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Bajo el gran paladar de este cielo estrellado

Bajo el gran paladar de este cielo estrellado La Provincia

Aunque el lugar de nacimiento siempre es un espacio real, con una ubicación precisa, cuando este se convierte en el lugar sitiado de la mente significa que ha sido construido, deconstruido y reconstruido por la persona a lo largo de su devenir, que se ha ido conformando por estratos sucesivos. Para una anatomía del sitio de vida, habría que excavar esos estratos con el instrumental de un mago arqueólogo. Los resultados nos llevarían a conclusiones sorprendentes y aparentemente contradictorias: ese lugar sitiado de la mente no tiene por qué amarrarse por su origen genético. Puede ser adoptado, sobrevenido, edificado o simplemente supuesto. Para ser lugar de nacimiento tan solo hace falta «haber nacido», lo que no significa «haber sido parido allí». Me atrevería a decir incluso que ese nacimiento no es un punto, sino una cota de tiempo, un plazo que más o menos podemos certificar: en una desigual lucha entre devenir y memoria, el nacimiento se circunscribe a los cinco o seis primeros años de vida. A partir de ahí, durante el resto del trayecto, la memoria intenta conjurar la esencia de aquel nacimiento.

Es anecdótico que a Eugenio Padorno lo hayan parido en Barcelona, a no ser que mencionemos que la calle en que viera la luz daba al mar. El padre del poeta fue surcador de mares. Junto con su esposa, a través de las corrientes oceánicas, vino a parar al Puerto de la Luz, apenas dos años después de nacer aquel niño, para asentarse junto a la mítica playa de Las Canteras, entorno en el que pasará el poeta su infancia, su juventud, toda su vida.

La pregunta ahora sería la siguiente: ¿La obra que conocemos de este autor podría haber sido la que es hoy de haber desarrollado su vida en otro espacio? Indudablemente no. Y no se trata de averiguar qué vino primero o qué depende de qué —si poesía o biografía, como si ambas fueran antagónicas—, pero lo que está claro es que —si parafraseamos al autor— su palabra nació «Bajo el gran paladar de este cielo estrellado», que no es «sino la oscura lengua que se toma reposo... ». En Diálogo del poeta y su mar (1992) puede que el Istmo de Las Isletas sea una sinécdoque de un espacio mayor que denominamos Islas Canarias, pero tampoco deja de ser cierto que es el único sitio posible de la poética padorniana. Sus límites son precisos geográficamente, apenas apuntalados por tres o cuatro elementos esenciales: «ese» mar, el recorte de la costa norteña insular, el cielo (nublado, diáfano, estrellado, tomentoso…), la arena de Las Canteras. El cordón umbilical es el Istmo. Por acá está la tierra firme (¿ínsula=firme?); por allá, los volcanes hoy coronados por una llama artificial que ayuda a los barcos en su travesía incierta. En libros sucesivos (en todos sus libros) Eugenio va moviendo esos elementos, los van juntando, desarmando, reubicando. La relación entre ellos no es separable de la que mantienen con su mente. ¿Estarán allí realmente? ¿Existirán por sí solos? ¿Cómo dialogan ese espacio y su memoria? ¿Es posible que, durante la estancia del poeta en París entre 1983 y 1988, una maqueta de ese espacio (como la de Tarkovski en Nostalgia, por la misma época) se encendiera, estallara en luz, y llegara a «escribirse» en esa fría Europa, sí, en esa ciudad apagada y lejana, bajo el título de Septenario (1985)? Así fue. El habla del sitio de vida susurra desde cualquier parte del mundo.

Luego, por más que el propio Eugenio se transfigurara, sucesivamente, en Cristophorus Colombus, en Calibán, en Palinuro, en Tomás Morales, las olas siempre lo devuelven a la misma playa, al mismo Istmo. En el proceso de ida y vuelta algo ha pasado. Entonces aquel lugar es, como lo fue para el poeta místico contemporáneo Sohrab Sepehrí, el «No-lugar». O, como dice el propio Eugenio: «En el exacto / Sinlugar del adentro / Del lugar soleado, / Donde no existen cosas / Sino sentidos (…) / Y donde nada es todo / Lo asible».

El paladar estrellado (la bóveda que el mar refleja) cobija la lengua con la que el poeta empezó a balbucear, a degustar «su» sitio, a decir «el» mundo, de Este a Oeste, de Amanecer a Ocaso. Pasa el tiempo. El sitio de la mente del poeta ahora es, para la eternidad, un sitio en el que el cuerpo se diluye en la medida en que aquel cordón umbilical que es el Istmo de La Isleta se va estrechando, se va bifurcando por acción del pertinaz bisturí de esas olas, hasta quedar separado ya por fin, como volcán ubicuo, de su tierra madre.

Oswaldo Guerra Sánchez es poeta y profesor

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