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Comprar el primer libro

La adquisición de ciertos poemarios se convierte en una experiencia emocional única, que conlleva reconfigurar la mirada y el lenguaje

Comprar el primer libro

Comprar un poemario esquiva de lleno cualquier relato económico. No supone una simple transacción, ni mucho menos un intercambio. Se aproxima a la compra de una pieza de arte, puesto que en él también desembocamos en una experiencia emocional única. Así sucede en la adquisición de un género literario cuoa lenguaje interviene lugares desconocidos de nuestro lenguaje interior. Una obra que explora y funda ideas o sentidos que hasta entonces nuestras palabras no habrían transitado, pero de las que vislumbrábamos su existencia.

Para entenderlo, nada mejor que rebobinar hasta la primera compra: el acto de iniciación, cuando la primera transacción sacude para siempre la mirada horizontal de la lectura. El instante en el que nos asomamos a un precipicio léxico donde la palabra ansía relatar el vértigo. Un vértigo desde el que podemos caer o levitar, entrando así en un paisaje idiomático que se ubica en los márgenes, bordeando el entretenimiento y el conocimiento.

Un libro de poemas es siempre un precipicio en el idioma, el infinito poder de la palabra

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El primer poemario nos confronta con muchos de los textos que hemos leído antes. Implica reubicar los conceptos de continuidad y fragmentación, de ritmo y de sintaxis, para luego acceder a la sensación de crecimiento, que es la lectura poética por necesidad y su irreversible epifanía.

A partir de entonces, no serán necesarias muchas páginas o muchos versos para mirar hacia donde nunca habíamos observado. Ampliar así el sentido del idioma descubriendo un significado original en las indicaciones de los carteles o un imaginario diferente en aquellas frases diarias tejidas por la metáfora. La palabra cobra una segunda vida.

Compré el primer poemario en el año 95, tras la recomendación de un profesor de literatura que había intuido en mí cierto interés por el género. Fue Altazor. Para aquel profesor, Vicente Huidobro desabotonoba por completo los contornos de la poesía que se estudiaba en secundaria. Fueron 900 pesetas, en una edición de Cátedra de 1986. Su precio sigue marcado a lápiz en la contraportada. Conservo aún el ejemplar y la librería sigue existiendo, o sea, resiste estoicamente. Pertenece a aquellas “librerías que regalan el recuerdo de la compra”, como defiende Jorge Carrión.

Antes de acercarme a Huidobro había leído una edición conjunta de Edirca con los poemarios de Pedro García Cabrera y de Agustín Millares Sall. Pero comprar Altazor, abrir Altazor y leer Altazor trastornaba y desordenaba mis primitivos conocimientos de poesía. Huidobro redoblaba la apuesta. Sostenía una realidad verbal que se derramaba en el lenguaje, siempre entre pequeñas conexiones, amplificando nuestro mundo. Rescatando la expresión de Unamuno sobre la poesía de Rubén Darío, el poeta chileno también decía cosas en español que hasta entonces no se sabía que se podían decir.

La primera aparición de Altazor, con todos los cantos reunidos, se publicó en 1931, hace ya noventa años, y todavía sigue reclamando lecturas distintas, interpretaciones inesperadas. Suena paradójico que su fascinante viaje por dentro del lenguaje no fuera bien recibido por la crítica de la época. No obstante, el tiempo recorrido ha permitido apreciar en la obra la riqueza de una religiosidad invertida, de una profunda trascendencia humana, que viene identificada con el inicio de la palabra.

Tanto es así, que el vuelo descendente de Altazor permanece levitando, casi un siglo después. No ha caído, al contrario. Sobrevuela adentrándose en un imaginario verbal que interviene el perfil de lo real para desordenar las piezas, para recrear y volver a crear una nueva mirada del mundo.

La obra de Huidobro se ha convertido en un libro de fondo de las librerías, en aquellos espacios que siguen consignando una cartografía emocional de la literatura. Aunque también resiste agazapado en esas otras librerías pobladas ahora por una poesía, o parapoesía, que ha conquistado las redes sociales y los espacios televisivos, y que son un reflejo de nuestra existencia de escaparate.

Las primeras lecturas desabotonan los conocimientos clásicos de la literatura

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Altazor se erige entonces en un espejo que deforma el verso del best-seller, una voz poética que irónicamente suele verter descubrimientos promovidos por juegos vanguardistas y expresiones que poco tienen de nuevo, cuya poética no resiste ni uno solo de los cantos de Huidobro.

La solida arquitectura textual de Altazor, el tiento vanguardista y la búsqueda de una nueva manera de mirar al mundo por parte de aquel chileno nómada que fundó el Creacionismo hace casi cien años, sigue demostrando la necesidad de escapar y poblar nuevos territorios en la literatura, de situar el verbo en una poética del desmembramiento y la reubicación. Hacer sentir a cualquier iniciado en la lectura la necesidad de fomentar en cada verso, en cada imagen, el infinito poder de intervención que aloja la palabra.

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