Cine

La magnificación del mito

Billy Wilder construyó en ‘La tentación vive arriba’ una de sus comedias más corrosivas

Tom Ewell y Marilyn Monroe, en una escena de ‘La tentación vive arriba’, de Billy Wilder. | | LP/DLP

Tom Ewell y Marilyn Monroe, en una escena de ‘La tentación vive arriba’, de Billy Wilder. | | LP/DLP / Claudio Utrera

Claudio Utrera

Claudio Utrera

El maestro Billy Wilder, titular de una de las filmografías más aclamadas del cine estadounidense del pasado siglo, dirigió y coprodujo, en 1955, décadas después de su arranque profesional como guionista en la película de Ernest Laemmle El reportero del diablo (Der teufelsreporter: im nebel der Grosstadt, 1929), La tentación vive arriba (The Seven Year Itch), una sitcom escrita por George Axelrod y el propio Wilder e inspirada en la pieza teatral homónima de Axelrod, donde se produce el primero de los dos encuentros profesionales que tuvo el autor de El apartamento (The Apartment, 1960) con la mítica Marilyn Monroe. Uno de los maridajes cinematográficos más fructíferos tras el producido, en 1930, entre Josef von Sternberg y Marlene Dietrich, a partir de El ángel azul (Der blaue Engel), según la novela Profesor Unrat, de Heinrich Mann.

Aquel encuentro, rebautizado como «milagroso en la historia del cine» por Peter Bogdanovich, propició la simbiosis entre uno de los demiurgos supremos del arte de la comedia y una de las grandes actrices del género, reforzado, cinco años después, con el rodaje de la magistral Con faldas y a lo loco (Some Like It Hot).

En su excelente libro ¿Quién diantres eres, Billy Wilder? (Laertes, 1990), Tom Wood escribe: «Aunque la película costó 150.000 dólares más de lo presupuestado, el estudio estaba encantado con la estrella. Se convirtió en la película más taquillera de la Twenty Century Fox en aquel año. Incluso algunos sectores de la crítica la saludaron como «sensacional», «una película para partirse de la risa» y un «juego para adultos». Por primera vez, podía afirmarse que no había inconsistencia ni incongruencias en la caracterización que hacía Marilyn de la joven y solitaria vecina del protagonista del filme. Life, señalando que las situaciones elevaban a la diva todavía más que a su famosa falda volando sobre la boca del metro, proclamaba que el filme contestaba a esa pregunta candente: «¿Puede actuar Marilyn Monroe?» con su retumbante «Sí».

Su capacidad como intérprete, cuestionada en gran medida desde ópticas inequívocamente sexistas, quedó meridianamente clara, no sólo con la impecable composición de su personaje en esta película sino en muchas otras de sus apariciones en la pantalla bajo batutas tan ilustres como las de John Huston, Howard Hawks, Henry Hathaway, Fritz Lang, Otto Preminger, Laurence Olivier, George Cukor o John Sturges, desvelando a las claras una versatilidad actoral completamente inadvertida durante los primeros años de su carrera artística encarnando papeles de escasa visibilidad.

La estrella, principal activo de la todopoderosa Fox durante aquellos boyantes años, además de una figura irremplazable en el engranaje de un género que Wilder afrontó siempre con un talento endiablado en producciones del calado de Irma la dulce (Irma la Douce, (1963), Ariane (Love in the Afternoon, 1957), En bandeja de plata (The Fortune Cookie, 1966), Bésame, tonto (Kiss Me, Stupid, 1964), Qué ocurrió entre mi padre y tu madre (Avanti!, 1972), Aquí un amigo (Buddy Buddy, 1981) o Primera plana (The Front Page, 1974), repitió la experiencia cuatro años más tarde encarnando el papel de Sugar, la bella y explosiva cantante de una orquesta de mujeres en Con faldas y a lo loco, en compañía de un Jack Lemmon, un Tony Curtis y un George Raft memorables. Todo un torrente de agudeza, ingenio y desenfreno del que seguiremos disfrutando mientras nos quede el aliento necesario para digerir menús cinematográficos tan sugestivos para los paladares más exigentes.

Y aunque La tentación vive arriba nunca figuró entre las comedias más celebradas oficialmente por los críticos e historiadores, con el paso del tiempo fue adquiriendo cierta pátina de distinción tras los continuos pases por las cadenas televisivas de medio mundo y la consiguiente recapitulación de la que ha sido objeto durante ese período entre legiones de exégetas del genial cineasta austroamericano. El filme, primera producción en color de Wilder, retrata las fantasías eróticas de Richard Sherman (Tom Ewell), un pequeño burgués y algo pánfilo, ejecutivo de una editorial de libros de bolsillo, que vive acosado por sus continuas inseguridades y sus dudas tras enviar a su esposa y a su hijo de vacaciones fuera de Nueva York y tener que afrontar, en un escenario tan tentador, su eventual soledad en medio de una intensa ola de calor que condiciona, impulsa y perturba su estado emocional, sobre todo, ante el encuentro fortuito con una explosiva rubia que se hospeda, temporalmente, en el apartamento que se halla encima del suyo. Sufre la tentación y se comporta de un modo delirante pese a que, no obstante, no tiene ninguna aventura con la chica.

Wilder, más preocupado por incidir en el lado más emocional del inconsolable Richard y en sus cábalas morales acerca de la posibilidad de cometer una posible infidelidad que en urdir algún tipo de estrategia con fines lúbricos, nos desvela la incapacidad manifiesta del personaje para escapar de la extraña encrucijada personal a la que le conduce una situación sobrevenida en medio del rutinario hábitat en el que se desarrolla su vida diaria en su apartamento neoyorquino, junto a una esposa de hábitos rutinarios. Pero, a pesar de no ser de su gusto y de que la censura le impidiera mostrar la consecución del adulterio, la cinta no solo no decae a lo largo de sus cien minutos de duración, sino que logra esquivar continuamente la sólida estructura teatral que la envuelve a través del empleo de unos diálogos dotados de una agudeza y mordacidad ejemplares.

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