Suscríbete

La Provincia - Diario de Las Palmas

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Mangas cortas

Hay autores del género que cultivan el relato corto sin renunciar a la potencia visual

El manga suele relacionarse con largas narrativas que desarrollan pequeñas anécdotas a lo largo de decenas de páginas, en aquello que los americanos, más acostumbrados al impacto visual directo, llamaron «narrativa descomprimida». Y, a la vista de lo que suelen durar las series de manga más famosas, es fácil asimilar el cómic japonés con un tipo de historia que se lee durante miles de páginas.

Sin embargo, es uno más de los muchos prejuicios erróneos que se tienen hacia el manga habitualmente, y no deja de ser una paradoja que se le achaquen además los mismos males que el cómic ha arrastrado durante décadas: infantilismo, arte de segunda categoría, etc.

Es evidente que el manga más conocido, el que está teniendo un éxito arrollador aupándose a las primeras posiciones de libros más vendidos en España, es el que está dirigido a un público infantil y juvenil desde una concepción más comercial que aprovecha la serialización como enganche, pero exactamente igual que los éxitos de la literatura y del cine se basan en ese sector de público y exprimiendo la misma teoría.

Asimismo, si evitamos la generalización, no es difícil descubrir maestros de la distancia corta en el manga japonés, autores que cultivan el relato corto sin renunciar las características formales propias de un lenguaje que se nutre de la vistosidad gráfica y la potencia visual de las tradiciones del arte japonés.

Y tenemos precisamente estos días dos ejemplos tan buenos como alejados en fondo y forma, demostración clara de la ecléctica riqueza del cómic japonés. El primero, Las caprichosas maldiciones de Sôichi (ecc ediciones, traducción de Olinda Cordukes), que recopila en un grueso volumen todas las historias cortas de este personaje creadas por Junji Ito, reconocido maestro del cómic terror por obras como Tomie que en este caso juega en el delicado filo entre un humor negrísimo y el terror más expresivo con los relatos de un extraño niño de apariencia mortecina, siempre con clavos en la boca a modo de dentadura perversa, que dedicará sus habilidades sobrenaturales a hacerle la vida imposible a sus familiares, compañeros y profesores.

Como en la recordada Uzumaki, las historias de Soichi irán hundiéndose en espirales de insana locura que transformarán un relato de terrores cotidianos en una auténtica feria de monstruos donde el desasosiego es la única constante.

Para el segundo ejemplo, nada mejor que irse a uno de los grandes maestros del manga, Shigeru Mizuki. El creador de obras tan importantes como NonNonBa, Kitaro u Operación Muerte, adapta en Cuentos de un pasado lejano (Satori, traducción de Marc Bernabé) el Konjaku monogatari, una recopilación de cuentos del siglo XII considerada como una de las joyas de la literatura nipona (que se puede encontrar en exquisita edición de la misma editorial).

Mizuki hace gala de su proverbial expresividad y fluidez narrativa para trasladar al lector moderno estas leyendas clásicas desde el cuidadoso respeto a la tradición gráfica, milimétricamente documentada en cada entrega, centrándose en esa esencia de relato que busca la enseñanza a través de la lección aprendida de la inesperada moraleja.

No es difícil encontrar en estas historias del lejano Oriente equivalencias con el espíritu de los cuentos clásicos occidentales, desde las fábulas de Esopo al Conde Lucanor de Don Juan Manuel: más allá de las diferencias en escenarios y tradiciones, las enseñanzas morales se abordan desde la universalidad de principios como el respeto, la honestidad o la humildad, evidentemente desde las consideraciones de una sociedad del siglo XII, pero con interpretaciones que pueden ser perfectamente válidas hoy en día.

Dos obras muy diferentes que coinciden en el increíble potencial y plasticidad del manga, justamente protagonista del cómic actual.

Compartir el artículo

stats