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La Provincia - Diario de Las Palmas

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El relato del horror

El cómic, como imagen, no ha sido ajeno a esa representación del espanto que es capaz de alcanzar el ser humano en la locura de la guerra

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En su ensayo Imágenes pese a todo, Didi-Huberman aborda el difícil y permanente debate de la representación del horror. Esa constante reflexión que se interroga por la verosimilitud de una traslación que pasa en este discurso, necesariamente, por el papel de la memoria en la interpretación de la realidad. Una compleja controversia a la que hay que añadir la diferencia entre testimonio y memoria, entre el relato inmediato de la realidad y la posterior plasmación de un recuerdo que puede quedar desfigurado por los mecanismos de supervivencia de la consciencia ante el trauma, que obliga a recuperar la importancia del relato de la imagen según el pensador francés, por encima de la imposibilidad de representar el espanto que enunciaba Adorno.

El cómic, como imagen, no ha sido ajeno a esa representación del espanto que es capaz de alcanzar el ser humano en la locura de la guerra: en un momento donde los crímenes sin sentido de la batalla se desfiguran, inmersos en una profusión de imágenes que parecen diluir la realidad en un episodio más de la serie de turno de éxito de alguna plataforma, la editorial Reino de Cordelia publica en España un libro sorprendente que aporta no pocos argumentos a este debate. ¡La bestia ha muerto! La guerra mundial de los animales, del ilustrador Edmond-François Calvo (traducción de Asunción García Iglesias) es un atípico relato que muestra en dos volúmenes, publicados en 1944 y 1945, el testimonio de la crueldad y de las atrocidades de la II Guerra Mundial. Pero lejos del relato visual fotográfico que reclamaba Didi-Huberman, Calvo opta por una narración de corte infantil al más puro estilo Disney: los lobos nazis atacan a los desprevenidos conejos franceses mientras los bulldogs británicos y los bisontes americanos intentan ayudar.

A medio camino entre el álbum ilustrado y el cómic, el dibujante despliega su talento gráfico en un relato de apariencia ingenua donde la riqueza cromática de unas prolijas y hermosas ilustraciones de dibujos animados esconden una minuciosa representación de la crueldad. Lo que se nos antojan bondadosas ilustraciones para los niños son estampas inmisericordes del horror: torturas espantosas, cuerpos desmembrados, ejecuciones, niños arrebatados de sus madres y muerte por doquier en un contraste que coge desprevenido al lector. La conexión con Maus es evidente en la elección del simbolismo de los animales antropomorfos, pero la obra de Calvo es un testimonio de la realidad circundante frente el ejercicio de la memoria que realiza Art Spiegelman a través de la figura de su padre, creando un diálogo fascinante en el que sería necesario incluir las tiras de Mickey Mouse que realizara Horst Rosenthal en el campo de concentración de Gurs (inexplicablemente, inéditas todavía en nuestro país). En el fondo, enfrentar el «Yo lo vi» de Goya frente a un recuerdo que permite ir más allá de la literalidad fotográfica para entrar en la eficacia de la ficción que planteaba de Hannah Arendt.

Un álbum de gran formato y a todo color que, con un estilo que recuerda a Walt Disney y a los dibujos animados de Tex Avery, se viene publicando en Francia periódicamente desde la II Guerra Mundial y hasta ahora permanecía inédito en España.

Un álbum de gran formato y a todo color que, con un estilo que recuerda a Walt Disney y a los dibujos animados de Tex Avery, se viene publicando en Francia periódicamente desde la II Guerra Mundial y hasta ahora permanecía inédito en España. ÁLVARO PONS

Pero precisamente el relato visual del espanto tiene en Goya un protagonista fundamental a partir de sus series de “Pinturas negras” y “Los desastres de la guerra”. Testimonios directos de la realidad circundante que los artistas Manuel Gutiérrez y Manuel Romero abordan en Goya. Saturnalia (Cascaborra Ediciones) a través de una sugerente recreación del episodio biográfico del pintor en su retiro de la Quinta del Sordo para crear sus famosas pinturas murales después trasladadas al Museo del Prado. Gutiérrez y Romero exprimen al máximo el lenguaje del cómic para crear una reflexión sobre aquello que lleva a un artista a representar el horror y el espanto, uniendo el trazo de los desastres con el óleo al secco de los murales en unas viñetas que consiguen crear un juego simbólico para representar mucho más que el testimonio: el sentimiento palpable de la vivencia. Pintura y dibujo se unen para crear un diálogo de realidades paralelas que recuperan precisamente el diálogo entre lo vivido y lo recordado, entre sensación y memoria, entre realidad y ficción.

Dos obras extraordinarias que obligan a la reflexión sobre nuestra realidad y nuestra respuesta ante el horror personal.

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