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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Francisco Jarauta Filósofo

«Los periodistas le han quitado suelo a los viejos intelectuales»

Francisco Jarauta en la cafetería del Hotel Parque. La Provincia

Filósofo, comisario de exposiciones, catedrático de la Universidad de Murcia, docente todavía en la Humboldt de Berlín... Francisco Jarauta (Murcia, 1941), incansable.

A sus 81 año, con su mayestática cabeza en efervescencia («en Alemania es de mala educación preguntarle a un profesor cuándo se jubila»), viene de coger un avión de Alicante a Madrid y luego a Las Palmas de Gran Canaria. Viene a dar una conferencia sobre la muerte en la Real Sociedad Económica de Amigos del País, pero hablará de todo y hasta entrada la noche, ya en un restaurante italiano. Seguirá hacia París y Berlín

Malestar de la cultura, malestar consigo mismo, y hasta malestar de la humanidad. ¿Es usted optimista o pesimista? Preocupa mucho el mundo que va a venir.

Esa es una pregunta que le hicieron al amigo George Santayana en sus últimos años, cuando residía en Roma y una joven periodista le dijo: ‘Usted, don Jorge, qué es: ¿pesimista o optimista?’ ‘Pero señorita, ¡qué pregunta! No le podría responder. Diga, y quiero verlo escrito, que don George Santayana es un escéptico apasionado’.

¿Y eso que significa?

Que uno no tiene la escepsis que apareció en toda la tradición romántica y que no creía en el mito de la razón. Nosotros eso lo abandonamos ya hace mucho tiempo, y ahí está el maravilloso libro de Adorno Dialéctica de la Ilustración. Y lo de apasionado es porque todavía estamos en ese deseo último de que la Humanidad llegue a buen puerto. La idea es más kantiana que hegeliana. En cualquier caso, es algo que me perturba tremendamente, es una desazón que se multiplica cada día que pasa.

¿La guerra?

Hoy mismo leía una entrevista donde se decía que si se perdía la guerra de Ucrania, Polonia y los Países Bálticos serían invadidos. Polonia porque está siendo el depósito del arsenal de EEUU y prácticamente es un objetivo militar. Y Rusia puede cometer ese atrevimiento antes de llegar a la situación verdaderamente límite, que sería utilizar las primeras armas nucleares de bajo alcance. Ese es un riesgo y ante esa situación siento un dolor, una tristeza, algo más que desengaño y algo más que pesimismo. Me toca ya moralmente, falta el sujeto político capaz de dialogar con ese tipo de tensiones.

¿Carecemos de estrategia?

Las estrategias que se han ido hilvanando... Era Trump, que no era ningún vidente, el que decía que la OTAN estaba muerta, que ni respiraba. Biden, que es un militarista que apostó siempre por todos los conflictos y todas las guerras, la invasión de Irak, todas, ha reconstruido una historia que obliga de una forma inédita a Europa a militarizarse.

«Habermas hace un discurso periodístico, de impresiones. No es un análisis de fondo a lo Max Weber y su texto de Versalles»

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¿Cuál es la función del filósofo en esta época? ¿Muchos miran a Macron como presidente receptivo a las ideas?

Ahora que me habla de Macron, leí estos días un comentario del politólogo Pierre Rosanvallon en el Nouvel Observateur, que cito de memoria: ‘Macron comenzó a recibir artistas, filósofos, sociólogos, politólogos... Yo nunca fui a esas conversaciones porque sólo servían para presentarle sus ideas y sus planes, nunca para escuchar de verdad’. Es este momento la figura del intelectual... Leí también con mucha atención un largo y reciente artículo de Habermas en El País, que procedía del Süddeutsche Zeitung, donde hace una reflexión de fondo sobre cómo ha llegado Europa a este tipo de situación. Estamos en un momento en que el viejo intelectual que dominó en entreguerras, que todavía era una voz reconocida, se encuentra ante la multiplicación de los medias y ante unos periodistas que le han quitado el suelo. Cuando aparecen figuras como Habermas, su discurso es en gran parte periodístico, son impresiones... Un análisis de fondo a lo Max Weber, con su famoso texto cuando se firman los protocolos de Versalles, en 1919, que dice: ‘La que ha sido derrotada no es Alemania, la que ha sido derrotada es la razón. Y aún más, diré: la razón práctica’. Es que ya nadie tiene ni siquiera la autoridad para hablar en esos términos.

¿Y entonces?

Creo que ahora la filosofía tiene un trabajo casi propedéutico. Puede, digamos, iluminar los conflictos, pero hay esas plataformas que pensadores que proceden de todos los campos de las ciencias sociales y que se articulan mucho en el modelo británico... Figuras que son antropólogos o sociólogos, y que conjuntamente abordan la problemática cada vez más compleja del mundo actual. Obviamente los técnicos de las estrategias políticas van por otra parte.

Usted ha sido miembro de consejos o patronatos de grandes instituciones culturales, como el Reina Sofía, durante una etapa en la que había una sensibilidad empresarial en apoyo a la cultura. ¿Vivimos ahora una etapa de retroceso? ¿Qué ha ocurrido?

Sí, es así y en un periodo muy corto. Pero previamente a lo acontecido, ya a finales de los 80, con la Caída del Muro, se produce el giro ético de la cultura, deja de ser espectáculo, ya no es la société du spectacle de los situacionistas o de Baudrillard... Y comienza a ser algo realmente establecido sobre las condiciones de la vida, de las comunidades, aparecen los grandes profetas como Beuys y todos estos nuevos tipos de política cultural que se derivan. Adorno mismo hizo una crítica furibunda contra la llamada industria cultural. A partir de los años 90 el arte empieza a cargarse de problemas, una exposición fundamental fue la Dokumenta 10, que hablaba de poetics politics, se trata de construir los pequeños gestos. Esto afecta directamente a la institución privilegiada que era el museo, que crece de manera imparable en los años 80 y que estaba asociado a la modernidad, es decir, si no había un museo tu ciudad no era moderna. Daba una respiración, una visibilidad, algo que ha ido bajando definitivamente. La fundación más potente que hay en este país es Caixa y sus centros culturales, pero sin embargo sabe que su programa piloto está más relacionados con la cooperación social. Sus cajas de cristal, sus enormes museos, ponen un día egipcios y otros a romanos... Hay una especie de concepto de coleccionismo cultural: ya que no pueden ir a Egipto, vean un par de momias. No, no, la culturificación ya no funciona, hay que crear situaciones, pequeñas situaciones. Ahí está el Reina Sofía, donde su director, Manuel Borja-Villel, ha hecho un trabajo colosal, de revisitación de la Historia del Arte para ver que el arte no es solamente el privilegiado lugar de las bellas artes, escultura y pintura, sino que los medios de comunicación han invadido todo el territorio de la cultura y hay que agrandar el espacio, que ese diálogo se haga representable.

Por ir a algo positivo

Hombre, pero todo esto lo es...

Pero me parece importante hablar de su vida. ¿No se ve como un privilegiado al llegar a los 80 años pleno de facultades y con tanta curiosidad intelectual?

Estoy muy agradecido a la vida, y me considero... Utilizaré su termino, que yo no me atrevería a usar, tengo un gran privilegio de estar en este momento y sobre todo tener todavía la posibilidad de estar abierto. Siempre lo he dicho, he tenido la gran fortuna de contar con extraordinarios maestros, he sido alumno de Blumenberg, Lévi-Strauss, Foucault y Deleuze. También he podido hacer en mi vida el trabajo que más amo, el compromiso educativo y formativo.

¿Qué ha aprendido de los alemanes?

Una buena pregunta. Aprendemos de todos, también de los alemanes. Hay una forma de organizar mis lecturas y análisis, siempre de tipo histórico. Se trata de algo que me viene de ellos. Y además he amado siempre la filología. En el siglo XIX todo científico tenía que ser filólogo. Amo las lenguas, cada una cristaliza el significado de un sentido que se cruza, hoy tenemos que ser cosmopolitas, pero no podemos serlo sin ser políglotas. Hay que viajar en el tiempo a través de las lenguas... Los alemanes, además de una gran elegancia intelectual, me acercan al dolor profundo por las experiencias políticas del siglo XX. Recuerdo que la primera vez que llegué a Alemania, por el 69, estábamos en un café como este y de pronto se oye un grito extraordinario (gestos): es una persona que cogida por un raptus da un alarido, y a lo mejor le falta una pierna o es un lisiado de la mitad de la cabeza. Ese escenario de la mutilación humana generaba un impacto que te despertaba una gran rebeldía moral y al mismo tiempo una piedad respecto a esas personas.

¿Cree que lo españoles han superado sus complejos de inferioridad?

No, yo no veo ese tema...

«Hoy tenemos que ser cosmopolitas, pero no podemos serlo sin ser políglotas. Hay que viajar en el tiempo a través de las lenguas»

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¿Hemos enterrado ese debate?

Sí, estaba aquello de no sé cuántos candados en la tumba del Cid (risas) o “¡Qué inventen ellos!”. Nosotros ya salimos de esa reflexión hace mucho tiempo. Tuvimos generaciones como la del 27..

Y una Guerra Civil y una larga dictadura...

Sí, por supuesto, y todo ello no se puede olvidar, forma parte de nuestra agenda histórica. Vivimos eso y la correspondiente castración. Hay un giro en el sistema de los valores, pasar de la libertad a la seguridad conlleva al mismo tiempo un cambio que pasa por las nuevas formas de sumisión. Ahora nos sometemos más fácilmente. No queremos problemas, protegeremos el nicho de cristal de nuestra casa y saludaremos con cierta distancia.

He visto que se siente orgulloso de tener un móvil que sólo sirve para recibir y hacer llamadas. ¿Un gran logro?

Con las nueva tecnologías es indudable que hay una gran utilidad, pero lo que ocurre es que hay una eliminación del dispositivo crítico con el que miramos y juzgamos...

¿Y sus contenidos?

Vehiculan muchísimo, pero son plataformas que generan la configuración de un nuevo tipo de individuo, pendiente de los mil puentes de la comunicación. Cada uno tiene su input y su feedback, entonces reproducen historias donde el actualismo del pobre sujeto esta expuesto a un mar de evidencias. Y más allá de ellas no hay navegación, retirarse a lo reflexivo para escribir algo que supere la sintaxis del tuit...

El triunfo de la polarización, ¿no?

Sí, efectivamente, se forman esas comunidades virtuales donde lo principal es el reconocimiento y al mismo tiempo el reconocimiento de tu identidad. Es un mundo que sólo está al comienzo, puesto que mañana seremos sujetos de prótesis comunicativas por todos los sitios, seremos realmente algo mágico. La comunicación ha eliminado la relevancia del mundo real, que ya no existe. Aquella exigencia wittgenstiana de que los límites del mundo coinciden con los límites del lenguaje, se puede llevar ahora a su expresión más radical diciendo que el mundo es sólo lenguaje.

Excavando en esa afirmación ¿qué pensó al ver el asalto del Capitolio?

Había algo de comedia brutal y también de primitivismo llevado al paroxismo. Sirvió para ver de una forma muy explícita esa fragilidad de una institución, donde las haya, como es el parlamento americano. El acoso a la investidura de Biden, toda aquella orquestación de mediación que termina con aquel individuo vestido de oso o de bisonte, más bisonte que oso (risas), representado en la mesa de la Pelosi... Digamos (risa) que se trataba de una alternancia de poder delirante. Yo no me lo creía.

¿Vamos a vivir bajo la amenaza de una manera permanente?

El mundo del futuro va a vivir bajo una serie de amenazas permanentes a las que no estamos habituados. El mapa del poder, la confirmación de las nuevas hegemonías. Se ha producido una implosión clara del modelo que administraba Estados Unidos y China, pero ahora las cosas se han acelerado. Este conflicto no va a favorecer a EEUU, que se había encerrado en la política doméstica y había abandonado el internacionalismo. Fue un error catastrófico. En este momento el conflicto ruso está desestabilizando fundamentalmente a Europa, que es la gran perdedora, pero tampoco EEUU está tan beneficiado. La doctrina de Biden es que no se puede perder la guerra de Ucrania, pero Rusia tampoco la puede perder. Eso obligará que la estrategia vaya hacia conflictos mayores. Tengo una gran admiración por el periodista y analista Rafael Poch, que con respecto a este asunto dice que todo es consecuencia de que la Guerra Fría se cerró mal. La ospolitik es fundamental para reequlibrar a Europa y esto no se ha conseguido.

¿Cuál es su idea de paraíso?

Walter Benjamín decía que el paraíso es la idea más atrevida que ha tenido la humanidad, digamos que la más exagerada. Pensar el origen como algo feliz es antihistórico (risas) y solamente puede recuperarse en aquel mito... Pero sabemos que al ser expulsados del paraíso toda la historia es puñeteramente triste.

¿Pero hay muchos preocupados por la inmortalidad o por comprar un billete para ir a la Luna?

(Risas) Ni usted ni yo lo vamos a sacar. Sabemos que los amigos de Tesla o Bezos irán y volverán tristes, tendrán que inventarse una historia. En esto mi escepticismo llega a más: no creo en el paraíso, y lo que lo sustituya desde el punto de vista ético y experiencial será la importancia de la amistad, la construcción, como dice Séneca, de pequeñas comunidades, esas islas, por ejemplo, donde los viejos bohemios como yo se reúnen en el París Bar todas las tardes para charlar. Y todo ello sin olvidar nunca de haber pensado en la vida un concepto fuerte de humanidad, lo que se desea moralmente por encima de todo es que esa humanidad tenga acceso a lo que sería el abecedario moral, que son los derechos humanos. Pero también la pérdida de la moral es el precio de lo moderno, que la ha tirado por la ventana y ha introducido la función y el resultado económico.

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