Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

«Homúnculo», «Antropofauna», «Neanderthalio» ¿y?

Cincuenta años después del fallecimiento de Millares su trabajo debería sonrojarnos porque nos recuerda que no hemos aprendido nada

Manolo Millares, ‘Artefacto para la paz’ (1967).

Manolo Millares, ‘Artefacto para la paz’ (1967). / Natalia Moreno

Natalia Moreno

Mi contribución a este suplemento no tiene por objeto recapitular formal y ordenadamente sobre la vida y obra de Manolo Millares. Me mueven solo lecturas personales algo dispersas y carpetas que abro —muchas y de variada naturaleza— a partir de su trabajo que se me antoja, hoy, de una pertinencia inquietante. No me adelanto.

El 11 de febrero del año en curso, apareció en la edición digital de La Vanguardia una noticia con el siguiente titular: Millares y Escobio, homenajeados con galería a su nombre, esperan su museo. Al leerlo sonreí porque imaginé a los protagonistas sentados, impacientes, dando vueltas a sus pulgares. La entradilla de la noticia explicaba: «La Fundación La Caja de Canarias ha rendido homenaje este viernes al pintor grancanario Manolo Millares, fallecido en 1972, y a su viuda, la también artista Elvireta Escobio, cuyos nombres llevan ahora las Galerías de Arte del Centro Cultura CICCA, mientras aguardan un museo dedicado a la figura de Millares en su ciudad natal para saldar una ‘deuda histórica’».

Millares llamaba ‘bofetada’ a su exigencia de que el arte consiga que el público despierte y se cuestione aquello que da por bueno

En otras ocasiones, en referencia a distintos creadores, me he ocupado de este concepto, deuda histórica —generalmente relacionado con lo que podríamos llamar «justicia artística»— que, creo, provoca debates tan acalorados como estériles. ¿Cuándo se salda una deuda histórica con un artista? Voy directa a donde intento llegar con esta reflexión: con dinero privado que cada cual salde las deudas que considere pero con el público, hay que darle una vuelta. Retomo este asunto más adelante.

Mientras deciden si se hace o no el museo Millares, voy a los temas que me interesan realmente. De entre todo lo que he leído, visto y oído acerca de este artista me quedo con la idea de «la bofetada»; esto es, su exigencia de que la obra de arte genere reacciones en el público, que lo despierte y le haga cuestionar aquello que da irreflexivamente por bueno. El pintor eligió un lenguaje, opino, que solo adquiere su verdadero sentido cuando es capaz de funcionar a modo de grito. Recordemos que, en 1958, en una exposición de El Paso celebrada en Murcia, alguien intentó quemar un cuadro suyo y, también que, en Brasil, alguien rajó —esta vez sin intención artística— otro. Supo así que ponía el dedo en la llaga de la misma manera que su admirado Miró, cuando alguien dijo sobre su obra: «Hay que cortarle las manos» y, cuentan, se sintió halagado.

Millares vivió poco, entre 1926 y 1972. Malos tiempos. Tras la Segunda Guerra Mundial, Europa quedó destrozada y el arte se hizo eco de esta devastación. En España hay que sumar (o restar, según se mire) una Guerra Civil de por medio. Ambas condujeron al artista a desarrollar una suerte de reflexiones sobre la involución del ser humano provocada por su propia degeneración. Homúnculo, Antropofauna y Neanderhalio son las tres fases que imaginó para este proceso.

El artista se sirve de telas de arpillera para construir metáforas de la crueldad, lo siniestro, la miseria y lo primigenio

Esta es, en formato breve, la genealogía de sus más reconocibles y reconocidos trabajos, las arpilleras —con su aspecto de saco viejo, maltratado—, inspiradas, como es bien conocido, en la apariencia de las momias guanches. Este discurso estético refleja a un artista que se enfrenta con la necesidad de testimoniar tanta violencia y, a la vez, con la imposibilidad de hacerlo. Se sirve de telas de arpillera para construir metáforas de la crueldad, lo siniestro, la miseria y lo primigenio. A este respecto, comulgo con el filósofo Miguel A. Rivero Gómez cuando sostiene que el trabajo del pintor grancanario es una encarnación de la estética negativa de Adorno.

La fuerte influencia en Manolo Millares y su familia de los desastres bélicos y la represión de la dictadura franquista hicieron de él un artista al que pienso incómodo en situaciones acomodaticias. En 1966, afincado en Madrid, escribió: «Por aquí las cosas están algo aburridas ya que los consagrados artistas de la joven pintura española no quieren arriesgar los privilegios adquiridos y se duermen cómodamente en sus propios y podridos rosales”. Es difícil dar bofetadas cuando al público todo le hace cosquillas.

Manolo Millares, ‘Artefacto para la paz’ (1967). | LP/DLP

Algunos escritos de Millares. | / Natalia Moreno

Por ello, quizás, hizo aquel escaparate para El Corte Inglés en Madrid, en 1963. No es para tanto. En 1948, Pollock aceptó el encargo de una serie de dibujos para que County Homes Inc. vendiera casas de lujo y algunos de sus cuadros, realizados al efecto, fueron fondos en las fotografías de Cecil Beaton para Vogue. Así mismo, de los cuadros de Tàpies dijo Lucie-Smith que estaban en la línea de otras artesanías de lujo tradicionales españolas como el cuero repujado. Cosas que pasan cuando el arte pierde su gancho (en sentido pugilístico) y por ello me cuesta mucho imaginar cuál hubiera sido el devenir artístico de Millares si no hubiera fallecido en 1972.

En los últimos cincuenta años el mundo ha cambiado mucho y muy deprisa. Parece, por exceso de impulso, haber dado un giro de 360 grados, volviendo al punto de partida: aterrados por el miedo al «árbol nuclear y la fruta bacteriológica», como tan bellamente definió Millares una situación tan espantosa que se repite hoy, confirmando sus reflexiones sobre la involución humana. Es por frases como esta, entre otras muchas, que echo de menos a este artista y, de paso, reivindico su trabajo escrito que me parece ha sido escasamente reconocido por la institución literaria. Me deja con ganas de conocer quién o qué aparecerá tras el neanderthalio; como quien espera una segunda temporada pero sabiendo que, esta vez, no llegará.

Eligió un lenguaje que solo adquiere su verdadero sentido cuando es capaz de funcionar a modo de grito

Decía que Millares no ha conocido el mundo de las últimas cinco décadas. Se ha perdido muchas cosas y, si tuviera la oportunidad, me gustaría contarle algunas. Destacaría que hoy, seguramente, tendría que encogerse un poco para compartir espacio artístico con su esposa y su hermana. Si hay una deuda histórica importante en el mundo del arte es, sin duda, con las mujeres, por lo que habría que computarla a la hora de gastar dinero público. También ando revuelta estos días por el reciente cierre de la conocida plataforma digital Arteinformado por carecer de los recursos económicos mínimos para seguir funcionando después de veinte años en los que ha publicado 200.000 eventos de más de 80.000 artistas, comisarios, críticos e instituciones artísticas entre quienes se encuentran, seguramente, algunos lectores de estas líneas.

También me gustaría contarle que este texto surge sobre otro aún caliente que he elaborado acerca del trabajo de un criptoartista para quien sus pinturas constituyen una influencia decisiva, especialmente las Pictografías canarias. Seguramente, no entendería nada de la jerga cibernética —como nada entenderían algunos de los que vieron por primera vez sacos arrugados en las paredes de un museo—, pero pillaría el mensaje y, tal vez, se sentiría orgulloso. Es probable que esta muestra del calado actual de su trabajo le conmoviese más que el homenaje que le acaba de hacer el CAAM; sentido, sí; desde la admiración, también, pero como proyecto expositivo muy para salir del paso.

La influencia en Millares de los desastres bélicos y la represión franquista hicieron de él un artista incómodo

Concluyo con las palabras de Millares en El homúnculo en la pintura actual: «No importa que el hombre se haya roto si de él emergen rosas de légamos y principios renovadores como puños». Ya solo nos queda este consuelo.

Suscríbete para seguir leyendo

TEMAS

  • Millares
  • deuda
  • Museo
  • La Vanguardia
Tracking Pixel Contents