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Chantal Mouffe Filósofa, politóloga

«La izquierda es refractaria a la movilización de las pasiones»

Chantal Mouffe, días atrás,en la biblioteca de TEA, durante la entrevista. | | TEA

Profesora de Teoría Política en la Universidad de Westminster, Chantal Mouffe (Charleroi, Bélgica, 1943) es un referente de lo que ha dado en llamarse posmarxismo.

Chantal Mouffe intervino hace unos días en el ciclo de conferencias y diálogos No-Todo: crítica y negatividad, coordinado en TEA (Tenerife Espacio de las Artes) por Roberto Gil Hernández, profesor del Departamento de Sociología y Antropología de la Universidad de La Laguna. Autora de libros como Gramsci y la teoría marxista (1979), Hegemonía y estrategia socialista (1985) —junto a Ernesto Laclau—, El retorno de lo político (1993), Agonística: pensar el mundo políticamente (2013) o Por un populismo de izquierda (2018), Mouffe pronunció la conferencia Afectos, democracia y hegemonía en la perspectiva agonística, en la que reflexionó sobre la noción de hegemonía, el peso político de lo afectivo y la gestión en democracia de los antagonismos inherentes a toda sociedad.

En su conferencia sostuvo que uno de los problemas que tiene la izquierda es que entiende los afectos de modo demasiado racionalista. ¿Puede abundar en esta cuestión?

Mi crítica fundamental a la izquierda es, efectivamente, que es en exceso racionalista, refractaria a todo lo que tenga que ver con la movilización de las pasiones. Le pongo un ejemplo: en las elecciones británicas de 2018, el Partido Laborista, liderado por Jeremy Corbin, presentó un programa muy bien definido, muy bien pensado, aunque con aspectos muy clientelares como proporcionar wifi gratis a todo el mundo. Pero no había en él nada que transmitiese a la gente la sensación de que podía participar en un movimiento, de que entre todos podían construir algo, no movilizaba afectos. Boris Johnson, en cambio, no tenía programa, pero tenía dos lemas de campaña: realizaremos el Brexit y rescataremos de las manos de la Unión Europea el control de nuestros asuntos. La mayoría de la gente sintió que con esto se empoderaría y Johnson ganó las elecciones. No quiero decir que los laboristas hubiesen tenido que imitar a los tories. Lo que digo es que no basta con elaborar un buen programa. Además, hay que movilizar el deseo de la gente. En mi charla recordé la sentencia de Spinoza: «Las ideas tienen fuerza cuando se encuentran con afectos». De eso se trata, de movilizar ciertos tipos de afectos comunes que están en juego en la construcción nosotros-ellos, pero distinguiendo siempre entre el pueblo que quiere construir Marine Le Pen y el que quiere construir Mélenchon.

A propósito del nosotros-ellos, del par amigo-enemigo que da cuerpo al antagonismo, ¿no teme que la relectura que hace de Carl Schmitt en ‘El retorno de lo político’ pueda ser usada por ‘think tanks’ neoconservadores?

Para mí eso no es un problema. Gramsci ha sido usado por la derecha. Cuando escribía ese libro, Alain de Benoist organizó un coloquio que tituló Por un gramcismo de derechas. Mucha gente de derechas cita a Gramsci. Sarkozy, por ejemplo. Lo que tenemos que aprender de Gramsci es la lucha ideológica. Yo distingo entre democracia radical y modelo agonista. Son asuntos distintos. Lo agonista no es un proyecto político sino una propuesta política que puede ser usada lo mismo por la derecha que por la izquierda. No me preocupa que mis ideas las use la derecha. Lo que me preocupa es que la izquierda no se las tome en serio.

«El planteamiento del marxismo de que hay una ley de la historia que conducirá al comunismo resulta calamitoso»

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Volvamos al asunto de la movilización de las pasiones y a la escasa atención que le presta la izquierda. ¿Hay algo aprovechable al respecto en socialistas utópicos como Fourier?

Absolutamente. Tenemos que redescubrir el socialismo utópico. El marxismo, en cierto modo, ha tenido consecuencias negativas. Del marxismo hay que conservar su análisis del sistema capitalista, pero hay que abandonar el materialismo dialéctico porque su planteamiento de que existe una ley de la historia, según la cual la contradicción entre las relaciones y las fuerzas de producción conducirá al comunismo, resulta calamitoso. Insisto en la contingencia. No hay leyes de la historia. Hay mucho espacio para volver sobre el socialismo utópico: Fourier, William Morris…

En su intervención habló también de las prácticas artísticas como afecciones, en el sentido de Spinoza, que crean subjetividad.

Es una idea que ha desarrollado Gramsci, quien dice que las prácticas culturales son fundamentales para la construcción de la subjetividad. Nuestra visión del mundo está conformada por los libros que hemos leído, por las prácticas artísticas que han contribuido a formar nuestra sensibilidad. La gente no nace predeterminada, todo ello es parte del sentido común. Hay muchos discursos, pero los más importantes son los culturales en sentido amplio.

En ‘Prácticas artísticas y democracia agonística’ menciona a artistas como Hans Haacke, Andrea Fraser, Mark Dion o Christian Philipp Müller.

Esos artistas que cita pertenecen a una cierta tendencia del arte que es la crítica institucional. Cuando escribí ese libro la crítica institucional estaba en boga, pero en la actualidad no soy gran fan de la crítica institucional. En este momento me parecen más interesantes artistas como Krzysztof Wodiczko, William Kentridge o Alfredo Jaar.

En esta misma obra, publicada por el MACBA en 2007, dice textualmente: «La obra reciente de Žižek me parece hueca».

Žižek es un tipo brillante que ha escrito algunos libros importantes como El sublime objeto de la ideología, pero últimamente defiende un marxismo leninista que no me parece acertado. Tuvimos bastante cercanía, más Ernesto Laclau que yo, hasta que se pelearon. Se ha convertido en un provocador y una vez que defendió a Stalin para buscar impacto le dije que si lo que quería era provocar iba a llegar un momento en que tendría que defender a Hitler.

También hablo en su alocución de la actual crisis climática. Exactamente dijo que «necesitamos una bifurcación ecológica que vaya a una radicalidad de la democracia». Si entendí bien su planteamiento, este no puede ser desacorde con el de Bruno Latour, que habla de agencia de la naturaleza y propugna un parlamento de las cosas.

Soy amiga de Bruno Latour, participé en el catálogo de la exposición Making Things Public, que comisarió en el ZKM junto a Peter Weibel. Puede verse su planteamiento de parlamento de las cosas como una radicalización de la democracia, aunque creo que Bruno no lo enfoca de esa manera. En la izquierda latinoamericana, como ocurre con Petro en Colombia o con Boric en Chile, la ecología juega un papel importante.

No puede pregonarse lo mismo de Nicaragua, donde Daniel Ortega planteó hacer un canal que rivalizaría con el de Panamá; de Ecuador, donde Correa impulsó la explotación de petróleo en el Amazonas; de Brasil, donde Lula contribuyó igualmente a la deforestación del Amazonas con la producción de etanol, o de Venezuela, que era un petroestado con Pérez Jiménez y lo ha seguido siendo con Chávez y Maduro.

Esos gobiernos de izquierda se han encontrado en algún momento con el dilema de que quieren redistribuir, que tienen materias primas y que necesitan dinero para la redistribución. Correa, en concreto, se dirigió a la comunidad internacional y le dijo que estaba dispuesto a no tocar las reservas petrolíferas del Amazonas si se compensaba económicamente a su país, pero no recibió respuesta y resolvió que tenía que explotar el petróleo. En Argentina los Kirchner también quisieron controlar la explotación de soja, pero los grandes latifundistas se opusieron. Fue el mismo problema de Lula. Es un dilema.

Por contraste, alguien tan poco sospechoso de izquierdismo como Ursula von der Leyen parece más ecologista.

Hacer grandes declaraciones es muy fácil y Ursula von der Leyen puede permitírselo, pero tomar decisiones políticas es más complicado.

«Podemos no ha logrado su ambición inicial de asaltar los cielos pero su papel en el gobierno español es positivo»

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¿Necesita Cuba una revolución democrática radical?

Sería bueno que hubiese un proceso de democratización en Cuba. Tendrá que haberlo de alguna manera, pero el bloqueo norteamericano está en parte en el origen del autoritarismo de Cuba, como pasa en Venezuela. Soy crítica con las formas de autoritarismo de estos países, que hay que democratizar, pero sin romperlos. Y el proyecto de la oposición en Venezuela no es en absoluto democrático. Nunca se aceptó a Chávez porque era un negro, un mestizo. No hubo una lucha agonística. Lo veían como un enemigo al que había que destruir. El caso de Cuba es distinto, pero tampoco estoy a favor de los «gusanos » de Miami.

Contó en su charla que en los comienzos de Podemos iba por Madrid con pegatinas de este partido y que la gente se paraba por la calle para abrazarla. Usted, que, como Ernesto Laclau, es uno de sus principales referentes intelectuales, ¿cómo valora el momento actual de esta formación?

Podemos no ha logrado su ambición inicial de asaltar los cielos, pero su papel en el gobierno español es positivo. Ha empujado al PSOE a la izquierda. Muchas de las políticas de izquierda que ha hecho el gobierno se han hecho por la presencia de Podemos en él. El gobierno español es uno de los más progresistas que hay en Europa.

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