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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Un Damon Albarn adulto: ironía

El cantante de Blur y Gorillaz entrega un álbum interiorista, entre el paisajismo y cabaret tranquilo, inspirado en sus estancias en Islandia

El músico y compositor Damon Albarn. | | EP

En contraste con sus enemigos íntimos de Oasis, Damon Albarn es uno de los actores de aquel noventero Brit-pop que más se ha alejado de su yo más distinguible, no ya solo en términos de lenguaje musical, sino de su propia actitud como músico. El Albarn distanciado e irónico, capaz de convertirse luego graciosamente en la caricatura de Gorillaz, se sitúa muy lejos del creador hipersensible, humanista, presto a disertar en torno a la naturaleza, el paso del tiempo y la muerte, que observamos en esta nueva obra a su nombre titulada The nearer the fountain, more pure the stream flows.

Ya en aquellos años 90, en tiempos de Blur, Damon Albarn comenzó a frecuentar Islandia, acaso buscando aisladas inmensidades en las que refugiarse del ruido, y un tiempo después estableció allí una segunda residencia. Sus planicies heladas, el océano de plomo y los relieves volcánicos le han suministrado el incentivo plástico, espiritual incluso, para elaborar este álbum, al que la pandemia añadió otra capa de extremismo existencial. ¿Estamos ante otra obra introspectiva propiciada por el covid-19? Hay algo de eso ahí, si bien el proyecto discográfico venía de antes, y el álbum, aunque rico en brumas paisajísticas, transcurre por diversos parajes y trasciende el ensimismamiento. Abre el disco el tema titular, referencia al poema Amor y memoria, del inglés John Clare (1793-1864), en el que Albarn expresa el duelo por una pérdida entre reflejos de una gloria pasada, entonando la letra dolida sobre una superficie electroacústica, con cuerdas neoclásicas y el grano aportado por el órgano. Se respiran las ausencias: el hercúleo batería Tony Allen, cómplice en The Good, The Bad & The Queen, fallecido el año pasado. El álbum avanza a partir de ahí entre las tenues marejadas instrumentales, no lejos de los archipiélagos frecuentados por el señor Robert Wyatt, y las incursiones en un aventurado cabaret del crepúsculo: ahí están Royal morning blue, una pieza intranquila, con un punto de serena apocalipsis, y la hermosa The tower of Montevideo. El uso del saxo transfiere aires de decadencia, pero también de inestabilidad: los soplidos free y las disonancias de Combustion y Polaris.

Albarn no se contenta con entregarnos una secuencia lineal de música majestuosa, lánguida o abismal, según cánones ordinarios, sino que se aventura en vocabularios originales y ondulantes, sin caer en el esteticismo y dejando que se insinúe su instinto pop. Si su anterior obra en solitario, Everyday robots (2014), representaba un paso adelante en su inventiva adulta, esta amplía la medida y se las tiene con materiales narrativos que fácilmente podrían resultar pretenciosos. Aquí transmiten un aplomo perturbador, sugiriendo un acercamiento a esas fuentes redentoras a la que alude el título del álbum.

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