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La Provincia - Diario de Las Palmas

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El héroe galante

Se cumplen cien años del nacimiento de Gérard Philipe, el rostro romántico del cine francés de la posguerra

Gérard Philipe, en ‘Los amantes de Montparnasse ’. | | LA PROVINCIA/DLP

En una época tan revuelta, confusa y oscura como la que nos ha tocado vivir en la que se fabrican ídolos populares con una ligereza y superficialidad pasmosas y se lanzan mensajes muy poco edificantes acerca de los valores que deben adornar a una gran estrella cinematográfica para poder ser calificada como tal, los actores y actrices de raza, los que han dado siempre la talla en cualquier momento y a través de cualquier tesitura dramática, destacan siempre de la mediocridad ambiental sellando su propia impronta en la pantalla y dejando que su poderosa huella quede impresa en la memoria de legiones de espectadores a través de un legado profesional que brilla siempre con luz propia, superando, en algunos casos, el listón artístico de las propias películas a las que han prestado su talento. No es tan extraño escuchar en medio de una animada tertulia de cinéfilos que gracias a su actuación, un intérprete es capaz de elevar el interés de una película. La historia del cine está sembrada de innumerables ejemplos a este respecto.

Así sucedió, durante los años de la posguerra, con la figura emblemática del malogrado Gérard Philipe (Cannes/Francia, 1922. París/Francia, 1959), un actor de múltiples registros, intenso, fresco, sereno e intuitivo, aunque inexplicablemente olvidado, que desde sus inicios en la escena parisina a los 19 años interpretando obras de Roussin, Merimée, Giraudoux o Camus y su ingreso posterior en el prestigioso Teatro Nacional Popular, hasta su no muy extensa pero sólida filmografía a las órdenes de cineastas como René Clair, Yves Allegret, Claude Autant-Lara, Max Ophüls, Joris Ivens, Marcel Carné, René Clément, Sacha Guitry, Julien Duvivier, Roger Vadim, Jacques Becker, Christian-Jaque o Luis Buñuel, mostró, urbi et orbi, una técnica interpretativa que le capacitaba para afrontar los personajes más disímiles sin renunciar en ningún momento al empleo de su formidable aspecto físico como baza infalible para reforzar la credibilidad y el realismo de sus personajes, dotados casi siempre de un aura romántica y juvenil de gran eficacia a la hora de su encaje psicológico en la composición de los mismos.

Ello no quiere decir que sus interpretaciones resultaran frías, repetitivas o mecánicas, ya que a menudo conseguía transmitir intensos estados emocionales sin traicionar el tono ligero y fácil que le era habitual, como cuando encarnó a Armande de la Verne, el teniente de los Dragones de Caballería Francesa en Las maniobras del amor (Les grandes manoeuvres, 1955), de René Clair, el oficial que se jacta ante su regimiento de ser capaz de seducir a cualquier mujer en un plazo de treinta días, exhibiendo siempre su mítica y seductora sonrisa. Exquisita, ingeniosa e irónica comedia galante cuyo reparto incluye a Michèle Morgan y Brigitte Bardot, dos de las actrices galas más cotizadas del momento al mando de una de las batutas más prestigiosas del cine europeo.

Su aspecto aniñado le permitía unir a la sólida experiencia adquirida en los escenarios y en los platós, prestancia propia en los personajes de corte juvenil, como el que encarna, con especial simpatía, en Fanfán, el invencible (Fanfan, la Tulipe, 1951), de Christian-Jaque, un modélico filme de capa y espada, Oso de Plata en la Berlinale, plagado de secuencias imitadas hasta la saciedad en un sinfín de películas del género, donde comparte reparto con una Gina Lollobrigida especialmente inspirada bajo la piel de una bella y persuasiva gitana en la convulsa Francia del siglo XVIII y una Geneviève Page investida, como siempre, de su proverbial elegancia y sobriedad en un papel que marcaría especialmente su reputada carrera ante las cámaras.

En 1958, consagrado ya como figura imprescindible del cine francés, Philipe se somete a una de las experiencias profesionales más gloriosas de su corto pero intenso recorrido como actor cinematográfico, personificando al legendario pintor italiano Amedeo Modigliani en Los amantes de Montparnasse (Les amants de Montparnasse/Montparnasse 19), bajo la dirección de Jackes Becker y junto a las espléndidas Anouk Aimée y Lili Palmer. Modigliani, un personaje atormentado que ahogaba sus fracasos artísticos y sus frustraciones cotidianas con el alcohol y las mujeres, no tuvo nunca mejor representación en la pantalla que bajo los rasgos de este genio de la actuación cuya prematura muerte a los 37 años lo elevó rápidamente al olimpo donde reposan las grandes figuras del séptimo arte.

Pero su fama también descansa sobre otros muchos soportes, como la magistral composición que hace de Fabrizio del Dongo, protagonista de La cartuja de Parma (Le chartreuse de Parme, 1947 ), de Christian Jaque, o el Julian Sorel de Rojo y negro (Le rouge et le noir, 1954), de Claude Autant-Lara, ambas inspiradas en sendas novelas de Stendahl; su breve pero intensa interpretación del príncipe Mychkin en El idiota (L´idiot, 1946), de Georges Lampin y el turbio marqués Des Griex de El jugador (Le joeur/The Gambler, 1946), basadas en las obras homónimas de Fiodor Dostoievski; el espíritu abatido por una existencia tormentosa que tan brillantemente representará en Los amantes de Montparnasse lo desarrolla, aunque a pequeña escala, en la obra maestra de Max Ophüls La ronda (La ronde, 1950), una pieza históricamente valorada como una de las cumbres del realismo poético francés; con su personaje de Valmont en Las relaciones peligrosas (Les liaisons dangereuses, 1959), inspirada en la famosa novela de Choderlos de Laclos, Philipe alcanza una de sus mayores cotas artísticas en compañía de la no menos extraordinaria Jeanne Moreau, meses antes de concluir Los ambiciosos (La fièvre monte á El Pao), con Luis Buñuel, y de su repentina muerte por infarto.

Mujeres soñadas (Les belles de nuit, 1952), de René Clair; Le diable au corps (1947), de Autant-Lara; Los orgullosos (Les orgueilleux, 1953), de Yves Allegret; Si Versalles pudiera hablar (Si Versailles m´était conté, 1953), de Sacha Guitry o La vie à Deux (1958), de Clément Duhour, representan lo más granado de la filmografía de un actor que, pese a sus escasos años de vida, mostró muchas veces, incluso con sus filmes menos afortunados, que el suyo era, sin duda alguna, una sabiduría y una sensibilidad pocas veces igualadas en la historia de los grandes intérpretes de la historia.

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