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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Amalgama

Las artes del aire

Juan Ezequiel Morales

Durante un tiempo llevé un diario de acontecimientos acerca de las Artes del Aire cuando, muchos años atrás, inicié un método respiratorio que encontré en un viejo libro de yoga taoísta. Se trataba la primera semana de sentarse en una silla, con respiración normal, contando de uno a cien, tres veces al día. La segunda semana había que hacer lo mismo, pero enviando el aire al centro de la barriga, lugar que los chinos llaman Tantien y los japoneses Hara, situado cuatro dedos por debajo del ombligo, en el centro del abdomen. La tercera semana, durante tres veces al día, sentado en la silla, tenía que enviar aire al Tantien, contando de uno a doscientos. La cuarta semana se recomendaba lo mismo que la tercera. El método seguía complicándose hasta llegar al sexto mes. Después de contar cuántas respiraciones habría hecho al final de todo, lo denominé Curso Básico de 129.100 Respiraciones Conscientes.

Empecé a mirar más despacio a la naturaleza. Observé mi entorno. Me daba la sensación, con la práctica de las Cien Respiraciones al amanecer, al medio día, y al anochecer, de que los árboles, las palmeras, el mar con sus olas, la tierra, la luna, el cielo, la planta que está dentro de casa, cambiaban de identidad existencial, expresión rimbombante que, en román paladino, sería como si cada una de esas cosas se mostrara guardiana de un secreto por descubrir, de un enigma que promete la revelación de un arcano. Y todo por respirar en la forma del Arte del Aire: sutilmente, la mirada subjetiva sobre el mundo va cambiando, va enlenteciéndose, va enriqueciéndose como si todo comenzara a transcurrir a cámara lenta. Los primeros días hice el conteo de las respiraciones intentando, a la vez que absorbía la energía universal, hacerlo como el gusano de seda saca la seda, de manera lenta, pausada, relajada o, como dice Tzu Kuo Shih, respiración abdominal lenta, llana, profunda y larga. Enlentencí el ritmo hasta que respiré cien veces en cincuenta minutos.

Los recién nacidos respiran entre 35 y 50 veces por minuto, los bebés de seis meses respiran 40 veces por minuto, los niños de un año 35 veces por minuto, los niños de seis años 25 veces por minuto, los adultos, en estado de reposo, entre 14 y 20 veces por minuto. Por tanto, conseguir 2 veces por minuto equivalía a reducir a un tercio el tiempo de respiración habitual. La vida es 16 respiraciones por minuto, 960 respiraciones por hora, 23.040 respiraciones por día, 7.741.440 respiraciones por año… la vida es 696.729.600 respiraciones en total. Interesante observar que cuando las respiraciones se hacen más deprisa entramos en territorio de renacimiento, una técnica de hiperventilación hindú antiquísima, denominada kapalabathi, y es como si adelantáramos el periodo vital, y ciertamente, en una especie de efecto relativístico, se retorna al momento del nacimiento. Cuando se tiene la edad en la que sólo hay ojos para la juventud, la belleza y los placeres ligados a ello, es como si sólo tuviéramos ojos para las flores de primavera. Pero en el mundo hay verano, otoño e invierno, y muchas cosas más. También, pues, hay que estudiar el rayo, el relámpago, los terremotos, el averno, las inundaciones, el mar, el monte… Hay un modo de riqueza que es preciso perseguir. Se trata de tener o disponer de tiempo libre, de no trabajar demasiado, y es así que se puede atesorar tiempo para la longevidad y el conocimiento.

A veces, disponer de tiempo para el conocimiento no se consigue ni con dinero. Desde que nace, el cuerpo humano se enfrenta al esfuerzo como modo de superación. Efectivamente, las primeras bocanadas de aire se respiran con esfuerzo, y el resto de la vida es un continuo esfuerzo jalonado de oasis. Existe un reconocimiento subliminal en el humano occidental de que hay que trabajar para conseguir metas. Pero éstas no deben confundirse con el trabajo, que sólo es el medio. El trabajo en sí, sin otra significación, crea seres alienados que confunden el fin con los medios, o seres acomplejados que se emplean en trabajar en exceso porque no saben hacer otra cosa. Y he aquí que, tras continuar las prácticas de las Cien Respiraciones, me salió un forúnculo gigante en la punta misma de la nariz. La punta de la nariz es el final del canal del intestino grueso, y también es la ventana de los pulmones, si seguimos el esquema taoísta o chino de los meridianos. Estuve tres días tomando antibióticos para curar mi grano en la punta de la nariz. A los cinco días tuve que acudir a la clínica a operarme del forúnculo. Por algún motivo los ejercicios de las Cien Respiraciones me reventaron esa parte externa del meridiano.

Pero algo extraño noté en el sentido de que, al revisar los actos del día, junto a la punta de la nariz reventada, cambié toda mi casa, y cambié de lugar libros que tenía guardados hacía casi nueve años, los desempolvé y empecé a recolocarlos en las paredes de mi biblioteca. Es más, ese mismo día en que mi nariz reventó, un vecino desapareció. Dejé de hacer Yoga taoísta hasta que todo se reequilibrara, pero algo, algo lejano, me decía que el ejercicio respiratorio había salido de mi cuerpo y, de alguna manera se proyectaba a mi alrededor. Un maestro taoísta con el que seguía yo enseñanzas en aquellos tiempos, en efecto, me contaba cómo había sido solicitado por una mujer sobre la cual se había caído casualmente un libro que él cogía en una librería, en Paris. Ella lo reconoció como un autor de prestigio y le pidió que fuera a su casa por un problema emocional que afectaba a su vida. Él fue y, al entrar, vio que para llegar a la casa de la joven había que atravesar un desfiladero de coches para desguazar, pues el Ayuntamiento usaba aquellos terrenos como depósito. El maestro le indicó una serie de ejercicios para centrar su canal central, relacionados con las Artes del Aire, y los cuales siguió la joven. A las dos semanas, el maestro recibió la urgente llamada de la mujer, que con gran alegría y alivio le dijo que el Ayuntamiento parisino, después de diez años, había empezado a quitar todos los coches para desguace. Su energía personal había mudado su entorno y, a la vez, su medio emocional quedó más limpio. Pues ésas son las Artes del Aire.

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