«Cuando tenía ocho años, mi padre me llevaba a ver el Teneguía; aquello era un espectáculo»

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Pese a todo es optimista. «Yo tengo la fortuna, por desgracia, que ante las dificultades que me pone la vida, me hago cada día más duro. Estoy hecho a esa situación, he pasado por miles de batallas, tengo 58 años y he caminado muchos caminos», resume.

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