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La Provincia - Diario de Las Palmas

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80 cumpleaños de Eugenio Padorno

Un gesto emancipador

Juan Jiménez, Manuel González Barrera, Eugenio Padorno y Juan Caballero, de izquierda a derecha, en La Laguna (1964) .

Canarias se ignora, pero ya no ignora que se ignora. Desde hace décadas los estudios autocentrados en la realidad del Archipiélago se están abriendo paso en el pensamiento insular, algo que hasta hace poco parecía imposible. Al enumerar a quienes han impulsado esta revolución epistémica se debe incluir, sin ninguna duda, al maestro filólogo Eugenio Padorno.

Tiene razón este escritor cuando afirma que nuestras formas de saber, al igual que las producidas en otros muchos lugares del planeta, poseen «la más verosímil representación de un laberinto». La episteme isleña, es cierto, también se derrama entre «vueltas y revueltas» donde, con ademán dialéctico, lo dicho y lo indecible se persiguen, se repelen, combaten sobre el vacío en que tiembla el trabajo de cognición. Sin ese descenso a los márgenes, sin esa mirada al sesgo, el conocimiento no es más que el velo encubridor de un juego de encantamiento. Por eso, como asegura Padorno, toda pregunta por el saber se debe responder en «el marco de la historicidad de otros».

Sin embargo, esta nueva ontología rechaza la ilusa completitud de quienes todavía se sienten alejados, de quienes aún nos juzgan ajenos. En su lugar, esta representación inédita del Archipiélago hace suyos los excesos que abruman su identidad, asumiendo sus contornos sin renunciar a los restos que también nos definen. Y es que, una epistemología canaria, ¿podría acaso aproximarse de otro modo al contexto insular? Solo en un territorio como el nuestro, cuyas formas de saber han sido tantas veces derrotadas, podría ocurrir ese milagro en retrospectiva: la posibilidad de significar «la otra verdad del vencido».

A este reto nos convida la obra de Eugenio Padorno, pues nos brinda la oportunidad de refractar el pensamiento de las Islas, declarando la urgencia de volver productiva de una vez por todas nuestra alteridad. Un gesto emancipador acompaña sus trabajos cuando claman contra el epistemicidio al que nos creímos condenados, hilvanando una trama en que sea posible aceptar una canariedad que incluya aquello que nos falta. Todo lo venido después ha sido la inercia de ese magisterio: la metamorfosis de la carne habladora, Calibanes clamando liberación, una canción perdida de destino y sentido, materiales para la definición de un saber de lo real.

Roberto Gil Hernández es antropólogo

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