El pintor Gerrit Dou —alumno aventajado de Rembrant— pintó en una de sus más célebres composiciones la estancia de un astrónomo concentrado en el estudio de los cuerpos celestes. Sobre la mesa, un reloj de arena, un libro en forma de tabloide, una jarra con agua y un globo terráqueo, mientras la atención de su lectura es alumbrada por la cálida luz de una vela que hace girar toda la composición sobre su pábilo encendido, pues su llama crea y protege, secretamente, el acceso del sabio al territorio del conocimiento. Tal y como sucede en buena parte de la tradición iconográfica y pictórica occidentales, el fulgor de la llama aparece aquí asociado a la victoria del saber sobre la oscuridad, a la adquisición de la conciencia o al perfeccionamiento espiritual de aquel que, en su vida retirada, se abre al beneficio de la lectura y del estudio. De forma paralela al holandés, a finales del decenio de 1930 la pintora Leonora Carrington retrataría al artista Marx Ernst atravesando un país de hielo, pertrechado de insólitos atributos: una piel de oso color magenta con cola de pez, calcetines amarillos y, en su mano, un candil de gélida luz verde imitando al eremita de las cartas del tarot, el mago del conocimiento, de la llama y de la magia.

Resulta sorprendente la multiplicidad de significados de este motivo —el de la vela encendida— y el alcance de su amplia representación artística y literaria en la tradición occidental. No otra cosa que abordar ese sentido poliédrico es el propósito del poeta y ensayista Andrés Sánchez Robayna en su trabajo de reciente aparición , un largo ensayo dedicado a una de las imágenes simbólicas más poderosas en el diálogo entre la poesía y la pintura, pues ambas disciplinas han le profesado, por igual, una atención considerable. Esta nueva entrega del escritor viene a completar la trilogía de títulos dedicados al estudio y al alcance simbólico de motivos que conciernen a la interrelación entre imagen y palabra, y que de uno u otro modo forman parte de nuestro imaginario cultural colectivo. Nos referimos a los libros Cuaderno de las islas (Lumen, 2011) y Variaciones sobre el vaso de agua (Galaxia Gutenberg, 2015), dedicados al análisis del valor metafórico de varios iconos fundamentales en el lenguaje pictórico y poético, ya especificados en sus títulos. A estos habría que sumar, asimismo, el ensayo Jorge Oramas o El tiempo suspendido, (Galaxia Gutenberg, 2018), un volumen que, si bien no está inspirado en el estudio de un «motivo» concreto, sí que sigue, en buena medida, la estructura ensayística de los anteriores, y es hermano de aquellos en su método crítico de aproximación y de análisis.

A cualquier lector le llamará la atención el hecho de que en estos últimos trabajos de Sánchez Robayna la mirada del escritor se haya detenido en elementos mínimos o que podrían parecerlo; esto es, en objetos que pertenecen al orden de lo cotidiano —un vaso de agua, una vela encendida— y que, como tales, el secreto de su significación metafórica ha quedado tantas veces relegado y anegado por su excesiva proximidad y su inofensiva presencia en el ámbito cotidiano y doméstico. Nada más lejos, subraya el autor, en su aproximación al género, pues en ambos casos analiza la intencionalidad semiótica de estas imágenes y plantea como meta mostrar hasta qué punto «la humildad, la aparente insignificancia» del motivo de la vela y de la llama contrastan con su «perdurable vitalidad y diversidad», hasta el punto de que resultaría inútil preguntarse —afirma— «qué otro objeto podría representar mejor la vida humana».

Junto a una breve selección de textos, el autor incluye en el libro más de una veintena de imágenes icónicas

Sobra decir, en este punto, que el pensamiento crítico sobre poesía y pintura ha sido una constante en la obra ensayística de Sánchez Robayna, y que la hermenéutica y el acto poético mismo nunca han permanecido del todo separados en su obra. La crítica y la interpretación literaria y artística aparecen aquí en una, digamos, formulación práctica, pues su campo de referencia u objeto de estudio no dejan de ser temas y ejes de referencia para toda escritura poética. La suya es una de las voces actuales de mayor proyección internacional en lengua española; una voz que, en su amplísima trayectoria como escritor, nos ha brindado no solo títulos fundamentales para la comprensión de la poesía del Siglo de Oro español, como es el caso de su monografía sobre Sor Juana Inés de la Cruz (1991) o de sus estudios sobre la poesía barroca en Tres estudios sobre Góngora (1993) o Nuevas cuestiones gongorinas (2018), entre otros títulos, sino que también ha contribuido de forma decisiva, con sagacidad interpretativa, al estudio de los signos de nuestra cultura contemporánea. Al lector le bastará con asomarse a las páginas de libros como La luz negra (1985), a recopilaciones de ensayos como La sombra del mundo (1999) o Deseo, imagen, lugar de la palabra (2008). Recordemos que fundó y dirigió la revista Syntaxis (1983-1993), considerada una de las manifestaciones más relevantes del pensamiento crítico sobre poesía y artes visuales; y que dirigió el Departamento de Debate y Pensamiento del Centro Atlántico de arte Moderno (CAAM) a raíz de su fundación. Obtuvo el Premio Nacional de la Crítica por su libro La roca (1984), y su obra poética, recopilada también por Galaxia Gutenberg en 2004 en el volumen En el cuerpo del mundo, encuentra en la serie Por el gran mar —una de sus últimas entregas (2019)—, uno de los momentos más altos de la poesía actual en lengua española.

En él, el escritor va desgranando paso a paso, a lo largo de sus veinticuatro estancias o capítulos, distintos aspectos o prismas de análisis sobre la imagen de la vela encendida, que dan forma a estadios independientes. La metodología empleada es la disección misma del objeto —el «estudio de temas», lo llamaría la disciplina de la literatura comparada—, que permite estudiar los diversos planos de significación de un solo aspecto a partir de distintas coordenadas. Es, esta, una forma creativa de aproximarse a la multiplicidad de significados —a la plurisimbología— que un objeto encierra en sí mismo. No se trata, por tanto, de un ensayo crítico al uso; ni siquiera de un manual —ortodoxo, académico— sobre pintura y poesía, o de un libro de historia cultural. Se entenderá, por tanto, que sus secciones se sucedan y hayan sido compuestas de la misma manera en que se articula un texto poético, sin aportar conclusiones o sentencias más o menos definitivas, sino planteando interrogantes sobre algunas de las incógnitas que el motivo comporta. De ahí su enunciado como «borrador» o esbozo que se aproxima sutilmente al objeto tratado, consciente de la amplitud del motivo y de su carácter abierto, si se quiere inacabable, extensísimo, y con una lista inabarcable de ejemplos: la vela como metáfora del paso del tiempo, como reloj irreversible o alegoría de la vanidad y la ambición humana; la vela aleccionadora (en el género de la naturaleza muerta); la vela votiva y devocional; la vela como plegaria o salmodia iluminante de las ceremonias de duelo; la vela benéfica compañera y cómplice del silencio del estudioso; la solitaria vela cósmica contemplada en mitad de la noche; la cancerbera de la lumbre del hogar o la figura enigmática que concentra en su llama el misterio de la fe. Precisamente, con el propósito de establecer vasos comunicantes entre la experiencia poética y la pictórica, el volumen aporta una selección de distintos ejemplos y variantes del motivo a través de una breve antología de representaciones pictóricas y textos poéticos que sirven al autor para abrir escalas en esa profusa red de significados posibles.

Sin duda, una de las imágenes más recurrentes en el libro es la alusión a la atracción enigmática que ejerce la llama de una vela en tanto que emblema de un secreto en el que quisiéramos participar y penetrar. Se trata de una imagen que cuenta con innumerables representaciones en la pintura del Barroco, pues en ella se concentra, en buena medida, el poder moralizante de la vanitas, representada por el vuelo icárico de la mariposa que, hechizada y seducida por la llama, cae irremediablemente en la trampa del fuego abrasador. Metáfora de la ambición o del anhelo desmedido, Sánchez Robayna identifica la raíz del motivo en el soneto CXLI del Cancionero de Petrarca, que abre el telón a una escenografía de ricas resonancias —«la contradictoria, paradójica, coincidente experiencia de la seducción y el exterminio»— y ejemplificada en la poesía del renacentista Gutierre de Cetina, pero que también encontramos en los textos barrocos de Góngora dedicados «a la ambición humana», o en los de Gabriel Bocángel o Luis de Sandoval y Zapata, en quienes la imagen de la vela adquiere significado de «candil y reloj». Francisco de Quevedo, S.T. Coleridge, Constantino P. Kavafis, William Butler Yeats, Francis Jammes, Rainer Maria Rilke, Wallace Stevens, Anna Ajmátova, René Char, Francis Ponge, Clara Janés, Nelly Sachs, Marina Tsvetáieva, Sophia de Mello Breyner Andresen o Eugenio Montejo completan, entre otros, la lista de autores seleccionados para esta breve antología de textos, hasta alcanzar autores de nuestro presente como los casos de Alberto Blanco, Esperanza Ortega o Maja Vidmar.

Junto esta breve selección de textos, Sánchez Robayna incluye en el libro un conjunto de algo más de una veintena de imágenes icónicas para una historia del arte de la vela y la llama, entre las que figuran artistas tan significativos como El Greco, Clara Peeters, Caspar David Friedrich, Luis Fernández, Cristino de Vera, Dora Maar, Remedios Varo, Gerhard Richter o el cineasta Andrei Tarkovski, entre otros. Así, por ejemplo, el misterio de la noche iluminada se representa en la pintura del francés del siglo XVII Georges de la Tour —«ningún artista ha llegado tan lejos en la iniciación al misterio de la llama», subraya el crítico, y de él se reproducen dos de sus obras más emblemáticas, San José Carpintero (1642) y la Magdalena penitente (¿1640?). Ejemplos indiscutibles de la calidad íntima y de la subjetividad de lo contemplado a través de la llama, varios siglos después el pintor cubano Ramón Alejandro reformularía en clave neobarroca los vínculos entre el erotismo y la muerte, entre la plenitud sexual y la parálisis de los sentidos, lo que en palabras del poeta Severo Sarduy es una «muerte que forma parte de la vida» o una «vida que forma parte de la muerte».

También se aborda en este Borrador… el simbolismo de las velas asociadas a la música y al espacio sagrado en el ritual de los oficios de tinieblas o tenebrae, concebidas para el canto en la ceremonia religiosa —«la vela encendida sacraliza, en mayor o menor grado, cualquier espacio en el que su resplandor esté presente», leemos—, y cuyo paralelismo poético lo encontramos en el ascenso espiritual de los cirios encendidos y en las Tres lecciones de tinieblas (1980) del poeta José Ángel Valente. La vela sacraliza, sí, al tiempo que adquiere «un carácter litúrgico vinculado de modo muy estrecho a la memoria» especialmente a la memoria de los muertos y ausentes. El autor aclara que el concepto de «sacralidad» inherente a la llama es entendida, aquí, en tanto que calidad espiritual anterior a la confesionalidad propia de las religiones positivas, pues en dicho concepto «se dan cita —subraya el autor— tanto el pensamiento prelógico como el sentimiento del misterio, que convergen en el de respeto y veneración», acaso parafraseando la conocida cita de Emil Cioran cuando subraya que «el sentimiento religioso reside en la conciencia del misterio, incluso más allá de cualquier manifestación de fe».

Sánchez Robayna nos aproxima a las imágenes de la emblemática, los jeroglíficos y las empresas barrocas en las que el motivo de la vela suele aparecer asociado a la idea moralizante de la brevedad del tiempo que nos ha sido dado para vivir; esto es, de la fugacidad de la vida —la llama que alimenta a la vela es la causa de su propio agotamiento—, como si, en efecto, el carácter simbólico por excelencia de esta fuese mostrarnos hasta qué punto ninguna otra verdad importa más allá de la realidad de nuestra corta existencia, abocados al acabamiento, consumidos por un aliento vital que nos alimenta y, a la vez, nos debilita y desdibuja. El escritor analiza también el significado, profundamente enigmático, de la vela extinta, que abre la vida plástica y la dimensión poética del motivo hacia nuevos sentidos, pues si la llama encendida es una expresión de la vida, la vela apagada constituye, simétricamente, «una alusión a la eternidad», a aquello que resulta «anterior y posterior a toda existencia». Este hermoso libro nos aproxima, por ende, a la riqueza de un motivo iconográfico de innumerables valores poéticos y simbólicos. Nos alumbra, sí, en nuestra tentativa por acceder al conocimiento, lo mismo que en la estancia del astrónomo del cuadro de Dou.

Isidro Hernández es conservador en TEA Tenerife Espacio de las Artes.