El protagonista de Dr. Uriel es el suegro del dibujante, Sento (València, 1953). A partir de sus cartas y de la memoria familiar reconstruye sus andanzas durante la Guerra Civil. La obra se inicia con una suerte de prólogo, el «mundo ordinario» del personaje, recién salido de la Facultad de Medicina y a quien el inicio del conflicto bélico pilla ejerciendo de sustituto del doctor de un pequeño pueblo. Vuelve a una Zaragoza ocupada por los nacionales y, aunque se alista para no resultar sospechoso, es denunciado y encarcelado. Ahí es donde su aventura comienza. Una prueba ardua para un guionista.

Página tras página, se nos cuenta la angustia de unos personajes encerrados, pendientes de todo sonido que pueda indicar que vienen a darles el paseíllo. Animar visualmente tales escenas no es tarea fácil y es sin duda la parte más sosegada del integral. Con todo, tiene interés y además Sento la anima con ocurrencias como la de la fila de muertos camino del paraíso. Ya desde el inicio notamos algo cada vez menos habitual. Independientemente del bando, lo que hallamos son personas. Gente que se comporta con honestidad o lo contrario. Como el cura que intercede por los presos y que desde su púlpito protesta contra la guerra. Luego lo paga. Un personaje poco habitual en las ficciones hispanas y que Sento construye con mimo. Su vida concluye en el ya citado pasaje del cielo, en el que podría pensarse que los textos se llevan el protagonismo pero que está tan bien escrito que se despacha de un tirón. Una gran idea en un libro lleno de ellas. Sento sale bien librado de esa situación de «habitación cerrada» y lanza a Uriel al frente de combate, donde la narración es más ligera y expansiva.

La angustia de unos personajes pendientes de todo sonido que pueda indicar que vienen a darles el paseíllo

En Belchite, donde transcurre el segundo acto, el autor vuelve a mostrar que las personas son más importantes que las ideologías. Conocemos al alférez Ruiz, un falangista descerebrado, pero también al capitán Pellicer, un militar profesional que se porta con nobleza con el médico, sin importarle su fama de rojo. Poco a poco se filtra una idea como es la importancia del azar, con personajes cuya adscripción a un bando u otro depende más de dónde estaban al inicio de la contienda que de sus convicciones. Más importante aún, para algunos la guerra es una excusa para imponer su voluntad, y para otros, un momento en el que resulta obligado mantener unas reglas de juego mínimas. Algunos de los mejores momentos suceden cuando los soldados se olvidan de sus jefes y llegan a pactos con los contrarios, para poner un poco de orden en una situación irracional. Una de esas secuencias es un alto el fuego que acuerdan para enterrar a unos muertos que ya apestan en exceso y, de paso, intercambiar tabaco por papel de liar. Otra es la escena navideña, cuando un negro de la Brigada Lincoln se pone a cantar Silent night y luego todos le siguen y acaban saliendo de las trincheras para celebrar la Nochebuena. Un pasaje mágico que acaba con el encarcelamiento de todos.

Por el camino se cuentan muchas cosas: el hermano fusilado en una cuneta, el otro que vuelve traumatizado de la cárcel, el perro que acompaña a Uriel en el frente, el ataque con artillería... Uriel acaba en Belchite, atrapado en una iglesia que cumple las funciones de hospital, sin apenas medicinas y con los heridos llenándose de moscas. Una situación angustiosa, con un cerco cada vez más estrecho, que el cómic refleja con crudeza. Aunque el dibujo de Sento tiene siempre esa sencillez, esa elegancia distorsionada que es tan de los 80, aquí lo ha llenado de rayas y grises, aportando la suciedad que requería. Ese callejón sin salida se culmina con la tremenda escena de la amputación. Luego ya solo queda un temerario intento de fuga. Finalmente, los escasos supervivientes se entregan a los vencedores, los republicanos. Uriel acaba en otra prisión, ahora al mando de los rojos. Pero antes se nos ofrecen escenas espeluznantes, como el interrogatorio del comisario que decide quién es un buen revolucionario y quién debe ser fusilado. La viñeta con Uriel sentado y los muertos amontonándose a sus pies es brutal.

Las peripecias del Dr. Uriel

El tercer acto tiene algo de vuelta al principio, con Uriel de nuevo entre rejas. Ahora es ya un personaje más maduro que hace algo más que sentarse a esperar. Sento tiene la astucia de animar esta parte con actividades carcelarias clásicas, como los mafiosos que hacen su voluntad en el patio y diferentes subtramas. La actitud ecuánime se mantiene, con dirigentes rojos muy desagradables y otros más humanos. El héroe hasta conoce a una chica, con la que mucho más tarde se casa.

Dr. Uriel es un trabajo mayor, muy bien escrito y narrado, lleno de secuencias trepidantes y donde el drama histórico no se come a los personajes, se ajusta a sus peripecias vitales y morales y nos permite comprobar cómo hay verdaderos héroes capaces de adaptarse a las circunstancias más adversas. ¡Olé!