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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Prístino, de veras

Décadas atrás, Cristino de Vera se veía volcado en el estudio de la metafísica y la astronomía

‘Al aire espiritual de la Vera Cruz’, 2008. Colección de Arte CajaCanarias

Cuando vio por vez primera un crucifijo escolar, o, tal vez, el que portaba de su cuello en miniatura el día de su Primera Comunión, es seguro que Cristino de Vera Reyes ya observó con nitidez el futuro Camposanto que le aguardaría, a él mismo y, uno tras otro, a todos sus congéneres. «Parece mentira que no se estén dando cuenta», seguro que masculló, antes de arremangarse, como un sepulturero anacoreta de impoluta camisa blanca (ah, ese inquietante claror, mimético de la espumarola, con que se representa la aséptica muerte por estos lares, como en Manolo Millares) que se encomendara a la tarea infinita de erigirle una cruz a cada prójimo que se topara por las calles, y volverla flor para el jarrón de sus calaveras.

Para ello, se agenció pronto, a sus 20 años, un monasterio amable de un sola plaza en una buhardilla junto al Rastro madrileño, con la consciencia plena de quien habita ya su propio nicho, pero al menos disfrutándolo eventualmente, redimiéndose sin alharacas a la caída de cada tarde con una generosa copa de vino, servido también en el gánigo de una abierta calavera, por cada nueva miniatura incorporada. Esto es: dándole a la muerte con su propia medicina, y perfeccionándola con puntillosos trazos, mostrándose, homeopáticamente, manierista y exhaustivo con la Parca…

¿Qué son 90 años para quien se sabe desde la infancia un lúcido niño senil y póstumo, tan consciente, con laico epitafio eliotiano, de que «en mi principio está mi fin? ¿Para quien se ha pasado la vida mirando fijamente el mismo punto descascarillado de la pared (en su caso, de una ermita de cementerio), como define Lezama Lima a los artistas de raza? ¿O para quien, en fin, ha crecido sincrónico, vertical y horizontal a la vez, como las cruces y los cruces de las calaveras, de las arrugas de las mortajas, de los resplandores y las sombras, de las soledades compartidas, convocando el paisaje final como si fuera el primigenio, para, precisamente, exorcizarlo?

En una lejana entrevista, en los años noventa del siglo pasado, me explicó que «si alcanzase a vivir 40 años más, me consagraría al estudio de la metafísica y la astronomía, dos disciplinas capaces de mostrar lo ínfimo del ego y de erradicar la vanidad, esa terrible lacra que tantos estragos ocasiona en el arte actual». Lo cierto es que De Vera persiste en esa humildad descreída, que sin tregua, como las paletadas de un enterrador, le va transfiriendo a sus lienzos, bajo el halo de un misticismo puntilloso, a la vez expresionista e íntimo, cálido y hierático, plástico y en el chasis, cromado y radiográfico, tomándole el pulso a la juntura exacta entre la vida y la muerte, o mejor dicho, a la vida interior de la muerte.

«El arte, en tanto que aproximación terrible y contradictoria a la belleza, no puede ser otra cosa que aprender a morir. Si esto lo tenía claro de joven, imagínate ahora», agregó entonces, como lo señalaría ahora, este artista prístino de veras.

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