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CRÍTICA

Calor modernista en el Paraninfo

Davide Paiser

Quizás algunas personas aún no se hayan dado cuenta, pero el repertorio para violonchelo y piano atesora, sin lugar a dudas, las páginas más hermosas de toda la literatura camerística. Más allá del limitado pero importante catálogo de obras con esta instrumentación que los grandes compositores nos han legado, lo cierto es que la profundidad de sonoridades y las variedades de expresión que puede alcanzar esta incomparable pareja tímbrica le otorgan la llave del corazón de cualquier audiencia.

La Sociedad Filarmónica de Las Palmas ha tenido el buen gusto de programar, en los últimos tiempos, varios recitales con esta formación. Recordamos ahora las sonatas de Schnittke y Britten, en octubre pasado, a manos de los estonios Marcel Johannes Kits y Sten Heinoja y esperamos la llegada, el próximo noviembre, de la extraordinaria Anastasia Kobekina, acompañada por Jean-Selim Abdelmoula, que coronarán la presente temporada ofreciendo una de las especialidades de la chelista rusa, la maravillosa Sonata para violonchelo y piano del compositor Sergei Rachmaninov.

El concierto del pasado miércoles en el Paranifo de la ULPGC marcó la línea del ecuador en este tiempo en que nos visitan jóvenes y brillantes músicos, ganadores de los principales concursos internacionales de interpretación, esta vez con el alemán Friedrich Thiele al violonchelo y la japonesa Naoko Sonoda al piano. El programa incluía, como ejes principales, dos piezas mayores del repertorio del siglo XX, la sonata de Debussy y la de Schostakovich, entre otras composiciones de menor calado pero de parejo atractivo.

Thiele, nacido en Dresde en 1996, procedente (al igual que su acompañante) de la famosa Kronberg Academy, dio comienzo al recital con unas Variaciones sobre un tema de La flauta mágica de Mozart compuestas por Beethoven en 1801. Como en otras obras tempranas de este compositor, la voz del chelo, siempre en registros graves e intermedios, se funde con la textura del piano, que es quien verdaderamente asume el papel principal. Sonoda, mostrando un dominio completo de la obra, realizó una interpretación impecable.

Solistas de impacto

Thiele, un músico de una solidez fuera de duda y que quizás no tuvo el miércoles su tarde más feliz, afrontó con determinación germánica las particularidades de una sala en la que a ratos se escuchaban sonidos leves pero inquietantes, murmullos de cañerías, aguas corrientes y sistemas de refrigeración capaces de turbar la concentración de quien buscaba crear una atmósfera y sentía que no se lo ponían fácil. La pianista por su parte, imperturbable, supo compensarlo con creces al extraer del fantástico piano del Paraninfo las sonoridades que mejor se ajustaban a cada una de las piezas del programa.

El concierto fue ganando puntos conforme el repertorio se adentraba en la modernidad y la temperatura subía en la sala, forzando al chelista a renunciar a la manga larga para combatir la deshidratación. Tras una interpretación soberbia de las famosas Phantasiestücke de Schumann, llegaríamos a la Sonata en tres movimientos de Claude Debussy, pieza de 1915 en la que se van enlazando distintos temas contrastantes, pasajes cantables, juegos de pizzicato de gusto jazzístico, semblanzas orientales y armonías hispanas en un sugestivo cóctel musical de apenas doce minutos. Los solistas dieron lo mejor de sí en esta pieza, una de las últimas composiciones de Debussy, mediante una interpretación elocuente y bien articulada a través de su amplia paleta de matices y colores.

Tras un eficaz arreglo para chelo y piano de cinco de los Preludios op.34 de Dmitri Schostakovich, Thiele y Sonoda acometieron la pieza más intensa de la tarde, la Sonata op.40 en re menor, escrita en 1934 y dedicada al chelista Viktor Kubatsky, amigo del compositor. Una música que enfrenta parámetros musicales extremos sin salirse de una estructura de filiación netamente romántica. Los elementos modernistas de la obra los encontramos en los giros sarcásticos de sus larguísimas melodías, tan característicos del autor, o en unas armonías que a veces tensionan el espectro tonal, pero sin llegar a romperlo nunca, o en las lúgubres latitudes de los movimientos lentos. Los solistas estaban verdaderamente en lo suyo al llegar a esta pieza, de la cual rindieron una ejecución fabulosa que les valió el cálido aplauso de un público entregado.

Para ir refrescando, antes de salir a la dulce brisa de las ocho y media, el dúo cerraría la velada regalándonos su versión del primer Lied del opus 105 de Brahms, con la que la Sociedad Filarmónica se despidió hasta el próximo 15 de septiembre, fecha en que retomarán la presente temporada con el concierto que Jeanine de Bique y Aaron Wajnberg dejaron pendiente, por motivos de salud de la cantante, el pasado día 14 de este mes.

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