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Literatura
Juan Cruz Ruiz Escritor

Juan Cruz: «No podemos ser totalitaristas de la memoria»

Juan Cruz. EPE

El escritor y periodista Juan Cruz Ruiz publica la novela ‘Mil doscientos pasos’ (Alfaguara), donde rescata del torbellino de la memoria luces y sombras de un tiempo que vivió en la posguerra. 

Juan Cruz Ruiz (Puerto de la Cruz, Tenerife, 1948) evoca el regreso de un hombre tras muchos años de ausencia al paisaje de su origen y allí cruza la frontera vital que separa la infancia de la adolescencia. Los mil doscientos pasos del título son el rastro (y el rostro) de la distancia que separa a ese hombre de la casa familiar, marcado por las huellas del dolor, la violencia, el miedo y el odio. 

Maldades, secretos, amistad y descubrimientos enhebran una aventura de iniciación y reconocimientos. Juan Cruz, adjunto a la presidencia de Prensa Ibérica, publicó su primera novela en 1973, Crónica de la nada hecha pedazos. Fue uno de los fundadores de El País y dirigió la editorial Alfaguara. Ha sido galardonado con el premio Benito Pérez Armas, el Azorín de novela y el Nacional de Periodismo Cultural.

¿Autobiografía novelada?

La novela narra una época que, obviamente, yo viví. Pero no es mi historia. Es la historia que observaba en mi barrio, o en otros barrios. Casi todos los pueblos de España de mediados de los 50, incluso de los 60, vivían pendientes de lo que mandaran los caciques, los guardias de Franco… Y eso se notaba en las escuelas y en las casas. Provocaba ese sustrato triste que tuvo la posguerra civil, en la que el silencio era casi la única manera de hablar. Lo que quise con este libro es, primero, escribirlo con enorme respeto literario hacia lo que sufrían las personas. Para ello me exigí muchísimo como escritor. Leí un libro de Francisco Candel, Hay una juventud que aguarda, sobre aquel periodo de nuestras vidas, que me impactó de tal manera que aún retumba en mi memoria. Soy parte de esa juventud de pantalón corto que entonces aguardaba. En realidad, yo nunca llevé pantalón corto porque era asmático, tenía que estar abrigado. 

¿Cómo le quedó el cuerpo después de esta caminata de 1.200 pasos?

Hasta que no encontré el final del libro, que tiene que ver con Lorca y con mi manera de haber vivido la preadolescencia, no me quedé tranquilo. ¿Cómo un muchacho que venía en un entorno donde se estudiaba poco y éramos casi analfabetos hasta llegar a los 13 ó 14 años y lee a Federico? ¿Por qué? Algo debía haber en el ambiente que me llevaba a pensar que el poeta había sufrido en un tiempo no lejano persecuciones y vejaciones similares a las que yo veía que ocurrían en mi barrio, en mi pueblo, en la España de entonces. Porque el asesinato de Lorca, o la burla que lo precedió, no acabó con la Guerra Civil. Había muchísima gente que tenía libertad para perseguir a los pobres, a los lisiados… El tiempo de la tragedia de Lorca no ha acabado en España. Yo viví ese tiempo, aunque Lorca había muerto al principio del conflicto, y tengo la impresión de que, por otros medios, dura hasta ahora.

¿Hay heridas que no cicatrizan nunca?

Las heridas del pasado se reproducen cada vez que hay un maltrato, cada vez que se invoca como feliz el tiempo de la dictadura, cada vez que la gente se burla de la gente. Cada vez que hay en el espacio público una ruindad, la herida se reabre. España es una geografía herida. Como periodista, me indigna que compañeros que han abrazado una idea ultraconservadora de la vida utilicen los medios para la burla y el escarnio, me siento herido como profesional. Vivimos en un país con libertades, entre otras la de expresión. Pero hay límites: el racismo, el clasismo… todos los ismos que ya eran celebrados en la Guerra Civil y después, instrumentalizados por la ultraderecha que supuso el gobierno de Franco para atemorizar a las personas. En el ámbito más íntimo, la homosexualidad, por ejemplo. Viví una historia que aparece en la novela: a un grupo de muchachos homosexuales lo hallaron haciendo tocamientos o lo que fuera en una guagua, como llamamos en Tenerife a los autobuses. Sometieron a escarnio a los chicos. Algunos se tuvieron que ir del barrio. Pasó algo terrible, como un conjuro: el autobús fue confinado. Como si lo exorcizaran. Nunca se me ha olvidado el número de matrícula. Es más, lo uso como clave a veces. Es un número que está vivo como homenaje a esos chicos.

¿Dónde empiezan esos 1.200 pasos?

Simbólicamente, son los que hay que dar desde mi casa a lo que yo llamo El Muro. El Muro es real y metafórico. Donde nos poníamos a jugar. Los nombres de los personajes los elegí según me iban viniendo. Neruda decía: me pongo a escribir y me sale espuma. A mí me salen un montón de cosas. Y estoy todo el día inventando mientras escribo. Lo que pasó en mi casa no tiene nada que ve con la novela. Mis padres eran personas extraordinarias. Usé la distancia para titular el libro porque durante un tiempo en el que mi hermana mayor estuvo enferma, cada vez que iba a verla, calculaba en mi cabeza los pasos que había dar para llegar a la casa donde ella estaba. Seguramente no hay esos 1.200 pasos, pero me quedó tan grabado en la cabeza que quise situar lo que quería narrar, aunque fuera ficticio, en ese lugar concreto. 

¿Aún cuenta pasos?

Conservo la costumbre, al igual que siempre espero que no ocurran las cosas que parecen inevitables. Siempre cuento números. Siempre fui un maniático, desde niño. Contaba cosas y hasta que no llegaba a un número determinado no paraba. Durante un tiempo contaba la numeración de los coches para ver si sumaban veinte. 

La infancia, ¿país extranjero?

Un lugar donde ocurren cosas que se prolongan. Hay mucho de mi vida actual que tiene mucho que ver con la infancia. Nunca he dejado de ser el niño que fui. Leí una vez un verso de Michael Krüger que convertí en leitmotiv de muchas de las entrevistas que hice: «A veces, me escribe la infancia una tarjeta postal, ¿te acuerdas?». Y eso lo convertí en una manera de preguntarle a la gente qué recordaba de su infancia. Es el lugar donde seguimos viviendo porque ahí aprendimos a saber que la felicidad podía durar. En la edad adulta ya sabemos que a felicidad tiene un límite. 

El espíritu de Juan Marsé está presente.

Fue una de mis primeras lecturas adultas. De hecho, le dedico el libro. Fue un gran amigo, una persona de mi familia. Vivió muchas cosas de las que cuento en el libro. Algunas las escribió, otras me las dijo en persona. Es un antecedente real de mi novela, cierto.

¿Es compatible ser feliz con vivir en un mundo sombrío como fue la posguerra?

Nosotros no sabíamos que vivíamos en él. Creíamos que así era el mundo. Nosotros no sabíamos que había pobres y ricos. Hasta que conocí a los ricos. Mi madre me enviaba a dar regalos a los ricos cuando le hacían algún favor a mi padre, y yo creía que era lo que había que hacer, hasta que un día me dijo: Juanillo, no vuelvas a llevar nada a esa casa. Y ahí me di cuenta de que algo pasaba con los ricos. Sabía que había gente que vivía en casas mejores, pero no me parecía distinta a mí. 

Ya lo decía Scott Fitzgerald: los ricos son distintos a los demás.

El gran Gatsby fue para mí un aprendizaje. Un mundo de ricos y pobres en el que los pobres quieren parecerse a los ricos. Yo nunca quise. Tenía amigos ricos que me trataban con cariño. A uno le dedico el libro, por cierto, que me llamaba por la tarde para contarme lo que contaban los profesores por la mañana. Yo era asmático en grado sumo y no podía ir a la escuela. 

¿Descubrir la maldad mata la inocencia?

No. Yo siempre he sido un inocente. Mi oficio es de grandes cínicos, pero siempre he creído desde niño que todo es posible. Una vez pisé un clavo en una carpintería creyendo que no me podía pasar nada. Y me pasó, claro. Pero pienso que aquello que está a punto de ocurrir según otros no va a ocurrir nunca. Y ocurre, por supuesto. Siempre he creído que es posible superar todas las dificultades del mundo, no porque crea en Dios ni en otras divinidades sino porque tuve la convicción de que todo se va a arreglar. 

¿Era un país en blanco y negro?

Absolutamente porque así lo era. El luto de mi madre o mi abuela era el negro, los uniformes eran oscuros, las casas tenían una luz sombría. Incluso la platanera era en mi memoria sin colores alegres. Mucha gente estaba de luto. Y duró muchísimo tiempo. Esa sensación me generó la evidencia equivocada de que todo era en blanco y negro. La guerra civil española no ha dejado de ser para mí una imagen que se reproduce cada vez que yo veo un muerto, un herido, una injusticia, un insulto. 

¿El sol detiene el tiempo, como se lee en la novela?

Hay una frase de Camus que he tratado de hacer materia de reflexión y obligación de tolerancia. «El sol que reinó sobre mi infancia me privó de todo el resentimiento». He tratado de hacer eso verdad. Me han pasado muchas cosas en la vida, algunas difíciles de mantener quietas, pero yo he tratado de aquietar el resentimiento porque genera otra ruindad. Siempre huyo de eso. 

Nada de mirar hacia atrás con ira, pues.

La ira es un monumento al pasado que no quieres repetir. Y entonces mejor lo toleras y edificas un presente donde haya no solo bondad sino también tolerancia. Algo que está pasando en España ahora es que cada vez que sale a la palestra algo que tiene que ver con las alianzas del Gobierno se hable de la ETA como algo que existe. Y no es así. Costó mucho acabar con ella. ¿Por qué tenemos que hablar de la ETA como presente cuando hay quien, cuando recuerdas la Guerra Civil, te dicen que eso hay que olvidarlo para que haya reconciliación? ¿por qué aquella guerra que fue ganada por los azules frente a los rojos hay que olvidarla y la ETA, que ya no está más, que causó tanto dolor, tenemos que recordarla cada vez que se intenta avanzar en la convivencia nacional? ¿Por qué no hay una reconciliación verdadera, no postiza? Y, por supuesto, no soy proetarra ni pro-Bildu. España tiene que reclamar cierta alegría. Hay que recordar, pero recordar bien, como defiende José Álvarez Junco, No podemos ser totalitaristas de la memoria. 

¿La literatura tapa el horror?

Sirve para atenuarlo pero sigue por dentro. Es inevitable olvidar pero también lo es recordar. Este libro contiene cosas que no he vivido, que he inventado, pero seguro que otros las podía haber inventado como yo. Recordar todo el horror es imposible. Olvidarlo, también. Casi todos los fantasmas que conocí entonces no solo me visitaban a mí. Cuando había hambre había alucinaciones, y venían los fantasmas. Seguramente otros tenían la misma debilidad que llevaba a tener en la memoria cosas que nunca se olvidaran. Yo estoy recordando siempre.

¿Todo se perdona menos la sangre, como asegura un personaje?

Hasta la sangre se perdona. ¿Quién soy para guardar rencor, que también me he equivocado? Olvidar es dejar a un lado por un rato el monstruo que te persigue. Mis monstruos incluyen enfermedad, burla… Nuestra generación vivió siempre tiempos oscuros, aunque Brecht decía que también se puede cantar en los tiempos oscuros. Y con esperanza. La esperanza es como la guagua, lo último que se pierde. 

Y no olvidemos el humor.

El humor es una herencia de las madres. Siempre están contando cosas, te están engañando con chistes. Mi madre estaba una vez en la cocina cantando. Me asomé a ver qué cantaba y estaba llorando. 

Canto rima con llanto. También hay poesía en su libro. Mucha.

Es que soy un poeta que genera alegría para que no todo sea recuerdo ni tristeza. Solo soy un poeta, en realidad. Bajito.

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