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Arte

La brujería de Antonio Padrón

La historiadora Diandra Alonso desentraña los elementos mágicos de sus cuadros | La obra representa las costumbres del interior de la Isla, indica César Ubierna, exdirector de la Casa-Museo Antonio Padrón

‘Mujer infecunda III’ (1966), cuadro de Antonio Padrón, donde están el gallo negro, la muñeca vudú y una mujer echando millo en el vientre. LP / DLP

Con Antonio Padrón una vuelve al interior de la Isla, donde la magia abundaba ante la necesidad de una población cuya creencia era el cimiento para enfrentar los embates de la vida. Los elementos simbólicos son estudiados por Diandra Alonso en un artículo publicado en ‘Anuario de Estudios Atlánticos’.

Una curandera deja caer granos de millo sobre el vientre de una mujer que ha acudido en busca de auxilio. Sus entrañas, incapaces de traer un bebé con el que honrar a la familia, requieren de la magia para obrar el milagro. Se tiende sobre la mesa, en presencia del gallo negro que presagia desaliento y de una muñeca de vudú, a la espera. Los elementos mágicos están ocultos en el cuadro Mujer infecunda del pintor Antonio Padrón y abundan en la imaginería del autor que retrató el interior de la isla a la que observaba y examinaba desde que naciera en 1920 hasta su temprana muerte a los 48 años. Allí, aislado, la brujería acudía a salvar vidas y aplicar remedios en los habitantes que confiaban. 

La tesis de la historiadora Diandra Alonso Herrera ahonda en la personalidad del galdense lejos del misticismo que rodea a los personajes artísticos y que va desentrañando poco a poco las razones e inquietudes que impulsaron su paleta, como refleja el artículo La brujería en el arte a través de la visión mágica de Antonio Padrón, publicado en el último Anuario de Estudios Atlánticos junto a su tutora Ángeles Alemán. "Mis raíces son cubanas", explica la doctoranda, "así que me llamó la atención cómo Padrón plasmaba la conexión que hay entre el mundo americano y el africano, y la trasladaba a esa visión mágica de las Islas porque, tanto la santería, la brujería como los rituales en torno a ellas fueron trasladados desde estos continentes al Archipiélago debido a la migración". Aquellas costumbres en el origen generaron en el Archipiélago una cultura mestiza después del intercambio cultural producido a raíz de la conquista castellana.

El cuadro 'Echadora de cartas' (1962), de Antonio Padrón.

El cuadro 'Echadora de cartas' (1962), de Antonio Padrón. LP / DLP

Brujería en el interior de Gran Canaria

El joven artista, después de perder a sus progenitores a los diez años, vivió con su tía Dolores Rodríguez, quien gozaba de una buena posición económica. Ello sirvió para que estudiara más adelante en la capital madrileña dentro de la Escuela Central de Bellas Artes de San Fernando, pero decidió volver e instalarse en la finca de su familia donde, como adelanta César Ubierna, exdirector de la Casa-Museo Antonio Padrón, observaba por las mañanas para pintar por la tarde: "Padrón es el cosmos espiritual del campo canario, a través de la tierra, de esas personas y costumbres, fue un artista que, como pocos, plasmó su medio etnográfico y geográfico".

A lo largo de la década de los 60, Padrón realizó alrededor de 13 piezas reseñadas por Diandra Alonso, como la Echadora de cartas, las tres partes de Mujer infecunda o Santiguadora, un estudio sobre estas creencias que espantaban la mala fortuna. «Padrón registra una etapa de la historia, como Picasso con el horror de la guerra, impregnada de emoción, ya que estaba muy arraigado en el mundo rural», describe la investigadora. «En Canarias, las curanderas -relacionada con los sortilegios y las pócimas, a diferencia de las santiguadoras que solo utilizaban el rezado- tenía relación con la adivinación, y hubo un gran auge en esos momentos por las creencias y costumbres de la población, que preferían estos remedios aun habiendo medicina moderna». 

Además, el aislamiento del interior de la Isla propiciaba la necesidad de sobrevivir, fuera cual fuese el precio, por lo que el auxilio de estas mujeres hechiceras se alejaba de la connotación negativa dada a la brujería per se. Así, el gallo transita entre el azul, el blanco o el negro como signo de tristeza, esperanza o infortunio mientras que la lectura de cartas entrevé el futuro según los palos de la baraja española echados, dados los conocimiento de la santiguadora, describe la especialista en el artículo. Eso sí, Ubierna destaca la ausencia de los ritos de sangre en los marcos: "La mujer es una metáfora de la tierra como sostén creador y a la diosa madre como signo de fertilidad en la magia blanca que refleja en su obra, alejada de los sacrificios de animales o el vudú que se relacionaba con hacer el mal", indica.

El cuadro 'Santiguadora' (1963), de Antonio Padrón.

El cuadro 'Santiguadora' (1963), de Antonio Padrón. LP / DLP

Futuro y reflexión sobre Padrón

Es curioso que, a pesar del avance científico, sigan existiendo la creencia en lo intangible. Así lo recuerda Ubierna que, oriundo de Agaete, iba de pequeño a Felipita, la santiguadora, a que le quitara el mal a su hermana por orden de su madre. "Antonio Padrón mostraba interés por ese mundo mágico que se encontraba en el terreno natural donde vivía y se desenvolvía, más allá de la cultura urbana, por lo que esas historias son consideradas de gente inculta, pero tenían que sobrevivir de alguna manera y, como hemos visto en otras exposiciones dedicadas a las santiguadoras, la gente decía que, por lo menos, no hacía daño a nadie".

Diandra Alonso continuará su estudio rastreando la relevancia de Padrón durante la década que pasó en Madrid a falta de los boletines de la Escuela de San Fernando que dejaron de publicarse en aquella época a causa del período de posguerra. Continúa su último curso de doctorado fascinada por la sencillez de un hombre que falleció antes de enfrentarse a una etapa madura y subraya que, "los investigadores hemos de divulgar su figura para que sea visto y entendido por el público en el intento de que sea conocido a nivel nacional e internacional". Una tarea de la que el exdirector de la institución insular fue gran impulsor, pues Padrón, al volver a su casa y estrechar vínculos con su maestro Felo Monzón y otros artistas del momento, "profundiza en su mundo interior y produce una obra tan distinta a la plástica del siglo XX que nadie imagina que hubiera podido pasar".

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