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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Vidas alrededor de un escenario en el Océano

Francisco Juan Quevedo construye una trama alrededor de aquel Teatro Nuevo devorado por el fuego y que marca al insaciable protagonista

Recreación sobre una imagen histórica del Teatro Pérez Galdós de Luis Ojeda Pérez.

El Teatro y sus espejos   

El coliseo capitalino, eje de una historia de ambición y lucha por el poder en la nueva novela de Francisco Juan Quevedo

Con la novela en sus manos, lo primero que aprecia el lector es la armonía entre el título y la cubierta. De lleno en la lectura, comprueba que es más densa de lo que había creído y que ha de avanzar sin prisas, deteniéndose para anotar o para volver a la página anterior.

Adelantamos el argumento: un narrador desenfadado y práctico conduce el relato lineal de la vida y milagros de un tal Feliciano Silva Urrutia, desde el momento de su nacimiento la noche de San Juan de 1867, hasta el más allá de su legado, que asume su hija, Ernestina Silva Ortiz en 1921, tres años después de la muerte violenta de su padre, ocurrida el 4 de julio de 1918 a las 17.52 de la tarde. Cincuenta años pues, de la historia impresionante de un ser de ambición desmedida que ignora cualquier escrúpulo. A la postre, tal para cual Feliciano y Ernestina Silva, su hija. Porque si la rapacería cruel del padre mereció el sobrenombre de El guirre, el de La guirra lo ganó su hija por méritos propios.

Feliciano se permite una larga estancia en París, de la que regresa igual de matón y con un Rolls Royce azul prusia

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¿Una historia sencilla? Nada de eso. El teatro en medio del océano es cualquier cosa menos una novela fácil de resumir y de encasillar. Porque la historia de Feliciano Silva transcurre acompasada con la de un protagonista, de piedra: aquel Teatro Nuevo que construyó Las Palmas en Boca Barranco para sustituir al antiguo de Cairasco de Figueroa, que se llamó Tirso de Molina primero y Pérez Galdós después, y que acabó devorado por el fuego; y porque en ese transcurrir afloran referencias reales (individualidades, sucesos, momentos políticos o sociales) que precisan saltos en el tiempo y juegos en los espacios. Un reto para un creador. Un reto que ha logrado superar este creador, Paco Quevedo: un escritor cauto, reservado, agudo, perspicaz que, paso a paso, ha ido demostrando a sus lectores un ingenio sobresaliente y una habilidad especial para montar historias. Así ha sido desde Las Palmeras en 2002, El dulzor de la tierra, en 2005 (con esa novela el premio Benito Pérez Armas), el Recuerdo azul en 2007, La noche del fuego, en 2009, El tatuaje de Penélope en 2016, el Robo a mono armado en el museo Néstor en 2017, el libro de cuentos La casa amurallada en 2020… Talento literario, se llama esta habilidad nada común.

Dibujos satíricos del Galdós adolescente sobre la construcción del Teatro junto al mar.

En este caso, el creador ha decidido estructurar la novela en tres partes organizadas por la cronología.

Abarca la primera parte los años de 1867 a 1890, que contemplan el avanzar del Teatro Nuevo hasta convertirse en el Tirso de Molina el 6 de diciembre de 1891 y, paralelamente, el devenir del niño Feliciano que, al quedar huérfano, desdeñando cualquier ayuda para encaminarse en la vida por su cuenta, pasó de vender pescado en el puerto a fundar allí el burdel más caro y sofisticado de la ciudad, El Berlín; a dominar todos los negocios sucios del puerto, y –en el clímax de su desafío personal– a abofetear todas las buenas maneras ciudadanas el día del estreno del nuevo coliseo, ocupando el mejor palco acompañado, no de su esposa sino de la meretriz más codiciada de la isla, Ofelia O’Higgins, «la irlandesa del coño pelirrojo que era un filón de oro» (p. 62). Abre la segunda parte, la propuesta de cambio de nombre para el teatro –de Tirso de Molina a Pérez Galdós– en 1891; y la culmina el devastador incendio que lo echó a tierra la noche del 30 de junio de 1918. Durante esos años, la restauración española recibe el mazazo de la perdida de las colonias y se tambalea en las alternancias gubernamentales bipartidistas sin que el emporio de Feliciano en la pequeña isla sufra merma alguna. En torno al Teatro grancanario ha surgido una actividad cultural interesante, y Feliciano se permite una estancia larga en París de la que regresa sin pérdida alguna de sus ínfulas de matón y asombrando con el desembarco de un Rolls Royce azul prusia impresionante: la marca externa de un poderío sin límites.

Llegados los años de la primera Guerra Mundial, el Puerto de Gran Canaria se convierte en centro de operaciones internacionales y atrapa al gran tirano en la trampa de la colaboración en el espionaje pro-nazi. Las últimas páginas de esta segunda parte de la novela enlazan en un mismo desastre al teatro que se incendia y al propio Feliciano que sucumbe. La tercera parte de la novela es casi un epílogo: bastan dos años, de 1918 a 1921, para limpiar con sangre de venganza la memoria de Feliciano y para la reconstrucción espléndida del antiguo teatro cuya reinauguración supera el tiempo de la narración. El factótum de los dos cometidos ha sido la voluntad firme de firme de Ernestina Silva Ortiz, la Guirra.

Dibujos satíricos del Galdós adolescente sobre la construcción del Teatro junto al mar.

Organizada así la novela, y para conducirla, Paco Quevedo ha configurado un narrador testigo, excepcional y con saberes de cronista, que se mueve en la historia con frialdad, y que atrapa al lector en cada línea fascinándolo por el modo de su expresión, asombrándolo por su habilidad para el retrato y la caricatura, pasmándolo por la dureza de las descripciones, conmoviéndolo por un particular –y tétrico– sentido del humor. Conoce a fondo ese narrador la realidad canaria; conduce con habilidad la complejidad argumental de la historia y pormenoriza sin inmutarse los peores crímenes.

No le van a la zaga en utilitarismo técnico, la invención de personajes contrapuntísticos al protagonista: a) el maestro Nicolás Cardoso, a cuya sabiduría se encomendó Feliciano «sabedor de que en la educación estaba una de las claves que debía manejar para conseguir sus propósitos de convertirse en el verdadero dueño de la ciudad, de la isla, y del Atlántico»; b) el guardaespaldas matón, «el lobuno personaje» Agapito Luzardo, por mal nombre Almanegra, siempre en retaguardia, bien pertrechado y dispuesto; y c) el abogado Casiano Ballesta, un lince para dar apariencias de legalidad a cualquier injusticia.

El autor configura un narrador testigo, excepcional y con saberes de cronista, que atrapa y se mueve con frialdad

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¿Y Feliciano Silva Urrutia, el protagonista? Es un personaje cincelado a golpes desde su infancia e impermeable a cualquier emoción o impulso desinteresado. Algo, sin embargo, parece desentonar. El lector, consumido por la intriga, ha ido pasando páginas lo más deprisa que le permite aquel narrador que zancadillea continuamente su impaciencia con cabriolas sorpresivas, con antropónimos chocantes… En un momento determinado tiene que volver atrás. Aprecia una extraña sintonía entre Feliciano y ese narrador. El lector le ha oído insistir una y otra vez en su protagonista es guapo y de porte elegante, y que posee una intensa mirada verdimiel; y no le recuerda reproche alguno a aquella personalidad alevosa. Pero hay más: solo ese narrador sabe de la debilidad inconfesada del tal Feliciano: el gusto por la música «que iba en aumento con los años –explica– como si su espíritu enrabietado le exigiera con el paso del tiempo una aplicación más frecuente de esa pomada sonora». Feliciano se encierra en El Berlín sin clientes ¡para escuchar a Bach!, y es capaz de estremecerse ante el Concierto para dos violines en re menor. Cuando en el Salón de Oriente del Gabinete Literario escuchó al tenor Estaño cantar la serenata de El barbero de Sevilla («ecco, ridente in cielo…») le entraron súbitas ganas de llorar y, sintiendo que sus miembros se paralizaban, «no pudo aplaudir; el escaso control que tenía sí mismo lo empleó para atenazar su mandíbula y cerrar los puños. Por nada del mundo lloriquearía allí, antes se arrancaba las venas a mordidas». Extraño Feliciano. Y menos incólume de lo que parecía aquel narrador. Cuando el final de Feliciano se acerca, el narrador abandona toda apariencia de neutralidad para rodear de aversión la alusión al militar inglés Mr. Francis Sherman, que maquina el fin de El Guirre: es «un sujeto canijo y pecoso», «un hurón», «un sapo inglés», una «mezcla de listo, fanático y patriota; una combinación cabrona» (323-4). Cosas de la novela. Cosas de la novela moderna. ¿Desvelará Paco Quevedo esa intriga algún día? Todo podría ser. Porque, según sus declaraciones directas, El teatro en medio del océano comenzó a revolverse en los entresijos de su creador a partir del éxito de La noche del fuego, y el libro que ahora leemos es el primero de una trilogía que está por nacer.

Francisco Juan Quevedo. Yolanda Arencibia

Por cierto: La noche del fuego, el texto de 2009, se publicó en aquella colección de novelas cortas llamada Episodios Insulares concebida para acercar a los jóvenes lectores algunos aspectos históricos o pseudo históricos de las islas. El homenaje a Galdós de la colección estuvo claro en el título. Como también lo está en El teatro en medio del océano que ahora presentamos, que bien podría considerarse un modo de «episodio nacional» galdosiano: la mezcla feliz de historia, novela y escenario social e histórico. El teatro en medio del océano podría ser una serie narrativa «a lo Galdós»; una serie completa, semejante a aquella primera galdosiana que tuvo como marco histórico los años previos al reinado de Fernando VII. Como aquella, la «serie» de Paco Quevedo expone el proceso de formación de quien consigue una posición personal por méritos propios. Una posición honrosa, la de Gabriel Araceli, con recompensa final; lo más opuesto al caso de Feliciano Silva. Sin embargo, algo los une: ambos «nacieron sin nada y lo tuvieron todo» (cita del final de La batalla de Arapiles).

El narrador había subido a Benito Pérez Galdós al texto apenas iniciado, para recordar los dibujos humorísticos que había dedicado al emplazamiento «marítimo» del coliseo; más adelante –aún en la segunda parte– recuerda que coincidió el 2 de junio 1883 de su homenaje ciudadano (respuesta al madrileño de la misma fecha; aquí, con honores oficiales, y conciertos en el Gabinete) coincidió –digo– con la alusión paralela al porte señorial que iba tomando el nuevo teatro, y la llamada a la vistosidad que tomaba en el horizonte de las Isletas las obras del Puerto de La Luz. El cambio de nombre del Teatro vuelve a destacarlo, reservando, además, uno de los pocos diálogos de la novela para que el maestro don Nicanor pueda explayarse en alabanzas al gran escritor ante Feliciano. Sabemos enseguida que Feliciano lo había visto desembarcar del Pío IX en Gran Canaria, años antes, aquel 18 de octubre de 1894; que reparó entonces en el contraste entre la corpulencia física y la sonrisa tímida, y que su orgullo le impidió visitarlo en el muelle de Santa Catalina porque nada había leído de su obra.

No le van a la zaga el utilitarismo técnico, la invención de personajes contrapuntísticos al protagonista

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No podía faltar don Benito en la crónica ciudadana palmense que El teatro en medio del océano ofrece; del mismo modo, que, al paso de la cronología, registran las páginas otros nombres sobresalientes: el maestro Valle Chiniestra, Roberto Estaño, Nicolás Estévanez, Humbolt, Néstor de la Torres, Tomás Morales, Alonso Quesada, Saulo Torón, Miguel de Unamuno y los Juegos Florales de 1921, los hermano León y Castillo, el arquitecto Laureano Arroyo… (Sospecha el lector que nombres inventados de rimbombante eufonía esconden alguno real).

El teatro en medio del océano es una novela atractiva y compleja. Una novela histórica y una novela familiar; una novela de estructuración clásica, sin grandes desajustes, con un narrador desafiante respecto a lenguajes y convenciones, y, por lo mismo, una novela moderna y actual. Tiene mucho de novela negra (violencia, injusticia, corrupción) y no le faltan referencias librescas que la acercan al mundo de la reflexión y la literatura. Una novela atractiva y compleja.

Yolanda Arencibia. Directora de la Cátedra Pérez Galdós

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