Suscríbete

La Provincia - Diario de Las Palmas

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

CRÍTICA

Gimeno y Luxemburgo: la eterna novedad

Gustavo Gimeno como maestro de orquesta. | MIGUEL LORENZO

Es incitador ver por primera vez a un joven director español que ya ocupa, cada temporada, los podios exclusivos del mundo. Y lo es aún más cuando el sonido que proyecta nos admira por su individualidad y energía, el concepto vigoroso de la dinámica, el seguimiento estricto de todos los atriles y, sobre todo, la modernidad de un concepto innovador sin caprichos: en la eterna novedad de la obra de arte. Gustavo Gimeno es el maestro –valenciano- al que aludo, un crac absoluto por la imaginación, la fuerza y la vitalidad de su manera, gestualizada sin el menor exceso, seguida al pie de la letra en los atriles, y por la inspiración progresista que rompe cánones referenciales.

Ya se hizo evidente en la segunda obra programada, las Variaciones Paganini de Rachmaninov, que tantas veces parecen resignarse al juego retórico de orquesta y piano, y aburren por no señalizar claramente sus diferencias ni a dónde conducen. En este caso, Gimeno y la joven pianista francesa Beatrice Rana bordaron el redescubrimiento, en el autor postromántico, de una querencia de modernidad que llega a rozar el atonalismo en varios desarrollos. La lucha del bien y el mal, la alternativa Inferno/Paradiso, salmo poético y Dies Irae son atormentados hasta que suena la beatitud de la Variación 14. Ella y su desarrollo introducen la idea dramática, el argumento vertebrador de la música eterna. ¡Y de qué manera! La espléndida, brillantísima pianista, y el director, respiraban la misma atmósfera: la de una ejecución magistral.

Y este asombroso Gimeno acabó después, ojalá que para siempre, con el espacio afrancesado que suele dulcificar la Sinfonía en Re de César Franck, inmejorable regalo al gran compositor belga en el segundo centenario de su nacimiento. Esta pieza es alemana, como fue su formación, y no solo contiene cantos bellísimos sino también asperezas, exclamaciones fortísimo, materiales duros que no metaforizan la fuerza sino que la hacen explícita en testimonio de un sinfonismo poderoso y áspero que también habla de la vida y sus acritudes en testimonio del ideal lejano, que en el caso de Franck tiene mucho que ver con su acendrada fe religiosa. Pasaron muchos años desde mi anterior audición de esta obra monumental e intimista. Y doy fe de que con Gimeno en el podio parece otra, aún más atormentada, más moderna.

Comenzó el programa con la breve pieza Súbito con forza, de la compositora surcoreana Unsuk Chin. Un ingenioso homenaje a Beethoven en idioma de vanguardia, quizás concebido en demostración de que el verbo del genio admite todos los lenguajes, incluidos los más contemporáneos. Cuando las citas no son explícitas en la pieza nueva, lo son los ritmos, los contrastes dinámicos y las invocaciones.

Otra versión impecable, con lenguaje de plena actualidad. Todo fluye y se trasforma en el camino de las artes, pero lo que es eterno permanece en el depósito de las verdades fundamentales.

Finalmente, ¿qué decir de la Filarmónica de Luxemburgo? Es perfecta, disciplinada, con solistas de muy alto standing y un sentido de la unidad intachable. Destaca la calidad de sus 60 arcos, la belleza de las maderas, la sonoridad de sus metales, la contundencia d sus percusiones. Pero lo más grande de una orquesta de esta categoría es la lealtad a las versiones nada convencionales del director, aplaudido por todos los instrumentistas al final del concierto.

Compartir el artículo

stats