Literatura

El barranco

Nivaria Tejera escribe la cruel historia de una niña a la que le arrebatan la infancia.

Le extirpan el placer y la risa cuando los facciosos invaden su casa

La escritora Nivaria Tejera.

La escritora Nivaria Tejera. / LP/DLP

Javier Doreste

Javier Doreste

Algo extraño ocurre con esta novela. Fue publicada en París en 1958 y en traducción francesa. Entre nosotros empezó a ser difundida gracias al esfuerzo de A. Álvarez de la Rosa y últimamente por los trabajos de Paula Cabrera y Hernández-Ojeda, que por otra parte ha reseñado el audiovisual que varias cineastas y artistas del medio dedicaron a esta novela; sabemos de tres ediciones: Biblioteca Básica Canaria, Edirca e Idea, esta última del 2006 ya no aparece en la página electrónica de la editorial, lo que viene a decirnos que esa edición ya no existe, está agotada.

Es como si se pretendiera que no se la lea. Lo mismo ocurre con las demás obras de esta autora canario-cubana. Ni su novela premio biblioteca breve ni sus libros de poemas se encuentran normalmente. Un silencio ominoso persigue a Nivaria Tejera entre nosotros. Y desde el punto de vista de los que detentan el poder se entiende esa pretensión de silencio amordazado.

Tejera escribe la cruel historia de una niña a la que le arrebatan la infancia. Le extirpan el placer y la risa cuando los facciosos invaden su casa y después de registrarla se llevan al padre que terminará cumpliendo ocho años de cárcel en el campo de Fyffes. Los herederos de los cómplices de estos desmanes procuraran que se olviden. No en vano las Canarias son uno de los lugares en que menos se ha avanzado en restauración de la memoria democrática y en donde más perviven monumentos y calles dedicados al franquismo.

Pero la fuerza de esta novela no radica solo en su valiente denuncia del infierno represivo desatado en Tenerife y por extensión en toda Canarias, por el franquismo y su cómplice la Iglesia Católica. Es el estilo, el uso del lenguaje, la construcción de poderosas imágenes, lo que nos engancha en su lectura, una y otra vez.

Tejera era una escritora potente, Sonámbulos al sol ganó el premio de novela breve y sus poemarios y novelas obtuvieron notable éxito en Francia, país en el residió hasta su muerte. Ha sido reconocida por la crítica como una excelente narradora, más allá del sujeto mismo de sus obras. Así no se entiende el silencio que la cubre. O quizás sea consecuencia de ese silencio que cubrió las Canarias y España durante tanto tiempo. Ese silencio que se convirtió en algo rutinario, engarzado en la vida cotidiana. Silencio sobre la misma guerra, el destino de los presos, los torturados y los muertos.

Ese silencio es el contrapunto estilístico de Tejera en El barranco. Toda la obra está construida desde el punto de vista de la niña, la hija del detenido, la niña que no entiende la desaparición súbita del padre, que cree que los barrotes son cortinas que desaparecerán y que recuerda no solo los abrazos paternos sino ese sonsonete que la persigue. Guerraguerraguerra. Escrito así, de continuo, como continua fue la represión.

La protagonista sufrirá la vergüenza de verse señalada en la calle, es la hija de un preso, y la humillación de rendir homenaje en su escuela a los responsables del encarcelamiento paterno. Las niñas deben sufrir la exaltación del nacionalcatolicismo mientras sus familiares desaparecen o vuelven quebrados por las torturas y la cárcel. Y antes se ha vivido la angustia: hace tres semanas que buscamos a papá sin saber nada todavía.

Anduvimos por edificios enormes que parecen palacios y se llaman «de hacer justicia». En unas vidrieras pequeñas, a la entrada, colocan listas llenas de nombres para indicar quienes formaban el último pelotón. Con eso quieren decir que ya no viven. Así la niña avanzará en el conocimiento del horror que no debería conocer: ahora ya sé que llaman pelotón a un grupo de hombres que llevan a matar Tanqueabajo, un barranco enorme (…) Es horrible que yo aprenda esto que no se me olvida. Yo quisiera tener a quien contárselo para que también sufriera y tampoco se le olvidara.

Y así la niña de la infancia robada no quiere ser niña. Quiere crecer y huir o ser gato o lo que sea con tal de no estar en este mundo de adultos en el que ha visto que al abuelo: lo sacudieron y volcaron dos plantas de helechos. (…) Entre ellos reconocí algunos que visitaban a papá los domingos y desde el centro del patio vi como revolvían la tienda. Y cuenta como se repiten los registros. Hoy registraron. Han vuelto. (…) Buscaban dinero (…) y documentos del Barbado que es su finca, donde el me llevaba para ayudarle a regar las papas.

Quieren robármela, ha dicho con su voz vieja. Cualquier historiador les confirmará esa práctica del robo institucionalizado sobre el que se han levantado algunas fortunas en nuestras islas. Otro motivo para que algunos no quieran recordar. Para huir de ellos, de su violencia y sus registros, la niña imagina: Puedo ocultarme en el banco más oscuro de un parque y decirle al gato que llega a olerme mientras m enseña su pata como si fuera raspar con ella la noche: Oye, tengo garras más duras que tú para asustarte.

La subversión de la realidad como forma de escape. Un gato pretende raspar la noche, como si fuera una cosa corporal, con masa, tangible y una niña se provee de garras más duras que las del mismo gato. Huir, ensoñar, salir de ese mundo en el falta papá y la violencia lo llena todo. Así el abuelo reacciona con lo que Paula Cabrera llama «greguerías»: el mar es un chorro de misterio; la cárcel es un pensamiento fijo. Son formas de resistencia frente a un mundo que se burla dejando al padre libre un tiempo y volviéndolo a detener y condenándolo a cuarenta años de destierro de la isla. Un telegrama lleva la noticia a la familia que ignora desde hace ocho meses que ha sido del preso.

Sí, ¿no oyes? Me llaman desde más lejos. Es el guardián, su basura, el gran viento que está junto al barranco cubriendo la estación hedionda del «pelotón», donde me gusta pensar que papá nunca estuvo allí… / Iré y entonces el gran viento vendrá revuelto desde el fondo. /Y yo estaré mirando hacia abajo. Son las frases finales de la novela; parecen versos escritos desde la desesperación y, curiosamente, desde la esperanza: estaré mirando hacia abajo.

La niña se imagina en lo alto del barranco, lejos de ese fondo de espanto. No en vano la rebeldía de Tejera continuará como vindicación de la libertad y contra los lenguajes amanerados y cosificados que hablaban de imperios y camisas nuevas mientras las gentes pasaba hambre y miserias.

Hernández Ojeda ha señalado la importancia de la oscuridad en el relato de Tejera. Frente al cara al sol no les queda otra a los que quieren sobrevivir que la oscuridad, la penumbra de los zaguanes de los pasillos. Es otro acertado recurso narrativo que junto a su dominio del lenguaje, su logro de convertir a una niña en testigo sin caer en lo cursi, su vindicación de la imaginación y de la libertad, convierten a Nivaria Tejera en autora de actualidad, ahora que se niega y esconde el pasado. Leer hoy a Nivaria Tejera es un acto de rebeldía, un gesto de vindicación, de memoria democrática.