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La Provincia - Diario de Las Palmas

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El regreso de Tears for Fears

El recompuesto tándem de Roland Orzabal y Curt Smith rescata y pone al día, 18 años después, su sonido pop con bagaje electrónico

Tears for Fears: Curt Smith (izquierda) y Roland Orzabal. | FRANCK OCKENFELS

Hay una idea del pop de los años 80 que sigue representando un lugar al que volver una y otra vez, como nos recuerda un abanico de artistas que le rinden honores y que va desde Dua Lipa hasta The Weeknd. Este último sampleó a Tears for Fears, como también Kanye West, mientras que figuras como Lorde, Miley Cyrus y Drake han lanzado variopintos mensajes de simpatía hacia este dúo que, en su etapa dorada, se anotó estridentes logros populares a golpe del estribillo sordo de Shout, el pop sintetizado y envolvente de Everybody wants to rule the world y el himno meta-beatle Sowing the seeds of love.

La entente entre Roland Orzabal y Curt Smith resurge ahora, tras largos silencios y desencuentros, con The tipping point, su primer disco en 18 años. Elaboración con escenas de conflicto, cuando Smith abandonó a medio camino y Orzabal logró tenerle de vuelta. Ese punto de inflexión al que alude desliza un significado autobiográfico, derivado de la muerte, en 2017, de la pareja de Orzabal, Caroline Johnston, y de la crisis de salud, con episodios de alcoholismo, que él padeció a continuación. La amistad o, en sus palabras, «hermandad», parece reforzada después de que Orzabal, en su momento más crítico, llamó a Smith para regalarle sus guitarras y su ropa si es que no salía de esa.

The tipping point no ofrece un retrato del dúo como entidad compositiva (nunca lo fue: el mayor peso siempre recayó en Orzabal, y así sigue siendo), pero sí que transmite fluidez y confianza en torno a un repertorio que combina sonidos identificables a su marca clásica con otra clase de pulsiones compatibles y de signo adulto. Sorprende ese inicio con No small thing, una pieza de vibración confesional, azuzado por las guitarras acústicas, con alusiones a la «salida del infierno» y un crescendo que se va oscureciendo a juego con las convulsiones globales que ilustran el vídeo (acaso premonitorias de estos oscuros días de febrero). En el otro extremo, cerrando el disco, otro desvío del canon: Stay, también con tacto orgánico y bañada en un polvo de estrellas que haría feliz a Paddy McAloon (Prefab Sprout).

Pureza y madurez

Entre ambas piezas, Tears for Fears centra el juego desplegando un equilibrio de pureza y madurez, buscando en sus raíces, apartándose del empeño beatle que lo acompañó durante un tiempo y dejando un rastro de notables ideas melódicas. El dúo lo logra acudiendo a una dinámica tan elegante como en el tema titular, puntal del trabajo; practicando el baladismo vaporoso en Rivers of mercy o esbozando una electrónica más robusta y nerviosa, con resonancias del viejo synth-pop, en My demons y End of night. Con todo eso, The tipping point ofrece una recompensa, acaso inesperada, a quien se haya podido acercar a Tears for Fears por la exclusiva vía de la nostalgia y el revival.

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