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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Teatro

El Teatro Guiniguada estrena la obra 'Un perro llamado Baudelaire'

El artista canario José Carlos Campos estrena el año con esta pieza basada en 'Las flores del mal'

Un perro llamado Baudelaire (1) Marcos Cabrera

«Tú contienes en tu mirada el ocaso y la aurora», lee José Carlos Campos a las orillas del río Sena. Lleva seis meses actuando en el cabaret Crazy Horse de París cuando entre sus manos cae Las flores del mal, del poeta Charles Baudelaire. Entonces, surge la idea. El diálogo entre las antítesis atraviesa el cuerpo de la obra de teatro Un perro llamado Baudelaire, mañana, viernes 4 de febrero a las 20.00 horas, en el Teatro Guiniguada a 12 euros, con un ladrido que interpela al público, preguntándole, ¿quién serías tú para condenarme?  

«Este montaje va a calmar a los perturbados y va a perturbar a los calmados», sentencia el director y actor canario al otro lado del teléfono. Este perro es un ser demoníaco nacido entre las páginas que en 1857 nombraron a Baudelaire como el poeta maldito. Plantea la eterna dicotomía entre placer y moral, rebelión u obediencia, sed de bien o maldad. Ahora, encarnado en este monólogo por Campos, se desnuda ante la audiencia y vertebra en el diálogo los versos del libro cumbre de Baudelaire, fragmentos del Spleen de París y las palabras publicadas post mortem. El discurso gira en torno a proyecciones, video mapping y otras expresiones de videoarte que pretenden aturdir visualmente al individuo que se interpela en frente del drama. 

El contexto histórico de la obra gala data del siglo XIX. En aquella época, la sociedad experimentaba convulsa las transformaciones del sistema que abogaban por la revolución industrial y conllevaba un cambio de paradigma en el pensamiento humano. La producción mecánica se imponía, entonces, ¿dónde quedaba la sensibilidad? Aquellas estrofas escritas por Baudelaire son el alimento de las declamaciones del perro, «ser demoníaco y deshumanizado», que desde un purgatorio onírico es juzgado por los presentes, testigos de este juicio final.

El protagonista leyó al escritor francés en la adolescencia cuando un profesor le recomendó su lectura. De aquel primer recuerdo y de su relectura extrae que «Baudelaire habla de pasiones humanas, dadas por los cambios sociales tan potentes, como los que están sucediendo en la actualidad, lo cual le convierte en un clásico, ya que lo transmitido podría suceder en cualquier lugar y tiempo». 

Las tablas son el mausoleo del artista, en ellas se entremezcla el pesimismo de una existencia vacía y la esperanza renovada que dan las vivencias. «Aquí no se hacen juicios de valores, lo que sí se hace es invitar al espectador a reflexionar sobre el placer del propio arte, la figura del artista, sobre el vicio, la moralidad, la virtud pública y el privado», comenta José Carlos Campos. Desde un primer momento, la ruptura de la cuarta pared era clave en el guion para que se abriera el cauce expresivo a los dos lados del foso.     

Domesticar al público

En otro texto, un perro retira, temeroso, su hocico de un frasco de perfume. Ladra, y su dueño lo observa con desdén puesto que ha renunciado a un bien preciado sabiendo que el animal prefiere los excrementos que se encuentra por la calle, «te pareces al público», dice este fragmento de Pequeños poemas en prosa de Charles Baudelaire. Sin embargo, a este mismo can lo ha domesticado Campos a lo largo de los años, perfeccionándolo: «El perro no deja de tener todos los elementos que he ido forjando a lo largo de mi trayectoria, por ejemplo, el cabaret siempre lo he utilizado más allá de un elemento estético o de divertimento, sino como crítica social, y aquí el perro combina lo performático con ese punto sensual». La diversidad de los registros dados en la pieza requiere de la flexibilidad física del intérprete para transitar con soltura desde los números musicales a los más experimentales, todo ello con la concentración de la puesta en escena.   

Campos comenta la necesidad de que una obra tan singular sea representada en el circuito teatral, «el público en Canarias se queja de la falta de un lenguaje moderno y actual», subraya. Así que, esto no es teatro comercial, y solo espera a que el riesgo se respire en la sala, tal y como él lo siente. «Me gustaría invitar al público a abrir la mente con este teatro de carácter disruptivo y provocador», afirma. 

El sello del director canario está patente en lo multidisciplinar, lo sorpresivo y subversivo de su propuesta artística que es el resultado de una trayectoria que juega con los elementos vistos antes y nunca irrepetibles de sus últimos espectáculos, como El último habitante del planeta, Paco España y Gara y Jonay, la catarsis electrónica, entre otros. 

Una labor didáctica

Esta vez, Campos se ha rodeado de un equipo simpar que lo ha ayudado a redondear la configuración de esta obra. Cuenta con la música original de la especialista Belén Lajalada, quien ha electrocutado melodías sacras y barrocas para la ocasión; además de las firmas del cuatro veces ganador de los Premios Max Juanjo Llorens en diseño de iluminación; en sonido Ramón Tubío: la escenografía a cargo de Manuel Artiles y el vestuario en los hilos de Esteban Cedrés y Santi Carballo. Los dos últimos le dijeron que estaba loco cuando les propuso la confección del collar que porta durante la función, «es un elemento simbólico de seis kilos, aporta riesgo», describe, «y la túnica que visto, la cual me la tacharon de imposiblepesa unos veinte kilos». El peso real recuerda a unas cadenas invisibles, como las que arrastraba Segismundo encerrado por el cruel mundo, como este perro que se intenta liberar de la doctrina que reina en la tierra.  

El director adelanta que espera cerrar fechas en espacios multidisciplinares y museos pronto y, tal vez, dar el salto a los escenarios de la península, después de haber estrenado en el Teatro Pérez Galdós. La obra también posee una voluntad educativa, razón por la que se interpretará para los adolescentes de los cursos de bachillerato en los centros educativos de las Islas. El paseo del perro continúa allá donde le silben. 

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