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Amor entre las cenizas”

Douglas Stuart captura destellos de vida detrás del desespero en ‘Historias de Shuggie Bain’

Historia de Shuggie Bain La Provincia

Glasgow, afortunadamente, no es del todo lo que era. La ciudad que yo conocí se parece bastante a la de Shuggie Bain y que Douglas Stuart (1976) refleja en una historia llena de fealdad bellamente contada. Un Glasgow de principios de los ochenta del siglo pasado declinante bajo el abandono conservador, en la era Thatcher, de las clases bajas urbanas. Como explica el padre del protagonista de la novela, uno se acercaba al río Clyde y a la vez a un vertedero de las esperanzas de los vecinos. Efectivamente, había clubes nocturnos escondidos bajo los arcos del ferrocarril en sombras, y pubs sin ventanas, fúnebres, donde hombres y mujeres se sentaban en los días soleados en un purgatorio sudoroso y picante. Cerca del río las mujeres de rostros huesudos y afilados se vendían a los hombres, muy cerca de donde la Policía encontraba bolsas negras de basura con carne humana troceada. La orilla norte del Clyde albergaba el depósito de cadáveres y hasta cierto punto era lógico que la vida en vías de descomponerse circulase en esa dirección.

No hay un determinismo, sin embargo, en la historia que cuenta Stuart, que es una canción de amor y desesperación al mismo tiempo inspirada en la oralidad y los recuerdos familiares. Las personas que pululan por ella no están condenadas a la pobreza solo debido a que un gobierno haya decidido darles la espalda, porque Thatcher ya no quería trabajadores honrados y su futuro fuese la tecnología, la energía nuclear y la salud privada. Los hombres y las mujeres tomaban también decisiones erróneas y hasta autodestructivas. Son esos adictos a cualquier cosa los que tienen una tendencia dominante en el hilo narrativo de “Historia de Shuggie Bain”, la novela ganadora del Premio Booker y finalista de otra decena de galardones, entre ellos el National Book Award y el National Book Critic o el Pen / Hemingway Award, traducida además a treinta lenguas. Se trata del debut literario más asombroso de un escritor en 2020 y probablemente de los que recuerde en mucho tiempo. He leído otras dos buenas novelas de debutantes no hace todavía demasiado, pero ninguna de ellas es comparable en elogios a la de este autor escocés, que solo tiene un problema al controlar la verosimilitud de las distintas voces del relato en la tercera persona. Algo, en cualquier caso, que el lector siempre estará dispuesto a perdonar por el caudal de imaginación y entretenimiento que mana de ellas. Si no fuera por eso y la carga de humor que imprime Douglas Stuart, el relato se hundiría en el pesimismo y en el amargor de las historias que trae a colación. La adjetivación también podría parecer exagerada y, sin embargo, resulta brillante pese a la excentricidad de algunas descripciones.

En lo que concierne a esas elecciones equivocadas de la vida, Agnes Bain, la madre de Shuggie, es el paradigma. Es hermosa, tiene un acento de clase alta y viste buena ropa, pero nada de ello oculta la realidad: se está destruyendo por culpa de sus decisiones erróneas. Mantiene su orgullo pero no es suficiente. Anhela una vida que no conoce límites, pero ella, en cambio, establece los suyos propios, dilapidando la asignación semanal del Gobierno en cerveza y vodka, y olvidándose de los deberes de la madre que en el fondo aspira a ser. Shuggie, con una precocidad envidiable, decidido a salvar a su madre cueste lo que cueste, se resiste a sucumbir. Es diferente a los demás, que no han tardado en percibir lo que su madre ya advirtió cuando jugaba a las muñecas con las bellezas semidesnudas fotografiadas de las latas de cerveza Tennent, a las que hacía hablar mientras acariciaba su cabello metálico.

“Historia de Shuggie Bain” se desarrolla a lo largo de la década de 1980. Los pozos cierran, los astilleros y las acerías están en declive; las adicciones a la droga y al alcohol van en aumento. Los mineros, que alguna vez fueron el orgullo de la “working class”, se convierten en carroñeros: irrumpen en las canteras abandonadas y arrancan el cobre de los cables, royendo como ratones. Otros conducen taxis; la mayoría simplemente se refugia en el bar. Las mujeres intentan mantener cierta cohesión familiar. También lo hace Douglas Stuart al narrar una historia en la que, detrás de la miseria, la desesperación y la fatiga, se encuentra una ciudad llena de vida que anhela en cierto sentido la trascendencia que la realidad le niega. No resulta difícil imaginar la lectura sombría en una novela que trata sobre vidas a menudo solitarias, inevitablemente pobres, frecuentemente desagradables, intermitentemente brutales y con demasiada frecuencia cortas. Bueno, pues no es el caso de “Historia de Shuggie Bain”, que no solo tiene la capacidad de mostrar el humor que subyace en la tristeza de la propia existencia, sino también la bondad y la gracia que iluminan ciertas vidas al límite. Stuart demuestra tener un buen ojo para describir la decadencia y el hundimiento, como demuestra el hecho de que los personajes trágicos emergen con mayor fuerza frente al optimismo inquebrantable de Shuggie Bain; pero su visión es todavía más fina y aguda a la hora de detectar los destellos de amor que quedan sin que todo se reduzca a las cenizas.

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