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La Provincia - Diario de Las Palmas

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El tiempo en precipicio

En la obra poética de Manuel González Sosa vibra una tensión constante entre la magnitud del presente y la conciencia del acabamiento

Manuel González Sosa por tierras castellanas. | LP/DLP

El centenario del nacimiento del poeta grancanario Manuel González Sosa (1921-2011) ha traído, como uno de sus frutos más granados, la publicación de su Poesía completa en una editorial y una colección de acceso casi universal: Pre-Textos, Valencia (España), Col. Cruz de Sur, al cuidado de Andrés Sánchez Robayna.

Hacía falta que este poeta español absolutamente indispensable saliera del espacio casi secreto en el que vivió su experiencia estética de tantos años. Este hecho tan poco frecuente se debió a su voluntad de pasar oculto, de no ocupar la atención del lector en detrimento de los grandes genios de la poesía que, a su parecer, eran imprescindibles a toda hora. Su vocación poética, pues, no sólo fue vivida respondiendo a esa «ética de la forma» a la que tanto invocaba Paul Valéry, sino también a una «ética del espíritu», que confirió a su obra y a su vida una nobleza admirable.

Toda la poesía de González Sosa respira una firme celebración del existir, aunque no por ello está exenta de una lúcida inquietud por conocer su destino último. Tal actitud celebradora reclama una gloriosa exaltación del instante de plenitud vital, con el fervor con que se vive el presente en toda la poesía moderna, desde Baudelaire hasta las vanguardias históricas. Pero nuestro autor es hombre de su tiempo, y por esto también fue consciente de que el éxtasis del momento tiene un pasado y un futuro tan verdaderos como él. Debido a esta otra urgencia espiritual, nuestro poeta también se inscribe en la edad posmoderna de la poesía, cuyos rasgos específicos expliqué en mi libro César Vallejo y la poesía posmoderna. En efecto, González Sosa no deja de indagar en las razones por las que el pasado ha perdido su efectiva realidad, así como en las razones que puedan iluminar su existencia futura, la cual se halla siempre nublada por un destino más aguda o más sosegadamente incierto. Así se puede constatar explícitamente en un poema de su libro Tránsito a tientas: «No sé, nadie lo sabe, / qué palabras, qué texto / escribirá en el viento / el azar con el zumo / caliente de mi sangre» (p. 169 de la edición citada).

Pero el poeta, en esta etapa ya madura de su vida, no quiere adelantar acontecimientos ni obsesionarse con lo que no está en su mano. Más bien desea poner en sordina los malos augurios de la razón abstracta y centrarse en trazar con rasgos firmes su voluntad actual, aun sabiendo que, en último término, no podrá escapar de la disolución de su cuerpo: «Allá donde se hunde / mi tiempo en precipicio, / del aire que ahora habito / se exhalará tu breve / polvareda sombría» (ibid.). Tras otras pocas certezas, el poeta termina su canto haciendo una petición rotunda a todo lo que pueda distraerlo del ahora: «Ayúdame, / ceniza, a que te olvide» (p. 170).

En toda su obra poética vibra, pues, una tensión constante entre la magnitud del presente y la conciencia del acabamiento, que se agrava teniendo en cuenta, además, su incertidumbre ante el destino último. Esta inquietud se halla tan presente en su fresco y juvenil poema «A mi abuelo, detrás de la vida» (p. 37) como en uno de 1990, incluido aquí junto con otros indispensables «Poemas dispersos» (que en esta edición se reúnen por vez primera), donde concibe el mundo físico actual como la máscara de un núcleo de ser mucho más indeterminado: «[…] Arrancas / la envoltura de humo, y con los dedos / un vellón impalpable tocas, siempre / corteza de una cáscara que usurpa / el nido de la almendra / de esa nada erizada» (p. 251).

La tensión entre el ahora y el después (que también tiene efecto retroactivo, especialmente en la infancia) presenta una clara raíz unamuniana, muy visible en su primer y gran libro Sonetos andariegos (1967). Para muchos poetas de la inmediata posguerra, Unamuno fue un estímulo constante en la búsqueda de sentido a una existencia personal muy contradictoria. De esta influencia unamuniana en González Sosa podemos verificar un hecho innegable: la tensión del tiempo en precipicio se hace más dramática en este primer libro de nuestro autor, y vibrará con ese especial desasosiego hasta 1975, aproximadamente. (Ténganse en cuenta que la publicación definitiva de los libros de González Sosa se hizo mucho más tarde, en los años noventa y en los primeros 2000; y para observar este punto de inflexión espiritual he atendido a la fecha de los «Poemas dispersos» aquí recogidos, y a la afinidad de los mismos con los textos «canónicos».)

En efecto, hasta 1975, en que el poeta rodea la cincuentena de su edad, el gozo del instante de plenitud actual se ve siempre barrenado por la pregunta inexorable hacia el después y el más allá. En esta glorificación de lo vivo y actual, en contraste con lo pasado y lo futuro, la memoria y la imaginación desempeñan una función transformadora sobre los hechos biográficos del poeta en su apariencia más externa. El poeta contempla su entorno habitual (algo que en los poemas posteriores aparecerá más velado) y, por obra y gracia de la memoria y de la imaginación, valora su existencia pasada y avizora temblorosamente su destino final. Veamos este fenómeno en el poema «Mujer descalza», de Sonetos andariegos, un entrañado canto a la belleza femenina y, a la vez, a la fragilidad de la sustancia humana, atravesada aquí por una profunda concepción de la sexualidad: «¿Van a tierra tus huesos, por los huecos / que saben las raíces? ¿Tu mirada / está brillando ahora entre los flecos / de dos nidos con savia coagulada? // Oh muchacha descalza y combatida / por la manzana en celo, no posada / sobre los surcos húmedos, brotada / como un árbol de fronda estremecida. // Tibia y ensangrentada galería / te adivino por dentro, prolongada / a la última hondura, y más lejana. // Quizás desde tus ojos se vería / lentamente avanzar la caravana / que hacia la vida viene, de la nada» (p. 51).

Después de ese año 1975, tan significativo para la historia de España (y no me refiero principalmente a la historia política), la poesía de Manuel González Sosa se encamina por un proceso de complejidad espiritual aún mayor. Ahora, con sus viajes a América y a distintos países de Europa, su palabra poética asume una mayor gravedad temática: la duda sobre el más allá de esta vida se torna más inquietante en su profundidad, más quebradiza también en lo religioso; pero el poeta, que rehúye siempre la tragedia y el grito, amansa la expresión de su drama interior gracias a la contemplación gozosa de la obra de arte (ya no tanto del entorno inmediato de su isla) y de los paisajes para él más asombrosos. Puede leerse a este efecto el poema «Frente a la catedral de Orvieto», donde la paz y el fervor del poeta no proceden tanto de la fe religiosa como de la elevación estética (aunque ambas, lógicamente, son compatibles y aun pueden consustanciarse).

En estos años setenta escribe González Sosa su Cuaderno americano, un libro aparentemente —sólo aparentemente— exótico, en el que el poeta trata de aferrarse a la frondosa naturaleza y al arte americanos, casi unidos en su maravilloso esplendor. No obstante, ante la belleza del arte y de la naturaleza del nuevo continente, que rompen todos sus límites mentales, el yo poético no se satisface con este mundo de un modo terrenal, autosuficiente ante toda fuerza sobrehumana. No, no: el poeta conoce la magnificencia del arte y, a la vez, su radical incompletud para saciar los deseos esenciales del corazón. De ahí que en un poema tan brillante y sensorial como «Manto de Paracas» —un manto funerario de ornamentación casi indescriptible—, la voz poética es consciente de que el hombre necesita seguir añadiendo a la belleza artística lo que su imaginación personal pueda siempre agregar, que nunca será suficiente. Dirigiéndose al hombre muerto con tal vestidura, el hablante poemático le pide: «Desde la sima donde fue a extraviarse, / ese brío feraz trae a tus pulsos / y haz que tu voluntad teja ella misma / no sudarios inmunes a la muerte, / sino las alas que uncirán tu paso / al vuelo de una flecha disparada / sin yerro hacia el regazo de otra aurora» (p. 87).

En uno de los últimos poemas de Contraluz italiana, titulado «A John Keats y Percy B. Shelley en el cementerio del Testaccio», el poeta no niega la vida eterna junto a Dios que los homenajeados puedan gozar, pero admite que el mero hecho de yacer bajo tierra (en esa «subterránea beatitud» del cementerio, entendido como lugar estable y unido a la naturaleza) es ya un descanso. En cualquier caso, tampoco niega el posible acceso a un más allá: «Ya en éxtasis los rostros devastados, / entre raíces y secretas fuentes / nunca besadas por la sed, gozando / la subterránea beatitud: la única / vista sin nieblas desde nuestras frentes» (p. 229).

En esta segunda etapa de su poesía la palabra poética de González Sosa se halla dotada de una potente brillantez imaginaria, como tratando de desafiar el progresivo apagamiento de la vida (brillantez jamás abrumadora, que nunca empaña la serena sobriedad de su espíritu). También se produce un mayor despliegue de símbolos unidos irracionalmente, como también es propio de la poesía española de la década de 1970. Una muestra más de la renovación y la actualidad continuas de su palabra.

Carlos Javier Morales, poeta, crítico y ensayista, ha publicado recientemente El corazón y el mar (2020) y Tiempo mío, tiempo nuestro (2021).

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