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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Canarismos

Echando días pa(ra) (a)trás

Luis Rivero

Mi amigo Alberto B., taxista jubilado de Las Palmas, cuando le pregunto que cómo anda, me suele responder: «Nada, aquí, echando días pa(ra) (a)trás». Se trata de una frase hecha que forma parte de un gerontolenguaje, cuyos vestigios podemos encontrar con frecuencia en el español hablado en Canarias. De ello se desprende un mensaje poco entusiasta de quien se conforma con contar los días que pasan como si ya no fuera «dueño de su tiempo», sino mero mandatario encargado de acumular las horas, como si hubiera iniciado la cuenta atrás de los días de existencia terrena que le restan. La locución «aquí, echando días pa(ra) (a)trás» introduce además del elemento temporal, un componente de referencia espacial que viene marcado por el «aquí» (’en este lugar’), reafirmando la ubicación física en relación con la temporalidad. «Echar […] pa(ra) (a)trás» tiene el sentido de ‘pasar el tiempo’, ‘ir tirando’, ‘botar’, ‘desperdiciar’, ‘desaprovechar’, ‘dejar pasar’. Los «días» son una magnitud temporal, ‘unidades de tiempo’ que se cuentan como los números tachados en el almanaque que cuelga sobre los azulejos de la cocina, como las horas marcadas por el palpitar implacable del reloj biológico por el que estamos sincronizados con la gran rueda cósmica. La frasecita del amigo Alberto, como puede intuirse, tiene su enjundia y nos lleva necesariamente a una reflexión a vuelapluma sobre el tiempo y el paso del tiempo. Cuando se habla del tiempo cronológico se pueden advertir que la subjetividad o la objetividad de este fenómeno, así como la «instrumentalización» que hacemos de él (como si se le redujera a la condición de objeto material), forman parte de un constructo que no podemos concebir si no es en relación con nuestra propia existencia. La «objetivación» es también un modo de dar una identidad personal a la idea de «tiempo», por ejemplo, cuando aseveramos que «el tiempo todo lo cura», estamos reconociéndole la condición de «entidad sanadora». Cuando decimos «tengo o no tengo tiempo», lo estamos haciendo «nuestro», instrumentalizándolo, y hasta lo podemos «patrimonializar» cuando afirmamos que «el tiempo es oro». O cuando decimos «todavía estoy a tiempo» o «dar tiempo al tiempo», lo «objetivamos» y nos separamos de él. Lo mismo que cuando exclamamos: «¡Ha pasado mucho tiempo!» o «¡cómo pasa el tiempo!», expresiones aparentemente neutras que guardan cierto grado de objetivación ya que presentan el tiempo como juez implacable. Pero el paso del tiempo depende de cómo lo percibimos, lo que no deja de ser una apreciación subjetiva y objetiva a la vez. Subjetiva en cuanto depende del punto de vista del sujeto perceptor y objetiva desde la perspectiva de lo observado, que existe realmente fuera de quien lo percibe. El tiempo pasa de manera distinta para cada uno de nosotros, como si en lugar de que el tiempo «pasase por nosotros» (lo que traslada la imagen del tiempo como un fenómeno ajeno y exógeno) fuéramos nosotros quienes «pasáramos por él». Lo que le imprime un sentido ‘relativo’ (’no absoluto’), de percepción subjetiva, como si fuese un elemento del paisaje que contemplamos según nos movemos y según la actividad que desempeñemos. Esto puede explicar por qué mi amigo Alberto tenía la sensación de que el tiempo pasaba más despacio durante las largas horas de espera en la parada y más rápido, cuando «le salía un viaje» al aeropuerto, aun cuando el tiempo marcado por el reloj fuese el mismo. Quizás por las distintas percepciones del paso del tiempo, se le atribuyan metafóricas «serventías», las «servidumbres del tiempo» que dejan su impronta en la memoria y sus huellas en forma de arrugas en la frente, como señales evidentes de un recorrido por la vida y que lo mismo nos puede convertir en sabios que reducir a la condición de esclavos. Así las cosas, la locución «aquí, echando días pa(ra) (a)trás», introducida por un gerundio («echando»), nos sitúa en una posición en el mundo («aquí») y frente al tiempo que pasa inexorablemente, sí, pero que también podemos hacer que pase de otro modo, más provechoso y placentero. Y es que «a estas alturas de la vida» no se puede esperar otra cosa.

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