Un galán taciturno

La huella en toda una generación del más universal de los actores italianos de posguerra

Marcello Mastroianni en ‘Fellini, ocho y medio’ (1963), de Federico Fellini.

Marcello Mastroianni en ‘Fellini, ocho y medio’ (1963), de Federico Fellini.

Claudio Utrera

Claudio Utrera

Hubo una época en que el público aprendía más de la vida en el cine que en otras fuentes de información más directas. Y las estrellas significaban –para los adolescentes en especial– una manera de intuir los secretos y esplendores de la atracción sexual o los ocultos resortes que activan el arte de la seducción. Ya lo anticipábamos hace un par de semanas en estas mismas páginas con el artículo que dedicábamos, en su 90 aniversario, a revisar el recorrido artístico y personal de una figura tan crucial para el cine europeo de posguerra como Sophia Loren, actriz que formó, junto a la estrella que ocupa el presente reportaje, uno de los grandes tándems icónicos de la etapa más florida e influyente de la cinematografía italiana.

Marcello Mastroianni (Fontana Lira, Frosinone, 1924/París, 1996), del que se cumple este año el centenario de su nacimiento, fue otra de esas figuras imborrables que marcaron a fuego una generación, si bien a diversas escalas, como lo fueron también Vittorio Gassman, Aldo Fabrizi, Virna Lisi, Alberto Sordi, Giancarlo Giannini, Giuglietta Masina, Gina Lollobrigida, Nino Manfredi, Ana Magnani, Silvana Mangano, Virna Lisi, Lucia Bosé, Massimo Girotti, Renato Salvatori, Ugo Tognazzi o la propia Loren. Una generación inspirada en una lectura frontal de la nueva realidad que nacía de las cenizas de la guerra, así como por un profundo deseo de liberar al cine italiano de los viejos y férreos cánones impuestos por las denominadas comedias de telefoni bianchi, que tanto contribuyeron a blanquear el largo y sombrío periodo fascista. Y con motivo de esta efeméride, el pasado festival de Cannes estrenó en su apartado competitivo, y con una desigual acogida de la crítica internacional, Marcello mio (2024), dirigida por Christophe Honoré, e interpretada por Chiara Mastroianni –hija del actor–, película en la que se rinde un «incalificable» homenaje al mítico actor.

Marcelo Mastroianni con Anita Ekberg en ‘La dolce vita’ (1960), de Federico Fellini.

Marcelo Mastroianni con Anita Ekberg en ‘La dolce vita’ (1960), de Federico Fellini. / La provincia

La prueba palmaria de la versatilidad que caracterizó siempre su copiosa carrera profesional se pone claramente de relieve a lo largo de los alrededor de ciento setenta largometrajes en los que intervino y en la enorme diversidad de personajes que encarnó. Desde sus breves apariciones como extra en títulos más o menos irrelevantes, como Marionette (1938), de Carmine Gallone; La corona de hierro (1940), de Alessandro Blasetti; Una storia d´amore (1942), de Mario Camerini o Tres enamoradas (1952), de Luciano Emmer, hasta sus memorables actuaciones como figura estelar en muchas de las producciones italianas más influyentes de los cincuenta y de los sesenta bajo las ilustres batutas de Federico Fellini, Vittorio de Sica, Francesco Rosi, Luchino Visconti, Mario Monicelli, Jules Dassin, Michelangelo Antonioni, Ettore Scola, Marco Ferreri, Alberto Lattuada, Paolo y Vittorio Taviani, Luigi Comencini, John Boorman, Jaques Demy, Roman Polanski o Liliana Cavani, su filmografía viene precedida, sin duda, de una inobjetable ejemplaridad.

No obstante, sus primeros y titubeantes pasos en el oficio de actor no le impidieron nunca ejercer el sano ejercicio de la autocrítica, como demuestra en sus memorias (Sí, ya me acuerdo…), publicadas un año después de su muerte, donde afirmaba, sin ambages lo siguiente: «He hecho varias películas realmente malas», subrayaba, «especialmente al comienzo de mi carrera (y también después). De todas en las que he intervenido, más de veinte han sido realmente mediocres, muy malas. La razón es que en el cine, uno tiene que dejarse ver; no puede elegir las películas que quisiera hacer. A veces uno acepta a sabiendas ya, por el guion, de que no será una buena película, pero siempre confía en la suerte. ¿Has visto alguna vez que pase algo, que la película acabe siendo buena? Luego, a medida que aumenta el éxito, hemos de adquirir una villa, y una piscina, y luego incluso un yate. Yo todo esto lo he hecho, es la pura verdad: sí porque estos objetivos representan, a fin de cuentas, la conquista del éxito, y también del bienestar, todo sea dicho».

DE GRAN CANARIA A ‘OJOS NEGROS’

Más de un mes estuvo en Gran Canaria Marcello por Tirma, con Silvana Pampanini en dicho filme / La provincia

Tras casi dos décadas virtualmente encasillado en papeles de «buen chico» en comedias de corte costumbrista junto a las más espectaculares maggiorate del cine italiano de la posguerra (Gina Lollobrigida, Eleonora Rossi Drago, Marisa Alassio, Silvana Pampanini, Sandra Milo, Sophia Loren…) en títulos en la mayoría de los casos insustanciales, aunque muy taquilleros, como Vida de perros (1950), de Steno y Mario Monicelli; Sensualitá (1952), de Clemente Fracassi; La ladrona, su padre y el taxista (1954), de Alessandro Blasetti, cuando no mistificadores y pretenciosos péplums como Tirma (La pincipessa della Canarie, 1954), la coproducción hispano italiana, rodada íntegramente en Gran Canaria, bajo la dirección de Paolo Moffa y Carlos Serrano de Osma, a partir del drama homónimo de Juan del Río Ayala, a la que se le agregó un batallón de guionistas entre los que figuraba el mismísimo Michelangelo Antonioni. Su estrella dio un giro radical a partir de su participación como el desdichado protagonista de Noches blancas (1957), su primera experiencia cinematográfica junto a Luchino Visconti, basada en la novela de Feodor Dostoyevski, con la que el director milanés obtendría aquel año el León de Plata y Mastroianni el Premio al Mejor Actor en la Mostra de Venecia, emprendería, a partir de entonces, una de las carreras cinematográficas más brillantes y rompedoras de su tiempo.

Su intervención como héroe taciturno, enamoradizo y vulnerable en esta estilizada adaptación de la novela del escritor ruso le permitiría dar el segundo gran paso en su trayectoria artística cuando Federico Fellini, fascinado por sus espléndidas interpretaciones en películas como Cronache dei poveri amanti (1954), de Carlo Lizzani; Noches blancas y Rufufú (1958), de Mario Monicelli, lo reclama para protagonizar La dolce vita (1960), una crónica especialmente despiadada sobre la degradación de la alta burguesía romana, al que le seguirían otros grandes títulos italianos de aquella década como El bello Antonio (1960), de Mauro Bolognini; La noche (1961), de M. Antonioni; El asesino (1961), de Elio Petri; Vida privada (1962), de Louis Malle; Ayer, hoy mañana (1963) y Matrimonio a la italiana (1964), ambas bajo la dirección de Vittorio de Sica; El extranjero (1967), su segundo trabajo a las órdenes de Visconti, inspirado en la novela homónima de Albert Camus; Rufufú (1958), de Mario Monicelli, Leo el último (1970), del británico John Boorman o Una jornada particular (1977), el drama de Ettore Scola sobre la Italia de Mussolini. Una época que le permitió, sobre todo, experimentar un nuevo tipo de personajes, muy alejado de los que representaba en sus tibios inicios como galán de comedias ligeras, experiencia que repetiría encarnando a un Giacomo Casanova antológico en La noche de Varennes (1981), escrita también por el propio Scola.

Un galán taciturno

La ciudad de las mujeres (1979), de Fellini, / La Provincia

Tras el rotundo éxito obtenido con su papel de periodista indolente y extraviado en La dolce vita, el actor volvería a protagonizar otras cuatro cintas firmadas por el maestro de Rimini, aportando actuaciones tan memorables como la del cineasta asediado por su entorno que deambula entre la realidad y la ensoñación en Fellini 8/2 (1963); su cameo inolvidable en Roma (1971); el hombre soñador que se deja llevar por la fugitiva belleza de una misteriosa mujer en La ciudad de las mujeres (1980) o el anciano bailarín que, junto a Giulietta Massina –esposa de Fellini a la sazón– protagoniza esa deslumbrante y decadente sátira sobre el mundo de la televisión italiana que es Ginger & Fred (1985).

Pero su marco de actuación llegaría a traspasar otros escenarios fílmicos tan radicales o más que los del propio Fellini. En 1973, con sus alforjas bien cagadas de personajes absolutamente inenarrables, asumiría, en compañía de Ugo Tognazzi, Michel Piccoli y Philippe Noiret, el papel de un piloto de línea embarcado en una enorme bacanal con claras intenciones suicidas, a las órdenes de Marco Ferreri. La gran comilona, ese era su título, parte de un guion original de Rafael Azcona y del propio Ferreri, y fue distinguido con el premio Fipresci (Federación de la crítica internacional) en el festival de Cannes, generando el consiguiente escándalo entre los sectores más próximos al Vaticano.

Un galán taciturno

Ojos negros (1987), de Nikita Mikhalkov. / La Provincia

Con los hermanos Taviani Mastroianni protagonizó Allonsanfan (1974), una sutil y original metáfora histórica contra el aventurerismo revolucionario y las ideologías y prácticas de la extrema izquierda italiana durante los años 60 y 70 del siglo pasado donde el actor construye quizás uno de sus interpretaciones más complejas, acompañado por un excelsa banda sonora del gran Ennio Morricone y con Lea Massari y Laura Betti como espléndidas compañeras de reparto.