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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Turista accidental en Roma

El hecho de no ser capaz de hablar de nada sin hablar de todo no le impidió a Chesterton una interesante visión de la historia profunda de la Ciudad Eterna

Turista accidental en Roma

G. K. Chesterton, además de una magnífico y lúcido charlatán, fue un agudo observador capaz de obsesionarse con las más felices contradicciones. Una buena muestra de ello es cuando cuenta en Autobiografía la hilarante secuencia que se produce al invitar a tomar al té a Henry James y, en medio del ceremonial, irrumpen su amigo Hilaire Belloc y un conocido suyo del Ministerio de Exteriores, recién llegados de un viaje accidentado por Francia, desaliñados y hambrientos, ante la perplejidad y la corrección de un puritano refinado de Boston que había decidido refugiarse en el viejo continente para huir de la vulgaridad americana. Cuenta entonces cómo al otro lado de la mesa, estaba Europa representada por aquella cosa vetusta, los herederos de un soldado francés y de un terrateniente inglés, andrajosos, sin afeitar, pidiendo cerveza a gritos, seguros de sí mismos, ignorando la diferencia entre pobreza y riqueza. La distancia que los separaba de James era mayor que el Atlántico. Chesterton jamás dejó de insistir en aquella anécdota que revelaba la discordancia entre dos mundos.

Las contradicciones, aunque en otro sentido, también abundan en La resurrección de Roma, que ve de nuevo la luz gracias a Ediciones More, un libro algo olvidado y que el propio autor no tuvo inconveniente en subestimar por la dificultad que entraña tratar de resumir un lugar tan eterno como inabarcable, en uno de sus ejercicios más brillantes de impotencia. Él fue el primero en reconocer que incluso le falló el gran poder del lenguaje al describir la Ciudad Eterna. Releyendo no estoy tan seguro de ello, en cualquier caso no le impidió alumbrar una interesante y entretenida visión romana. Podría haberlo hecho simplemente mirando por la ventana de la habitación de su hotel —se hospedaba en el Hassler en lo alto de la Plaza de España, con una de las mejores vistas—, su problema sin embargo fue querer escribir de todo, y Roma proporciona un material exhaustivo. Es demasiado pequeña para su grandeza y demasiado grande para su pequeñez. Aunque, como dijo Carlo Levi, la gloria de la Antigüedad no tiene nada que ver con la retórica de la magnitud o del Imperio: es una gloria casi física, similar a la de la fuerza muscular, de la salud y de la longevidad.

Chesterton viajó a Roma en 1929, poco después de los Pactos de Letrán por los que la Santa Sede regresaba a Estado soberano e independiente. Además del encuentro con Pío XI mantuvo una charla con Mussolini en la que, en vez de hacer las preguntas que haría cualquier periodista, se deja entrevistar en francés por el Duce, más que ávido de curiosidad empeñado en que nadie se decidiese a indagar en sus cosas. La conversación derivó a asuntos que el propio Chesterton jamás hubiera pensado que podrían interesarle a un líder fascista. Por ejemplo, la discusión sobre el devocionario anglicano. El caso es que, una vez concluida la reunión, se fue dándole vueltas a algo que parecía un enigma. «Me disgustaba la idea de haber hablado tanto en lugar de escuchar a una persona más interesante, pero no me podía quitar de la cabeza que posiblemente la persona interesante había intentado que yo hablara extensamente de la política de mi país para no hablar él de su política» (pág. 221). Lo mejor vendría después con la postrera reflexión. Chesterton es consciente, así lo escribe, de que no es capaz de hablar de nada sin hablar de todo, un riesgo que asume porque es un método que defiende. Admite que si alguien le preguntara sobre algo, como el estado del Vaticano o el gobierno fascista, tendría que pensar en ello, no simplemente limitarse a contemplarlo. Como él mismo recalca no hay forma de pensar en ciertas cosas si no es en relación con el mundo en el que están, o contra el que están.

El escritor británico, que se presenta como un mal viajero y un peor turista, acierta a explicar el pasado clásico como nadie

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El vaticanismo y el fascismo son, evidentemente, dos cuestiones universales como el paso del tiempo y la historia se han encargado de demostrar, no el producto de una observación local de un viajero sobrepasado de acontecimientos en Roma.

Quizás por ese motivo, el autor de este libro se entiende mejor con el pasado, que interioriza en su pensamiento, que con el presente. En las cuestiones que tienen que ver con la arqueología, el arte o las batallas doctrinales; el Renacimiento y el Barroco, la pugna entre Roma y Bizancio, las águilas romanas, y desde un sentido más profundo y espiritual todo lo que implica el genius loci.

Como en El hombre eterno, en el que los pastores de la escena de la natividad representan al campesino romano con una piedad pastoral y rural hacia el propio lugar; los dioses del campo y la arboleda, las encrucijadas y los límites que plantea la historia, los lares y penates del hogar y las imágenes de los propios antepasados. No hace falta evocar al piadoso Eneas, de Bernini, tal como se encuentra en la Villa Borghese, para resumir la visión de Chesterton del núcleo de la religiosidad romana: Eneas es la encarnación de la piedad hacia Dios, padre y país, mientras sostiene al anciano Anquises sobre sus anchos hombros, agarrando los lares y penates de Troya, con su hijo Ascanio en los pies de la escultura.

Esa es la Roma en la que mejor profundiza el hombre que, presentándose a sí mismo como un mal viajero y un peor turista, acierta a explicar el pasado clásico como nadie; que entiende que el alma de un paisaje es una historia y el alma de una historia una persona. El mismo que, sincerándose en una carta con un amigo, escribió: “Creo que los biógrafos o bibliógrafos del futuro, si encuentran algún rastro de mí, dirán algo como esto: ‘Chesterton, Gilbert Keith. A partir de los fragmentos dejados por este escritor ahora olvidado, es difícil comprender la causa incluso de la publicidad que obtuvo en su época; sin embargo, hay razones para creer que no carecía de ciertos dones mentales fugitivos”. Y que en su autobiografía resumió con indisimulado humor de la siguiente manera: “Aparte de la vanidad o la modestia fingida, mi verdadero juicio sobre mi propio trabajo es que he echado a perder una serie de buenas ideas de mi época”. No lo creo, sea lo que fuere leer a Chesterton en ningún momento es perder el tiempo.

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