«El azar, ese dios extraviado», clama un verso de la poeta uruguaya Ida Vitale (Montevideo, 1923), quien, a punto de alcanzar, el próximo 2 de noviembre, los cien años de edad, conserva una activa lucidez tal, que en mayo participó, por ejemplo, en la Feria del Libro de Buenos Aires (en un acto rotulado, en su homenaje, Las 100 vueltas de Ida). Es justo el extravío lo que vuelve a ese dios más humano, y, al tiempo que la conmina a «disfrutar del error y de su enmienda», como defiende en su poema Penitencia, le permite asumir que «después, ya muertos, rodaremos, redondos y olvidados».

Si bien sus primeros poemarios contaron con el espaldarazo de poetas tan distinguidos (incluso con el premio Nobel) como Juan Ramón Jiménez, que la incluyó en una temprana antología, y de cuya esencial concisión sin duda bebe, u Octavio Paz, que la acogió como activa colaboradora en su legendaria revista Vuelta, a Ida Vitale no le ha llegado el reconocimiento sino en los últimos lustros. En cierto modo, su longevidad es justiciera con ese reconocimiento tardío, pues le dieron el Cervantes hace apenas un lustro, a los 95 años (también Nicanor Parra y Francisco Ayala lo recibieron tarde y murieron a los 103). En efecto, pese a haber recibido muy joven, ya desde su adolescencia, los parabienes de su primer profesor de literatura, José Bergamín, entonces exilado en Montevideo, Ida Vitale hubo de esperar a nonagenaria para que el azar se extraviara a su favor; y con creces, pues, tras obtener el Premio Octavio Paz, en 2009, se hizo, en años consecutivos con todos los galardones de relieve: el Alfonso Reyes (2014), el Reina Sofía (2015), el Federico García Lorca (2016), el Max Jacob (2017)…

Como ella misma ha expresado, «la vida sin misterio es aburrida, pero para encontrarlo hay que partir del aburrimiento. Y hasta el aburrimiento trata de ser eliminado hoy día. Hay una preocupación exagerada por tener la cabeza constantemente ocupada. ¡Pero en qué… en qué!». Con una biografía marcada por el nomadismo, huyendo de la dictadura militar uruguaya, para exilarse primero a México y luego a Texas, Vitale fue pionera en vivir el amor a su completo albedrío. Visto con los ojos de entonces es una heroicidad que, en los años sesenta del siglo pasado (y tras la ruptura con su primer marido, el ensayista y crítico Ángel Rama, padre de sus dos hijos), una mujer en su cuarentena, Ida Vitale, formara pareja con un joven de 22, el también poeta y uruguayo Enrique Fierro, en una relación vitalicia de casi medio siglo, hasta la muerte de éste, en 2016.

En consonancia con su nombre, sus versos buscan tenderle torniquetes anti-fuga a la ida vida; retener, con pequeños signos mironianos, detallistas, esenciales y cotidianos, las vivencias idas, en su doble acepción: desarraigadas y esfumadas, y, de ese modo, conjurar la fugacidad y dispersión de la existencia. En su emblemático poema Exilios, del libro De procura de lo imposible (1998), Vitale escribió: «La mirada se acuesta como un perro, / sin siquiera el recurso de mover una cola. / La mirada se acuesta o retrocede, / se pulveriza por el aire / si nadie la devuelve. / No regresa a la sangre ni alcanza / a quien debiera. / Se disuelve, tan sólo». Es una muestra de las sutilezas transversales de su poesía, a la vez vanguardista y clasicista, intimista y externalizada, discursiva y concisa.

En su afán por reunir los fragmentos vitales, sin por ello vulnerarlos, sus versos apuntan a una definitiva sincronización de la existencia; «Todo aquí es palimpsesto, / pasión del palimpsesto: / a la deriva», subrayará en un poema, al tiempo que, para no perderse nada, con un dedo de la otra mano nos señala: «Cada horizonte: donde un ascua atrae».

En su poesía confluyen, ciertamente, lo sensorial y lo reflexivo, propiciando que, de su abonado intimismo, surjan brotes creacionistas. Si observamos que es simbolista, comprobamos, sin embargo, que sus símbolos se mantienen siempre en un plano naturalista, con vida propia, pues en la misma proporción en que describen los estados anímicos, se humanizan ellos mismos. Así, en el poema Gotas, por ejemplo, que con significar lágrimas humanas, éstas «acaban de dejar de ser la lluvia. / Traviesas en recreo, / gatitos de un reino transparente,/ corren libres por vidrios y barandas, / umbrales de su limbo». Poeta ambidextra, en definitiva, del mismo modo que Ida Vitale ha hecho del exilio su más certera forma de vida, cantando aquí y allá al nomadismo, eso no le impide enaltecer «la apariencia del viaje en la inmovilidad».

Todo fluye, heraclitianamente, pero aún reconoce, desde la atalaya de sus inminentes 100 años, la germinal fijeza que le renueva el impulso de la escritura, con este inquietante lema: «Una lluvia de un día puede no acabar nunca».