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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Amalgama

El enfriamiento

El enfriamiento LP / DLP

En la página www.solargeoeng.org se ha publicado una Carta Abierta de casi setenta científicos de veinte países y de diversos ámbitos disciplinares, donde dicen: «Pedimos una acción política inmediata por parte de los gobiernos, las Naciones Unidas y otros actores para evitar la normalización de la geoingeniería solar como opción de política climática. Los gobiernos y las Naciones Unidas deben ejercer un control político efectivo y restringir el desarrollo de las tecnologías de geoingeniería solar a escala planetaria. En concreto, pedimos un Acuerdo Internacional de No Uso de la Geoingeniería Solar».

La geoingeniería solar engloba un conjunto de tecnologías, hipotéticas, que pretenden reducir la luz solar que llega a la Tierra. El panel de científicos advierte entre sus preocupaciones fundamentales: «los riesgos de la geoingeniería solar no se conocen bien y nunca podrán conocerse del todo. Los impactos variarán en función de las regiones, y existen incertidumbres sobre los efectos en los patrones climáticos, la agricultura y el suministro de necesidades básicas de alimentos y agua». Entre otras peticiones de orden jurídico, solicitan: «El compromiso de no conceder derechos de patentes para tecnologías de geoingeniería solar, incluyendo tecnologías de apoyo como el reequipamiento de aviones para la inyección de aerosoles». No pretenden, dicen, prohibir la investigación atmosférica o climática como tal para poner limitaciones a la libertad académica, sino solo poner límite al uso de las geoingenierías para evitar el riesgo planetario.

Ejemplo de los planes previstos para el uso de geoingeniería: Modificación de la Radiación Solar, que consiste en inyectar miles de millones de partículas de azufre en la atmósfera media, reflectantes, para evitar que una parte de los rayos del Sol llegue a la superficie y se consiga enfriar el planeta, basándose en efectos ya estudiados como la explosión del volcán filipino Pinatubo, en 1991, cuya emisión de polvo a la atmósfera provocó una reducción de la temperatura planetaria durante un año. Una de las probabilidades previstas es la interrupción de las lluvias monzónicas en Asia y África, lo que podría provocar inesperadas hambrunas en amplias zonas del planeta. El IPCC, Panel Intergubernamental para el Cambio Climático, que gestiona mundialmente las políticas contra el calentamiento, dice que «la inyección de sulfato estratosférico debilita los monzones de verano africanos y asiáticos y provoca la sequía en la Amazonía», ocurriendo lo contrario en otras zonas africanas, que resultarían beneficiadas. La peligrosidad más señalada, no obstante, es la de que, si por cualquier motivo, una vez iniciada la sulfatación atmosférica, se deja de inyectar el sulfato estratosférico, puede darse el efecto terrorífico de que las temperaturas se incrementaran rápidamente con mucho mayor daño que en la actualidad. Otras tecnologías consideran esparcir partículas de sal oceánica en las nubes marinas, o blanquear el color de techos y carreteras de todo el planeta, y modificar genéticamente el color de las hojas de los cultivos, para aclararlo y que no atraiga tanto el calor de la luz solar.

La tecnología no es ciencia. La tecnología es el uso del raciocino, el cálculo y el conocimiento de los materiales y las magnitudes físicas, a fin de influir en la modificación de estados de la materia a beneficio del humano. La ciencia es otra cosa. Un ejemplo: con ciencia se generaría algo parecido al ADN, o se comprendería su origen, pero con tecnología, utilizando las herramientas de la razón, que son dadas y naturales, lo que se hace es modificar lo dado, por ejemplo, modificar el ADN y jugar con él. La ampulosidad con la que se habla de «evidencia científica» cada vez que los legos ven algo que les parece extraordinario por ser un logro tecnológico, es propia de ignaros como los ministros de sanidad, que hablan campanudos de «evidencia científica» porque queda bien en su discurso político. Es así que, en los años setenta del pasado siglo, se preveía «enfriamiento global», en lugar de «calentamiento global», pues así de versátiles son las previsiones de la «evidencia científica», la misma que tenían los tribunales de la Santa Inquisición cuando fastidiaron a Galileo Galilei o a Miguel Servet. Ahora tenemos a los ministros de sanidad y toda la tropa política sustituyendo a la Santa Inquisición con la nueva creencia en la «evidencia científica».

Como símbolo del calentamiento global político tenemos a una Greta Thunberg, con aspecto de la niña de la curva, que se dedica a amedrentar a los que no comulgan del todo con ese calentamiento global político. Pasemos del análisis de los enormes y graves problemas ecológicos que empiezan a producirse con la generación de vehículos eléctricos para todo el planeta, del enorme e incontestable destrozo que se hace con tanta pila de litio, por no hablar del resto de los componentes de metales raros, plásticos y aluminios que se utilizan sin tino, provocando desastres sociales en las comunidades que tienen que soportar la explotación de esos productos, por no hablar de los utilizados en las huertas solares o los campos eólicos, todos contaminadores y ultracontaminadores, excepto para el CO2, el único mal señalado por la niña de la curva, Greta, la líder simbólica que impone el decálogo político, incluido su horror hacia el que ose pedir discusiones abiertas entre ingenieros que contrasten sus respectivas tesis, pues hay que creer en la ciencia, y la ciencia es su ciencia oficial, con sello ministerial y todo. Un oxímoron. Como dicen los usuarios de las vacunas: «creo en la ciencia», y ni siquiera se las han explicado, excepto en Cuatro o Tele5, excepto Risto Mejide o Belén Esteban, pertenecientes al club del pinchazo, ¡Ah! Y Carolina Darias, exponente máximo de la «evidencia científica».

Lo cierto es que con lo del calentamiento global y los remedios propuestos, estamos llegando al momento peligroso, casi suicida, de la nueva geoingeniería solar, que nos terminará por oscurecer el cielo, y convertir en realidad el mito apocalíptico, eso sí, con «evidencia científica» al canto.

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