Entrevista

Annie Ernaux: "No tengo la sensación de escribir solo para las mujeres. Me gusta que los hombres también me lean"

La Nobel presenta la recuperación de dos libros, 'Lo que ellos dicen o nada' y 'El lloc', en Barcelona, además del documental rodado por su hijo, 'Los años de Super 8'

Annie Ernaux, en Barcelona, este miércoles.

Annie Ernaux, en Barcelona, este miércoles. / Zowy Voeten

Elena Hevia

Durante años, mucho antes de que le concedieran el Premio Nobel de Literatura en 2022, Annie Ernaux ha sido santo y seña de una escritura femenina que aspira a analizar sin adornos y sin misericordia qué ha significado ser mujer desde el punto de visto social, sexual y creativo. Sus libros, pequeños e intensos, manejan en clave autobiográfica las contradicciones propias de esta chica de provincias que alcanzó el reconocimiento a costa del desclasamiento de sus humildes orígenes.

Dos libros de la autora francesa (82 años), recuperados de su larga trayectoria, están ahora en las librerías. Son ‘Lo que ellos dicen o nada’, una primera aproximación al tema del consentimiento y la violación que más tarde desarrollará en ‘Memoria de chica’ (Cabaret Voltaire) y ‘El lloc’ (Angle), versión en catalán de 'El lugar', su primer éxito en el que retrata la distancia que le separaba de su padre y por el que consiguió el Premio Renaudot. La autora ha visitado Barcelona para presentar en Filmoteca de Catalunya el documental ‘Los años de Super 8’ (disponible en Filmin) firmado por su hijo David Ernaux-Briot, en el que al igual que en sus libros, utiliza sus recuerdos -aquí concretamente las viejas películas familiares domésticas- para reflexionar sobre el pasado y que, escrito por ella, considera una pieza más de su obra literaria.

Es fácil interpretar su Nobel como un reconocimiento general a la escritura de todas las mujeres. ¿Lo percibió así?

En cierta medida, sí. Fue una manera de reconocer que las mujeres somos importantes e iguales a los hombres. La Academia sueca subrayó mi intención de desvelar las raíces, los extrañamientos y las trabas colectivas a la memoria personal. Ese carácter social está en mi escritura y es mi compromiso.

¿Qué siente cuando las lectoras se le acercan para decirle: lo que ha escrito me ha pasado a mí?

No tengo la sensación de escribir solo para las mujeres. Me gusta que los hombres también me lean. Mis libros no tienen una perspectiva feminista, porque no me lo he propuesto. Pero sí muestran temas que han sido cruciales para mi memoria y mi experiencia y mi historia se confunde con la de tantas mujeres. Lo hice gracias a que mi madre me ofreció un discurso que no era el dominante en los años 60. Por ejemplo, escribí ‘Memoria de chica’ un año antes de que estallase el Me Too. Ahí conté la violación a la que me enfrenté en unos campamentos de verano cuando yo me consideraba una chica libre que se va a la cama con quien quiere. Eso hoy suena anacrónico, pero entonces podían decir que eras una perra que te ibas detrás de cualquiera.

En Francia sin embargo un buen número de mujeres se están oponiendo al Me Too.

Es un tema generacional. Muchas mujeres de mi quinta, como Fanny Ardant o Catherine Deneuve, que han tenido un poder y reconocimiento excepcionales, han mostrado su disconformidad. Es su historia. Quizá sufrieron acoso y lo ignoraron, quizá se han olvidado de los agravios. No las juzgo. Son adorables. Pero yo ahora también soy una mujer privilegiada y mi forma de responder a ello ha sido escribir ‘Memoria de chica’ o ‘La mujer helada’.

De sus obras se desprende que lo personal es político, y en este sentido es una activista social cuya voz tiene un peso más allá de la escritura. A tenor del ascenso de la extrema derecha en Europa ¿cree que su país ha perdido la memoria?

Hace ya un tiempo que ocurre esto. Hemos perdido la memoria de los avances sociales del Frente Popular anterior a la última guerra mundial. También nos hemos olvidado de cómo nuestra extrema derecha de entonces entregó a los judíos durante la ocupación. Es muy sintomático que el Reagrupamiento Nacional de Marine Le Pen haya apostado por Israel contra Gaza, cuando sabemos perfectamente que hay mucho antisemita en ese ambiente. El panorama es terrible, porque se ha puesto el acento en contra de la emigración y eso ha hecho que el diablo se haya introducido en el interior de la política francesa.

Macron es un político al que le gusta jugar. Está embriagado por el poder y quisiera convertirse en una especie de De Gaulle

¿Qué añadiría a la crítica carta que dirigió a Macron hace algunos años?

La escribí en un momento concreto durante la pandemia, sentía que él era un autócrata y lo que vino después fue mucho peor. Macron es un político al que le gusta jugar. Está embriagado por el poder y quisiera convertirse en una especie de De Gaulle puesto al día, pero no está a esa altura en el terreno internacional. Sus últimas decisiones respecto a Ucrania las ha tomado solo, por su cuenta y riesgo, y eso es algo que da miedo.

En su libro ‘El lugar’ / ‘El lloc’ utiliza una cita de Jean Genet: “Escribir es el último recurso cuando se ha traicionado”. ¿Concibe la escritura como una traición?

Sí, he sentido una gran cupabilidad respecto a mis orígenes. Especialmente, en la adolescencia, cuando rechazaba mi entorno y tenía ganas de convertirme en otra persona. La escritura me sirvió para confrontarme con aquel mundo que abandoné.

Otra cita, esta vez suya de ‘El hombre joven’, dice: “Si no las escribo, las cosas no han llegado a su término”.

Eso es constitutivo en mí. Siempre he tenido la sensación de que la vida no es suficiente. Debo escribirlo. Y si me preguntas por qué es así te diría, poniéndome psicoanalítica, que quizá tenga que ver con la hermana que murió poco antes de que yo naciera y cuya existencia ignoré durante muchos años porque mis padres me lo ocultaron. Quizá haber sido una niña de sustitución tenga que ver con la manera en la que vivo las cosas y con esa necesidad de contarlas.

Ha escrito: “A menudo he hecho el amor para obligarme a escribir”. ¿Se siente pionera en la escritura del deseo femenino?

Participé con muchas ganas en la revolución feminista de los 70 y quizá por ello ha sido importante para mí describir la sexualidad directamente y con palabras crudas.

Lo que hice fue describir de forma casi clínica cómo se manifiesta la pasión y sus efectos que a menudo incluyen una cierta desolación

¿Si no hubiera escrito sobre el sexo con esa franqueza, habría sido menos criticada?

Seguramente. Un libro como ‘Pura pasión’ chocó bastante en su momento, y eso que no había escenas sexuales explícitas. Lo que hice fue describir de forma casi clínica cómo se manifiesta la pasión y sus efectos que a menudo incluyen una cierta desolación. Ahora un libro así no sorprende, pero en su día, un periodista televisivo me dijo que daba la impresión de haber sido escrito por un hombre. Y otro me preguntó si para mis hijos suponía algún problema que yo contara esas cosas. Naturalmente, le dije que no.

Las críticas se ampliaron a su estrato social, nunca se la consideró como un miembro de pleno derecho de la intelectualidad parisina y elitista.

Es curioso ver como detrás de algunas críticas que aseguran que lo que yo escribo no es literatura se esconden motivaciones políticas, en el diario ‘Le Figaró’ me la tienen jurada. Y luego están los críticos que confunden una forma de búsqueda, de sencillez en las palabras, con una prosa inferior. Creen que un libro es mejor cuanto más difícil de comprender es. Me parece lamentable que el lenguaje se convierta en un muro que impida acceder a las cosas.

No contemplo la escritura como una venganza sino más bien como un instrumento para establecer justicia.

En su discurso del Nobel recuperó una frase de sus diarios de hace 60 años: “Escribiré para vengar a mi raza”. ¿Cree que el premio ha sido su venganza más dulce?

No, no en sentido estricto. No escribo por venganza. Rimbaud dijo: “Soy de una raza inferior” y yo lo utilicé cuando era joven. Hoy no contemplo la escritura como una venganza sino más bien como un instrumento para establecer justicia.

Sé que ahora está escribiendo un nuevo libro. Será la primera vez que escriba bajo la presión social del Nobel.

No siento presiones externas. Al escribir, la lucha es siempre contra mí misma. Es un trabajo en el manejo de una serie de representaciones e ideas de las cuales no acabo de ser consciente, aunque esté invadida por ellas. Tengo 82 años pero siento que tengo que vivir mucho más para conseguir que estas cosas en las que no he pensado pero están ahí salgan a flote.

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