Literatura
Otro Lenin
Este año se conmemora el centenario de la muerte del protagonista del fundador de la extinta Unión Soviética
Catarata edita una nueva biografía de su figura

Otro Lenin / La Provincia.
El centenario de la muerte de Lenin acaba de cumplirse, 21 de enero de 1924, y los libros dedicados a su figura están saliendo como setas en otoño. Como me considero comunista, de los de antes, es normal que todos ellos me interesen. Máxime cuando considero que, contadas excepciones, no hay libro que no tenga algo aprovechable, aunque sea poco o malo, al menos para no cometer los errores que contenga, para saber que piensan otros y huir de a complacencia y pereza mental que produce leer solo a aquellos con los que uno, a priori, está de acuerdo. Así que me compré esta nueva biografía del revolucionario ruso. De entrada prometía.
El autor declara que intenta ser objetivo pero no equidistante. Y en la contraportada niega que Lenin fuera un genio o un horrendo psicópata cruel, sino alguien sin escrúpulos morales, que supo navegar la sociedad y la época que le había tocado. También se nos informa que José M. Faraldo es profesor de historia contemporánea en la Universidad Complutense. La falta de equidistancia se demuestra con la afirmación de la carencia de escrúpulos morales. Pero esa declaración no es obstáculo para que leamos esta breve biografía del fundador de la extinta Unión Soviética. Son apenas ciento cincuenta páginas, eficazmente escritas, donde se nos resume la vida del protagonista de la revolución de 1917.
Que el autor no es leninista y que no le cae bien su biografiado ya lo sabemos por el texto de la contraportada. Pero lo mínimo que se le pide a un biógrafo es ajustarse a los hechos y, sobre todo, no especular. Aunque algunos consideren anticuada la forma con las Zweig y Ludwig escribieron sus numerosas biografías, hay que reconocer que nunca especularon ni dejaron que sus prejuicios enturbiaran el relato de la vida de quien contaban. Rara vez añadían un juicio moral y cuando lo hacían advertían al lector y tomaban las precauciones necesarias para distinguir los hechos de los juicios. El profesor Faraldo desbarra un par de veces, más allá de lo que se le puede permitir a un biógrafo. Insiste en la supuesta cobardía de Lenin, cada vez que este se ve obligado a disfrazarse y esconderse de los agentes de la reacción. Parece que estimaba más valiente que Vladimir Ilich esperara tranquilamente a que las fuerzas de la reacción vinieran a buscarle y lo ejecutaran como ocurrió con Rosa de Luxemburgo y Carl Liebknecht. Esa estupidez no vale la pena ni comentarla.
Nos cuenta que Lenin se peleaba con todo el mundo, sobre todo con los mencheviques de Martov, pero no se dice nada del motivo de estas discusiones que llevaron a la ruptura entre los socialdemócratas rusos. Los libros que escribió el revolucionario son nombrados de pasada y casi sin detenerse un mínimo en ellos excepto en El imperialismo, fase superior del capitalismo y El estado y la revolución. Del primero se señala su premonición de las luchas anticolonialistas y poco más. El segundo es definido como un texto confuso, ingenuo y utópico, en el que se habla de la desaparición del estado como una pretensión nihilista y utópica. Al que quiera conocer un poco el pensamiento y las teorías de Lenin, este libro no le va a ayudar. Quizás la justificación oscile entre la brevedad del texto y que el autor es historiador y no filósofo ni teórico de la política.
La asunción de la paz reclamada por el pueblo ruso es tildada por el autor como una prueba de la demagogia de Lenin. Sin embargo se nos ha contado que desde el principio Lenin se opuso a la Primera Guerra Mundial y reclamaba que se convirtiera en una guerra revolucionaria por la que el proletariado europeo derrocaría a sus gobiernos capitalistas. Las masas exigían la paz.
No reconocerlo y continuar con la guerra fue lo que provocó el desprestigio del gobierno provisional de Kerenski, lo que lo distanció irremediablemente del pueblo y facilitó que los bolcheviques asaltaran el poder. La gente los apoyó y los siguió porque eran los únicos que asumieron la idea de la paz, una paz sin concesiones y con sacrificios si era necesario. Ni los social revolucionarios ni los constitucionalistas apoyaban esa idea.
Los primeros querían una paz con territorios para liberar a esos pueblos y los segundos continuar los compromisos que el gobierno del zar tenía con los aliados. Solo Lenin desde el principio y los bolcheviques poco después, asumieron la consigna de la paz. Y eso es lo que los llevó al poder. El pueblo estaba harto de la guerra, pero para Faraldo, compartir y defender esa idea era demagogia leninista. Según ese razonamiento, si un partido gana unas elecciones asumiendo las ideas de la mayoría, el no a la guerra de Irak o no a las mentiras del gobierno saliente, también es demagogia. No sé qué entiende por democracia el profesor Faraldo. Teóricamente la democracia se basa en el gobierno de las mayorías.
Cuando se nos cuenta la vida de Lenin exiliado en París, se nos dice: «Lenin atendía con asiduidad algunos de los cafés de los artistas y escritores más conocidos, relacionándose a su forma austera y dogmática con ellos –para quienes era un «extremista aburrido–». Jugaba al ajedrez con Apollinaire, hacia largas excursiones en bicicleta, paseaba con amigos rusos, y hasta es posible que frecuentara los prostíbulos.
No se cita ninguna fuente que pruebe esa supuesta frecuentación de los prostíbulos, que además no casa con la imagen austera y dogmática que se nos transmite. El autor falta a una regla básica de las biografías, no especular, atenerse a las fuentes. Pero parece que viene bien para rebajar la imagen del revolucionario convertirlo en un putero, sin aportar ninguna prueba. No es que nos moleste la acusación, lo que molesta es que se haga como mera sugerencia y sin nada que la refrende. No es desde luego un ejemplo de ética del biógrafo. A base de insinuaciones se puede escribir cualquier cosa.
Para demostrar el cinismo que se le achaca al líder bolchevique, Faraldo escribe: «Durante algo más de un mes, Lenin estuvo en prisión, donde fue interrogado repetidas veces. Su declaración ante la policía recoge muy bien las características más claras del cinismo político del que haría gala toda su vida. Proclamó que se declaraba inocente de pertenecer al partido socialdemócrata ni a ningún otro partido, que no tenía conocimiento de la existencia de ningún partido antigubernamental ni de haber participado en la agitación de los trabajadores».
Añade que la propaganda encontrada en su poder le fue entregada por una persona cuyo nombre no recuerdas. Es decir, negar a la policía autócrata la pertenencia a un partido revolucionario es para el profesor Faraldo una prueba de cinismo político. O sea, que cuando los comunistas y otros antifranquistas eran detenidos por la Brigada Político Social y negaban su pertenencia al Partido Comunista y cualquier actividad propagandística contra el régimen, lo que hacían para intentar evitar la cárcel y traicionar a los compañeros, eran en realidad unos cínicos. La vara de medir el cinismo de este profesor choca directamente con las luchas de todos aquellos que se han enfrentado a la cárcel por defender sus ideas.
En cuanto a la represión zarista el autor considera como leve y benevolente la expulsión de la universidad con la consiguiente prohibición de matricularse en otra, solo por participar en una manifestación. Se nota que el autor no conoció el franquismo ni tuvo contacto con ningún joven al que se le prohibiese estudiar. En el franquismo se truncaba el futuro de los jóvenes con esa dura medida. Cerrar las puertas de la universidad significaba el fin de la posibilidad de ascender en la escala social por medio del estudio para muchos jóvenes de clase trabajadora. En cuanto a su comentario de que la pena del exilio a Siberia era ligera y casi como unas vacaciones pagadas, no vale la pena que digamos nada.
Es cierto que el libro hace justicia a Kruspkaya como líder del partido bolchevique, que es un buen resumen y bien escrito de la vida de Lenin. Pero le falta una cronología y reconocer que algunas de las fuentes que utiliza ya tienen edición en español. Es una biografía de Lenin que podemos leer con el sentido del humor que le falta al autor.
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