Suscríbete

La Provincia - Diario de Las Palmas

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Acaso una filosofía incompleta

Acaso una filosofía incompleta La Provincia

Sus lectores lo saben. En Eugenio Padorno confluyen poesía y filosofía. ¿Pero basta decirlo y pasar de largo? Quizá no a quien pregunte qué puede aprender la filosofía de la experiencia poética. «Yo, a mi cuerpo» de Domingo Rivero contiene pistas prometedoras. A propósito del soneto escribe Padorno: «durante más de media vida lo he tenido ante mí, como si fuera un prisma que me hubiera ido entregando destellos de enigmas, insospechados orientes de sentido». En los primeros tanteos, Padorno aplicó utillaje de Heidegger, el famoso «ser para la muerte» de la «vida auténtica». Después leyó el soneto con ayuda de Levinas, un filósofo en las antípodas del autor de Ser y tiempo. El cambio obedecía a la nueva luz interpretativa que arrojaba sobre el poema otra composición de Rivero, «A Juan», dedicada al fallecimiento de su hijo, y que no habla del «ser para la muerte», sino de la memoria de los ausentes y de la naturaleza de la palabra como relación con lo desaparecido.

En el giro interpretativo de Padorno puede identificarse un nudo que atañe a las relaciones entre filosofía y poesía. Ambas comparten punto de partida, el asombro, pero divergen radicalmente en el de llegada. El gesto filosófico inicial consiste en superar la seducción de las apariencias, esplendorosas, pero mortales, y fijar la verdad más allá del mundo sensible. Por eso dice María Zambrano que la filosofía es a la vez «admiración y violencia». Esta remite a una irrenunciable fuerza liberadora respecto del mito y del destino. Pero sucede que la fuerza se salió de madre, no dejó nada fuera y se volvió forma excluyente de encarar la realidad. Hasta el punto de que, en nombre de la razón y la ciencia, adquirió el carácter inexorable del destino. Se oponía así a su vocación liberadora. En cambio, la poesía permaneció fiel a la fugacidad de lo visible y no desechó el cuerpo como «sarcófago» del alma, según se dice en el Fedro. La poesía no se desentendió de la carne. En la higiénica sociedad moderna Baudelaire sostendrá esta conciencia como una herida abierta.

Algunos pensadores, como el propio Levinas, tomaron nota de la frecuente indiferencia filosófica ante el «dolor humano». Iniciaron entonces un nuevo pensamiento que les acercó a la poesía, como testimonian Kierkegaard, Nietzsche o Unamuno, a quien Padorno ha dedicado muy relevantes ensayos y sin cuyo influjo es difícil comprender a Domingo Rivero. El cuerpo ya no será «tumba del alma», según asume a pies juntillas el transhumanismo, sino lugar para la verdad: «¿Por qué no te he de amar, cuerpo en que vivo?/ ¿por qué con humildad no he de quererte […]?», escribe Rivero. La pregunta solo es imaginable bajo la irradiación lejana del prólogo del Evangelio de Juan.

Esto no significa disolver la filosofía en poesía, pues no cabe renunciar a la dinámica liberadora de la razón. Pero sí tomar en serio lo que había despreciado como accidental: la memoria, el lenguaje y el cuerpo. No es poco entonces lo que Eugenio Padorno da a pensar gracias al soneto riveriano y a su propia obra poética. Andando en ella tal vez nos salga al paso el aprendizaje de una filosofía, siempre incompleta, que no haga oídos sordos al frágil ser humano.

Daniel Barreto es ensayista

Compartir el artículo

stats