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Roberto Toledo Palliser: El amor y la palabra

El camino de análisis, de introspección de afirmaciones y rechazos en su poesía ha dado como fruto ‘Fulgor sin lastre’

El poeta Roberto Toledo Palliser.

Han pasado 30 años desde la publicación del primer libro de Roberto Toledo Palliser, Noctilunia, en los que el poeta no ha dejado de escribir, de reflexionar sobre su acontecer, así como de revisar ese primer libro que, en cierta manera, marco un camino a seguir.

Un camino de análisis, de introspección de afirmaciones y rechazos que han dado como fruto Fulgor sin lastre, un libro editado por Ediciones Mercurio. Y es que el poeta ha sabido ir despojándose de esos lastres, de esos «yo» que, a veces se mostraban hostiles, y de los que ha ido liberándose o enriqueciéndolos, transmutándolos en sustancia poética.

Podría decirse que el poema introductorio del libro es una auténtica poética, pues no otra cosa parece afirmaciones como: "en cada recreación me desdibujas, y cada definición es otra cosa". Poema en el que hay un tú alter ego del autor, al que se dirige para confirmarse en una búsqueda que lo defina y lo confirme en la existencia. Ya, en la primera de las cinco partes de las que consta este libro, De este hondo designio, aparecen los temas centrales que van a constituir el eje sobre los que gira Fulgor sin lastre: el amor, la naturaleza, la elocuencia del silencio y la búsqueda y el hallazgo de la palabra.

Y la naturaleza, tan unida al sentimiento amoroso, es una naturaleza insular. Nos lo deja claro desde el primer poema, y se va reforzando a medida que avanzamos en su lectura. Así, en el poema VI dice: «Es verdad que somos islas//A veces la mar nos canta en cercanía, /olvidamos los signos de la guerra y sus palabras/ nacemos archipiélago, esa diferencia que nos une».

La mar nos canta en cercanía, un verso que nos acerca- o al menos a mí me acercó- al poeta Pedro García Cabrera y, más concretamente al primer poema de su libro Líquenes, en el que escribió: «Al mar, en su lejanía/ lo ha vacunado una vela». Cercanía y lejanía de los dos poetas que surge por el descubrimiento y la reivindicación de la propia insularidad.

Insularidad y amor recorren toda esta primera parte, cuyo último poema que es el único que lleva título: Confesión, el poeta se reafirma en la búsqueda de la palabra, no solo como forma de expresar su visión del mundo, sino también como revelación y redención a través de ella.

«Así empecé a jugar con las palabras», dice el poeta y más adelante: «desde entonces ando con el alma enredada en cada verbo/ hasta que pueda nombrarlo todo y acunar en mis labios su silencio. Como vemos todo un deseo de trascendencia que va a impregnar cada una de las partes de este libro».

Resurrección de la mirada, se inicia con un poema en prosa que es una reflexión serena, incluso con unos toques de ironía, sobre la muerte. «Uno nunca sabe cuando, la muy taimada, nos roba los pájaros de un vuelo», concluye.

Más que de la mirada los poemas que le siguen son una resurrección de la memoria y con ella la de seres queridos, a través de los objetos y espacios que ocuparon como Esta silla...que permanece intacta de tu cuerpo, en un poema dedicado a su padre, o a través de definiciones que son todo un homenaje, como la de su madre en la que dice: «Definición de Ángela,/ una mujer pequeña a la que nunca le quedó grande la vida, corto pero intenso testimonio de amor».

Toda esta parte podría considerarse como una gran elegía por medio de la cual el poeta no sólo testimonia sus querencias, sino que, a base de traerlos al presente, se va liberando no de sus recuerdos sino del lastre que esos recuerdos podrían aparejarle. Necesario trabajo de la memoria y la palabra para poder absolver, como dice Roberto, a todos mis espectros.

Al amor como celebración de la ida, o viceversa, nos convoca el poeta en su Ritual de celebraciones, donde la naturaleza y el cuerpo aparecen reivindicados en poemas como el que empieza diciendo: «Si pones tu oído al alba de mi frente / y reconoces las nubes que nunca fueron dichas».

Nubes que nos remiten a las de Cernuda de Un río, un amor, o de Los placeres prohibidos, como muchos de los poemas que se incluyen en este parte y que recuerdan al poeta sevillano en la visión panteísta, que refuerza y complementa el amor y el deseo. De ahí que no nos extrañe que uno de los poemas de esta parte se inicie con unos versos de Luis Cernuda, perteneciente, precisamente al libro Los placeres prohibidos: Porque el deseo es una pregunta/ cuya respuesta nadie sabe.

Roberto Toledo Palliser nos va confirmando una madurez, no solo personal sino del lenguaje, con el que reafirma el propio cuerpo, el sentimiento amoroso ligado íntimamente al deseo, algo que ya apuntaba en su libro Noctilunia, pero que aquí se refuerza, dándole una vuelta que, en realidad es un vuelo circular en el que vuelve a reencontrarse. El último poema de esta parte, que, como en el caso de la primera, es el único que tiene título, precisamente Ritual de celebraciones, es un poema dividido en tres fragmentos, o poemas, que se complementan. De hecho, uno de ellos está constituido por un solo verso, como si el poeta necesitase un momento de respiro para continuar en su celebración de la palabra: «Enciendo un cigarro, a ratos duele hilvanar palabra a los versos».

Termina esta parte con un poema que es un caligrama y representa una escalera que se refleja a sí misma, en ese continuo subir y bajar de la existencia; donde el poeta toma conciencia de su materialidad y, por lo tanto, de su finitud. De ahí que tiempo y memoria se reúnan para celebrar y vivir plenamente un hecho inseguro pero apasionante: el hecho de estar vivo. «Aceptar la imagen a pesar de máscaras y espejos / para estremecer el alma en el temblor de otros labios. / No es seguro, te digo, es estar vivo».

A partir de En otro canto, los poemas se van haciendo más cortos, como si el poeta necesitara condensar en pocas palabras toda la intensidad de su experiencia vital y su afirmación en la vida: «una pasión abierta que celebra el agua en otro canto».

En esta y en Nueve motivos para el alba, con que se cierra el libro, la palabra de Roberto se mueve entre el poema corto, el aforismo y el haiku, solo que, a diferencia del poema japonés, aquí el yo permanece, convertido, a veces en un «nosotros», como sucede en: «Este silencio/ que a veces nos hermana/ fulgor sin lastre».

Verso final que vuelve al título del libro, que ya había aparecido en el hermoso poema IX de la primera parte, donde la definición del amor se hace contundente en los tres primeros y tres últimos versos anafóricos que constituyen el principio y el fin de una intensa definición reivindicativa del amor, del cuerpo y del deseo: «Todo amor como la vida es sortilegio y canto. / Todo amor como un cristal es pronunciar la lluvia. / Todo amor como un latido es de un fulgor sin lastre». Es como si cerrara un círculo, más bien esfera, cuyo eje es el sentimiento amoroso, y cuyo movimiento de rotación y traslación sea el impulso de la palabra y de los silencios.

El libro se cierra con un poema en prosa; coda final que resume toda la andadura vital y poética, hasta ahora, de su autor, con sus claroscuros, sus ascensiones y sus caídas; su realidad a la que convierte en verbo salvador. Porque como dice el propio Roberto de esa realidad vivida: «De ahí surgen estos versos, lo demás es silencio». Un silencio que esperamos siga llenando de palabras en sucesivas y esperanzadoras entregas poéticas.

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