Suscríbete

La Provincia - Diario de Las Palmas

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

La edad sin fin de Cristino de Vera

Iba vestido para el deporte, pues llevaba al hombro, sobre su ropaje negro, una toalla blanca que parecía el sudario de aquel evangelista

Cristino de Vera, ‘Taza blanca’, 2002, óleo sobre lienzo.

Aquel hombre enjuto, serio como Cristo, habitado seguramente por los pensamientos más profundos que saltaban a su cara como si todo fuera boca preguntándose, era Cristino de Vera, pintor, que por los veranos volvía a la ciudad donde nació y se dirigía así, mirando al frente, a la orilla que, durante años de su juventud y de su madurez, fue la inspiración de los paisajes de su alma y el camino interior de su peregrinaje.

Iba vestido para el deporte, o eso parecía, pues llevaba al hombro, sobre sus ropajes negros, una toalla blanca, de un blanco perfecto que parecía el sudario de aquel evangelista. Iba poca gente entonces arriba y abajo de la Rambla del 11 de febrero, que era como sus antepasados republicanos, Domingo Pérez Minik, Eduardo Westerdahl, su padre, solían llamar a la que entonces era oficialmente la Rambla del General Franco, pues de allí había partido el hombrecillo que fue dictador, aunque la ciudad siempre la bautizó a medias, de modo que era, en plural, las Ramblas, tachado el apellido de quien durante años ha tenido un monumento al final de ese trayecto que Cristino hacía los veranos.

En ese momento en que recuerdo sus primeros pasos, los primeros pasos que le vi dar sobre su propia tierra, él debía tener 37 años, pues era 1968, cuando en España parecía empezarse a contagiar la novedad propia de las democracias: la libertad de andar, de asociarse, de vivir cada uno en la esperanza de no ser ordenado por un policía con bigotito. Haría falta tiempo para que eso, a trancas y barrancas, formara parte de la nueva historia, pero sólo la presencia de ese hombre libre caminando por el centro de aquella bella avenida de flores y árboles, desde su casa en la Avenida de Bélgica hasta el mar que buscaba, hacía presagiar que viajábamos a tiempos mejores. Él me desconocía, naturalmente; yo era un muchacho de unos veinte años y ya era periodista local, que tenía el privilegio de conocer a algunos de aquellos maestros que guiaron, de un modo u otro, los pasos de aquel artista, así que algo sabía de Cristino de Vera.

Lo supe, en primer lugar, por su padre, al que había visto por redacciones sucesivas, las de los periódicos La Tarde y El Día, que entonces habían sido los diarios en los que había trabajado y estaba trabajando. Aquel hombre que se parecía tanto a Cristino, sus gafas de mirar adentro, tan miope que parecía tener más ojos que los que nos corresponden, iba por aquellos antros bellísimos que eran entonces los periódicos con una carpeta marrón de mucho uso que alternaba, en sus paseos de padre que busca por la ciudad dar noticia de su hijo, con otra en la que había prospectos para matar ratones. Él se dedicaba, con el éxito que su hijo luego también pregonaría, a la representación de raticidas y fármacos, pero cuando se dirigía con los recortes de lo que se decía de Cristino y de su pintura en sus primeros años de éxito en Madrid, era simplemente el padre que está orgulloso y no quiere que pase desapercibido el genio de su joven representado. A mi me gustaba ver a aquel hombre entrando en las redacciones, con la alegría de contar como un chiquillo el destino que iba cumpliendo su hijo artista en la ciudad de Madrid y más allá.

Así supe de él, gracias a los periódicos, y nuestra relación posterior tuvo, naturalmente, mucho que ver con los diarios, hasta ahora mismo cuando Javier Durán me pide que subraye con unas mil palabras el acontecimiento que este 15 de diciembre pone a Cristino, una vez más, en las noticias, esta vez porque cumple noventa años. Treinta y un años después en que lo viera caminando por aquella calle impar de su ciudad, este hombre ahora es el mismo que, cada día, hace en su casa de Chamberí, en Madrid, el recorrido que marca el reloj que le señala el tiempo que vive, un pasillo perfecto, como si fuera dibujado por él, que lo llevaba desde las habitaciones al sitio donde lo siguen esperando sus pinturas.

Poco después de aquellos encuentros cuya naturaleza él desconocía, en el paseo de las flores de Santa Cruz, la más benemérita de las instituciones crediticias isleñas, la Caja de Ahorros de Santa Cruz de Tenerife, montó en su sede de arte de La Laguna una extraordinaria exposición de los cuadros de Cristino. Meses antes de ese acontecimiento el azar y un viaje a Madrid en el que acompañé a don Domingo Pérez Minik me llevaron a conocer en persona al artista, en su casa-estudio cerca de Torres Blancas, donde estaban el propio Cristino y una mujer fundamental en su vida, hasta ahora mismo. Esa mujer, Aurora Ciriza, fue desde aquel principio de los 70 su bastión, su proa, su noble alegría, y ha tenido además fuerza y ocasión de ser todo eso también para los que nos hemos acercado a ser aceptados como sus amigos.

En aquel primer encuentro en la ciudad él era el amigo de todo el mundo, en la calle y en la casa; es legendario que se dirigía a las personas que no conocía para invitarlas a explicar de donde venían sus inquietudes o su felicidad, que demandaba a las taquilleras por sus impresiones del final del día (“fila doce, fila trece, bocas, bocas”), y que era un existencialista que tenía a su Dios propio en los sueños que instruían su arte de ramalazos tranquilos y amarillos, paisajes que parecían senderos hechos para encontrarse desde lejos con un mar distinto, el mar de los campos castellanos, al final de los cuales uno podía imaginarlo, como el Quijote o como la Virgen, buscando el mar o la libertad que da el recuerdo o la ansiedad del salitre. Sus cuadros son él mismo caminando, sus manos juntas, su piel buscando al viejo amigo Sol, como un Henry David Thoreau o como un apóstol regalando miradas como manos. Un día, en una de esas casas que tuvo hasta tener la que habita con Aurora desde hace años, algunos de ellos como vecinos generosos de Maud Westerdahl, la casualidad que él atrae como un buda sabio le hizo ver en la pared blanca como la huella de una mano que seguía allí pareciendo un cuadro pintado por sus sueños, y ahora siempre que miro a Cristino y lo saludo y lo oigo siento que detrás de él sigue estando la mano que en su relato de aquella aparición entonces era la de una niña.

Hace días, viajando a Madrid desde Tenerife, me pareció ver esa mano ya adulta. Y no es extraño que se produzcan estas coincidencias porque desde que lo conocí, en 1968, hasta ahora mismo, 53 años después, no he cesado de creer que Cristino de Vera está para mi, seguro que también para otros, en todas partes, pintando y soñando y despertándome para ver mejor el porvenir, su felicidad y sus contrariedades.

Larga vida, Cristino. Larga vida, Aurora con Cristino.

Compartir el artículo

stats