Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Envoltorio de mística ‘cuqui’

‘Music of the spheres’ apuesta por un pop colorista con guiños cósmicos en un repertorio irregular al que se adhieren Selena Gómez y BTS

Imagen promocional de ‘Music of the spheres’. | | LA PROVINCIA/DLP

La nueva gira de Coldplay será «sostenible», anuncia el grupo, pero consistirá en los estadios y grandes recintos de toda la vida, y el manual de costumbres del pop indica que para llenarlos conviene ir cargado con un álbum de tonos ligeros y efervescentes. Y a eso se han dedicado Chris Martin y compañía en este Music of the spheres, a tratar de armarse de canciones accesibles para volver a llenar las gradas de confeti. Venimos de Everyday life (2019), un álbum en el que se complicaron la vida con coros góspel y mallas afro y que resultó un pinchazo comercial (en Estados Unidos vendió una quinta parte que el anterior, A head full of dreams, 2015) aunque deslizaba señales de inquietud creativa. Pero si los invitados son indicadores del tono de un disco, hagamos notar que en aquel tomaron parte Femi Kuti y Stromae, mientras que por Music of the spheres desfilan Selena Gómez y BTS, lo cual augura un rumbo un poco más convencional. Y si Everyday life era notable pese a su pretenciosidad, su relevo conserva un semejante halo grandilocuente, ahora no tan multiculti sino cósmico, pero plasmado en un cancionero más corto de inspiración, pese a toda esa pintura fosforescente.

El tema Higher ground, publicado en mayo, resultó un poco tibio con su intento de pop galáctico inspirado en la cantina de La guerra de las galaxias, incluyendo oh-ohs recurrentes y guitarras exóticas a lo Peter Gabriel año 1986. Pero este tema resulta uno de los más descollantes del álbum, junto con el segundo sencillo, My universe, que suministra una dinámica pop dominadora y con vestigios de EDM. Entre esos temas más invasivos están Humankind, con sintetizadores aparatosos, y ese People of the ride en el que Coldplay cae en la vulgaridad de imitar a un contemporáneo (Muse) y que da la razón al sabio Rosendo cuando cantó que «a veces cuesta llegar al estribillo» (que, en realidad, no existe).

Pero este es un álbum que Coldplay, una vez más, ha concebido como un todo y que tanto puede encantar como irritar por su envoltorio global de mística cuqui, contenedor de baladas canónicas (Let somebody go), estampas con intenciones mágicas (el canto a cappella de Human heart) y ocurrencias con halo enternecedor (Biutyful parece diseñada para Tik Tok). Ensamblando las canciones, esos interludios instrumentales, identificados con emoticonos, que tienen cierta gracia cuando no se alargan demasiado (como sucede en el conocido como Infinity sign). El tema de cierre, Coloratura, resulta temerario con sus más de 10 minutos y su solo de guitarra planeador, pero contiene secuencias sustanciosas (el giro que da en el minuto seis) y nos recuerda que Coldplay todavía es capaz de entregar una música bella, aunque se le intuya demasiado enamorado de su reflejo.

Compartir el artículo

stats