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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Un pensamiento a ras de tierra

Los ensayos y semblanzas de Antonio Puente tienen como tema la conversión en periférico del discurso literario

Antonio Puente. La Provincia

La estabilidad del suelo goza de una posición privilegiada entre las metáforas de la época moderna. En la economía del suelo, el término “solar” designa el suelo urbano, edificable, de lindes rectas, valladas, seguras. El “solar” urbano pertenece, al mismo tiempo, a los dominios del sol y de la tierra. Representa el ideal de estabilidad civilizada, a diferencia del suelo rústico o “terreno”, que no se ha desprendido del todo de las oscuras potencias telúricas. En el habla de Canarias, usamos una variante léxica que subraya el valor de la estabilidad. Al suelo, solemos llamarlo “piso”, superficie lisa y edificada, como si quisiéramos conjurar el peligro de las intempestivas fuerzas del volcán. De alguien caído, decimos que “se fue para el piso”, que expresa recorrido y límite. Al piso se va, no se cae. El piso es el límite que nos salva de caer más abajo, de tocar fondo. Es lecho infranqueable, a diferencia del suelo, que puede abrirse en cualquier momento bajo nuestros pies. La toponimia insular refuerza este anhelo de estabilidad, como vemos en el lugar de Gáldar llamado Piso Firme. El mercado simbólico del suelo ha crecido en imágenes de estabilidad, a medida que se devalúa el del cielo. El tema de los ensayos y semblanzas que forman el volumen El sol en el suelo, de Antonio Puente, es la estabilidad del suelo, o más bien, su falta, en una modernidad que ha hecho crisis, y en la que el discurso literario, que solía estar en el centro, ocupa ahora un lugar periférico.

En La inquietud que atraviesa el río, Hans Blumenberg rastrea algunas de las figuraciones más elocuentes de la demanda de estabilidad terrenal cuyo origen coincide con el del proceso distintivo de la construcción de la modernidad, el pinchazo de la burbuja sobrenatural y su reemplazo por una milla de oro del suelo raso. Bromea, con germánica circunspección: “Desde que ya no se oye el Sursum corda!, la mirada se repliega hacia lo que ha de soportar todo el resto, en vez de mirar lo que se eleva sobre ello”. Suelo y cimientos difieren en la naturaleza y la cuantía de sus dividendos significantes. La perspectiva de una modernidad hecha de cimientos es eminentemente constructivista. Unos cimientos se superponen a las ruinas de los anteriores, en una estratificación de dominadores y dominados, como vemos en la costumbre de construir catedrales sobre los cimientos de templos pre-existentes. Así, por medio de una conjura, la modernidad produce el significante «pasado»: lo que ha sido aplastado, no puede volver a existir. Quien dice «catedrales», dice «revoluciones», «pogromos», «ideologías». Pocas cosas hay más inestables que unos buenos cimientos. Una modernidad asentada en la perspectiva de los cimientos demanda un fundamento para todo y acaba, tarde o temprano, produciendo fundamentalismos. Por el contrario, Antonio Puente invoca un emblema distinto para la modernidad en crisis: la imagen del modesto suelo primordial, un suelo permeable y cultivado por las raíces y los frutos de la escritura como actividad que versa sobre la trascendencia -como señala G. Steiner, una de las figuras tutelares invocadas por Puente-, y se ejerce para alcanzarla.

El propósito que reúne los textos de El sol en el suelo es tantear el signo escrito de la época. Tentativa doblemente abocada a la melancolía. Tantear, al modo de la mejor tradición ensayística que nace con Montaigne, significa explorar, hacerse preguntas, dudar de todo, lanzarse y recoger velas, decir y desdecirse. Justo lo que esta época, de máxima liquidez de las imágenes y máxima arrogancia de los relatos (religiosos, ideológicos, tecnocráticos), desdeña de las potencias de la escritura. Tentativa melancólica, además, porque la cuestión fundamental que atraviesa todo este libro -¿Qué suelo sostiene a una comunidad cuando la escritura se ha vuelto intrascendente?-, interpela a una época refractaria a la clase de conocimiento que el ensayismo de Puente ofrece. No hay aquí un relato de época, al modo en que hoy se demanda por doquier un relato en el que todo debe cobrar mágicamente sentido. «Una historia del mundo llena de sentido, y regida por el sentido, solo puede contarse en la forma de un cuento», advierte Blumenberg. Un cuento moral, cabe añadir, que siempre sirve a los que mandan. A falta de un relato, en El sol en el suelo encontrará el lector el meta-relato del relato de nuestro tiempo, un interrogatorio crítico implacable que saca a la luz lo que el discurso circulante y pegadizo encubre.

No es fácil señalar las coordenadas del territorio propio de la escritura de Antonio Puente. Sigo sus textos desde hace más de treinta años. Leo sus artículos y sus libros con diligente puntualidad en la hora de su publicación, y me sigue intrigando y fascinando al mismo tiempo su condición de escritura deslocalizada. Cuando escribe para los periódicos, lo hace desde un gabinete extraño a estos: el del sociólogo, el del semiólogo, el del crítico del lenguaje, el del poeta. Es ingente su producción para suplementos y páginas culturales de diarios y revistas de actualidad. Prácticamente no hay publicación de información general en lengua castellana, en los últimos cuarenta años, a la que no contribuya o haya contribuido. No hay personaje relevante en la poesía del último medio siglo al que no haya entrevistado, o cuya obra no haya glosado para la prensa. En todos estos años, no recuerdo haber leído un artículo suyo que no represente, esencialmente, una disonancia irónica y radical con respecto a la música y la letra del lenguaje periodístico. Bien sea por su inclinación a invertir los lugares comunes de la realidad representada en los medios, bien sea por un lenguaje propio, que desconoce el habla de la tribu y elige la frase que danza, en vez de la salmodia de la crónica rutinaria; interpelar al lector, en vez de adularle y, en fin, todo lo que no se espera de un periodista, lo cierto es que en su escritura siempre nos encontramos como en un taller inhóspito en el que escuchamos el retumbar de la filosofía del futuro, hecha a martillazos, como preconizó Nietzsche, y vemos los fragmentos del discurso del poder esparcidos, despedazados por los perros de su propio lenguaje, esos a los que Derrida suelta para conseguir que, entre dentellada y dentellada, el texto se difame a sí mmismo y diga sus intenciones más inconfesables.

Los ensayos y semblanzas de escritores reunidos en este volumen se ubican en ese territorio de frontera característico de la escritura de Antonio Puente. También cuando hace ensayismo, está haciendo otra cosa, o, al menos, algo alejado de lo que se espera de un ensayista hoy en día. En 1939, cuando la máquina criminal nazi ha impuesto su relato en Alemania y está lista para su tour genocida por Europa, Alfred Polgar representa el terror de un mundo guiado por la búsqueda del sentido, en un breve y célebre texto en el que invierte irónicamente el mito bíblico del primer crimen fraticida de la historia: «Si hubiera escapado a las intenciones homicidas de su hermano Caín, Abel habría tenido que soportar, en tanto que emigrante, amargas experiencias. Toda su vida habría recorrido el mundo con el signo de Abel en la frente». Un mundo regido por el sentido, similar al nuestro, en el que todo es relato y todo debe responder al relato; en el que el lugar de cada cosa y de cada individuo ha sido determinado por el relato; en el que buenos y malos, inocentes y culpables, han sido inapelablemente juzgados y sentenciados por el relato, es un mundo en el que la escritura, cuya razón de ser es la digresión, el rodeo, la diferencia y la extrañeza, ya es prescindible. Ahora que la actividad más próspera del conocimiento ya no son los altos vuelos, sino la mensajería instantánea y el aterrizaje de drones mosquiteros, afortunadamente, con este libro, escrito en la mejor tradición de su género, Antonio Puente restaura un poco de la vieja economía de la trascendencia y urbaniza el suelo de la escritura, el único en el que es posible seguir manteniéndose erguidos.

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