Cine

No disparen al crítico

El primer director del Festival Internacional de Las Palmas de Gran Canaria, Claudio Utrera, cumple 75 años: «El cine sigue avanzando, y quiero seguir siendo testigo»

Claudio Utrera en el salón de su casa junto a una parte de su imponente colección de Dvds ordenadas alfabéticamente por directores de cine.

Claudio Utrera en el salón de su casa junto a una parte de su imponente colección de Dvds ordenadas alfabéticamente por directores de cine. / LP/DLP

V. Rodríguez Gago

Si piensan que el crítico no es humano ni se contradice como todo quisque, es que no conocen a Claudio Utrera. No disparen al crítico por sus contradicciones; más que nada, porque es el último ejemplar que nos queda. Merece expediente de declaración de bien de interés cultural. Este sábado de reflexión y calidad del aire por las nubes, como para un bañito y pateo en Las Canteras, me recibe en su casa de renta antigua junto al parque de Santa Catalina. La última vivienda en alquilarse en Las Palmas de Gran Canaria, antes de la gentrificación y de Booking. Sobre la mesa donde da más luz, el portátil cerrado y un ejemplar abierto de El País por la sección de opinión. Hay que reflexionar. Da que pensar, por ejemplo, el hecho de que, en la primera página, junto a la cabecera, esté escrito a bolígrafo: «Claudio». Mi día de suerte: el último suscriptor de periódicos de Las Palmas de Gran Canaria.

En febrero ha cumplido los 75. Un piscis de libro. Suena en la radio del televisor la Giuditta de Scarlatti. Ahora mismo, en este sábado de reflexión antes de las Europeas, sentado en su silla de gamer, escuchando la crepuscular aria y leyendo la edición de papel de El País, Claudio Utrera podría ser perfectamente otro. Podría ser Jep Gambardella en La gran belleza de Sorrentino, si no fuera porque el escritor interpretado por Toni Servillo atraviesa por un bloqueo creativo, y Claudio Utrera no para de escribir. Por lo demás, idéntica contradicción entre aristocracia y pop. La misma sensación de estar ante el último de una especie.

A los 75, ¿se sabe ya de qué va la película? «Se ve con un poco menos de ilusión», concede, «pero la ilusión es una enfermedad propia de la juventud, así que no es una gran pérdida». Trae a Gil de Biedma: «Que la vida iba en serio», cita, «uno lo empieza a comprender más tarde. / Como todos los jóvenes, yo vine / a llevarme la vida por delante». Y puntualiza, como conjurando el mal fario de que empiecen a cederle el sitio en la guagua: «Ojo, que no me siento mayor». No hay en él el menor asomo de eso que llaman cansancio existencial. No siente la menor nostalgia de lo vivido y lo escrito, y cree que sus mejores páginas sobre cine son las que le quedan por entregar. «El cine sigue avanzando, y quiero seguir siendo testigo. Es a lo que me comprometí conmigo cuando empecé a escribir en 1969», comenta. No se ve a sí mismo dando de comer a las palomas: «Cuando encuentre una razón para dejarlo, lo dejaré sin trauma, pero mientras me apasionen el cine y escribir, seguiré».

¿No debería ser así con todo, al fin y al cabo? Que, en ciertos oficios, y particularmente el periodismo, la experiencia juegue a favor. Haber cumplido 90, como Indro Montanelli, y entregar el último artículo al Corriere antes de la hora de cierre, un artículo de despedida. Que ese artículo sea el único de verdad, después de todos los de (corta y) pega de una vida de becario. ¿A quién ibas a creer entonces, a Claudio Utrera o a tus propios ojos?

Nunca ha dejado de entregar un artículo a tiempo a sus editores. Ni la reseña de uno de los estrenos a los que ha asistido (y acumula miles, en más de cincuenta años de oficio), ni la crónica de uno de los festivales que ha cubierto como enviado especial, de Cannes a Berlín, de Venecia a San Sebastián o Valladolid. «Cuando me encargan escribir sobre algo para lo que creo que no estoy preparado, simplemente, lo digo», comenta. Ha conocido a los grandes, pero nunca ha pedido un autógrafo. «Bueno, solo a Bergman, a él sí, claro», admite. «¡Es que no soy un mitómano! No colecciono autógrafos. ¿Podría contar anécdotas de las estrellas del cine que he conocido? Seguramente, sí. Son muchos años asistiendo a festivales. Pero, es que, para mí, el cine no es eso. El cine, como el arte y la literatura, tiene el poder de cambiar la vida, las mentalidades, las costumbres, los sistemas políticos. Ese lado es el que me interesa del cine, no el coleccionismo fetichista».

Nunca le he escuchado contar una experiencia personal con un realizador o una realizadora, con una actriz o un actor. Ha paseado por la alfombra roja del brazo de Sofía Loren y del de Susan Sarandon en el Festival de Las Palmas de Gran Canaria, que fundó y dirigió hasta 2014. Se supone que eso te deja en shock y te hace vivir el resto de tu vida en una realidad paralela, como Gloria Swanson en El crepúsculo de los dioses. Pero Claudio Utrera no es de los que le ponen un marco de plata a esas fotos y las colocan a la vista de las visitas. Si las tiene, no las enseña. En cambio, suele contar cómo dejó de fumar. Fue en un festival de Berlín. Lo patrocinaba una marca de cigarrillos y regalaban cajetillas a la entrada de las maratonianas sesiones. De cuando se podía fumar en una sala de cine. Él las aceptó todas, las metió en la maleta, y cuando regresó a Gran Canaria, las tiró a un contenedor de basura. No ha vuelto a probarlo, desde entonces. También suele contar cómo, en otro festival, ¿Cannes, tal vez?, se afeitó la barba que se había dejado desde su época de militancia clandestina en el PCE. Sí, tuvo que ser en Cannes, a finales de los 80 del siglo XX. Qué mejor lugar y época para tonificarse la piel.

Si Claudio Utrera tuviera un manifiesto estético personal, este sería su único postulado: «Todo está cambiando. El cine se transforma. La música, la literatura, las artes plásticas. Por qué los postulados de la crítica iban a ser los mismos que los de hace veinte, treinta o cuarenta años. Si tienes un compromiso intelectual genuino con un tipo de arte capaz de transformar la vida, entonces, tu primera tarea es dejar constancia de los cambios que estás presenciando».

Lo ilustra con una retractación: «Hay un cine que deslumbró a mi generación, el llamado cine de qualité o de arte y ensayo, que hoy se nos cae de las manos. Lo vemos con una mirada de hoy, y estamos viendo algo totalmente distinto. La crítica, cuando es auténtica, refleja al propio crítico, lo sitúa en un tiempo y en un lugar desde el que observa y comenta la obra de arte. Toda crítica lo es, en primer lugar, hacia las propias limitaciones del crítico».

¿A los 75 ya se pueden escribir unas memorias? «Da un poco de miedo la idea de escribir unas memorias», objeta. «Suena a que te vas a morir. Supongo que sí podría escribirlas, y seguramente tendría cosas que contar que podrían interesar a alguien, pero cuando me pasa por la cabeza hacerlo, reconozco que es un pensamiento fugaz, prefiero pensar que todavía tengo más presente que pasado».

Así es su relación con los 75: cuando le recuerdan lo que toca hacer a su edad, se patea Las Canteras de La Puntilla al Auditorio, se hace una analítica de sangre capaz tutear a la de un jugador de rugby escandinavo y se pone a escribir un ensayo de 2.000 palabras sobre Mastroiani.

«El cine es un espectáculo y es un medio de conocimiento sobre la expresión del propio cine», comenta, «y no hay una solución única a esa contradicción». Lo dice a propósito de La hojarasca, de Macu Machín, una de sus películas favoritas del año, premiada en los Festivales de Málaga, el Documenta de Madrid y el de Las Palmas de Gran Canaria, pero vale también para explicar su goce del cine mainstream, «cuando es bueno», como el Oppenheimer de Nolan, «una de las grandes películas del año pasado», o lo nuevo de M. Night Shyamalan, que fue a ver ayer. Qué suerte, conocer también al último espectador de salas de cine en Las Palmas de Gran Canaria. El primero y el último de todo lo que un día fue moderno y hoy son bonos para diez sesiones de depilación láser.

El que apaga la luz

Iba para pintor y acabó de crítico, el primero en Canarias en ejercer la crítica profesional de cine en los periódicos, con un ojo puesto en lo nuevo de salas y festivales y el otro, en la técnica del crítico, peliaguda cuestión a la que Walter Benjamin dedicó una irónica declaración de principios que se resume en que si no vas a tomar partido y aniquilar las ideas falsas, mejor no digas nada. Refiriéndose a la literatura, Benjamin sostiene que la verdadera crítica «aborda un libro con la misma ternura con que un caníbal se sancocha un lactante». Claudio Utrera ha sido, para el cine en Canarias, el primer crítico en el sentido moderno que Benjamin señala para la crítica, es decir, el primero en trabajarse una conciencia estratégica de su lenguaje. Ha cabalgado las contradicciones propias del oficio: entre lo indie y el mainstream, entre el elitismo y la democratización del gusto, entre escribir para sus colegas y escribir para los lectores. Es también el que apagará la luz al salir, salvo milagro por el que le sobrevenga un sucesor.

Además de crearle un vocabulario nuevo a la crítica, Claudio Utrera ha creado una institucionalidad para la cinematografía en Canarias. El Festival Internacional que ideó y va a cumplir 25 años nació para «mostrar un cine que se interroga por el estado del cine», según lo resume. «Un cine de vuelo libre», señala, «que apela a la sensibilidad y a la propia inventiva del espectador, una exploración de la otra orilla del cine, donde están las voces críticas con la tradición».

«Siempre hay contradicciones», explica, «pero si el rumbo está claro, las contradicciones se reducen y se sobrellevan. Les diría a los que critican la alfombra roja que piensen en el festival de Pesaro, por ejemplo, donde se reúne lo más brillante de la intelectualidad de la izquierda. Ahí está la alfombra roja también. No nos ceguemos: el cine nació como un espectáculo popular, no queramos reinventarlo como un arte elitista».

El medio es el no-mensaje

Las editoriales le envían libros de cine que se amontonan en una estantería de obra junto a la mesa de cristal donde trabaja, sentado en una butaca de piloto de Youtube. Obra literaria reunida, de Luis Buñuel, en edición de Jordi Xifra. La fábrica de espectros, de Juan Vico. Una monografía sobre Claude Lanzmann, de Alberto Sucasas. Se me van los ojos a este: El cuerpo erótico de la actriz bajo los fascismos. España, Italia, Alemania (1939-1945), en edición de Núria Bou y Xavier Pérez. Algo sabe Roberto Bolaño de ese agujero negro en su maravillosa broma Historia de la literatura nazi en América. Aunque el abordaje que más me pone es la escena de Malditos bastardos en la que Hans Landa le prueba el zapato a Bridget Von Hammersmark, la actriz predilecta del Reich.

Usa el ordenador portátil casi exclusivamente para escribir en Word y enviarlo por correo electrónico. Cuando Claudio Utrera te quiere decir algo por lo digital o lo criminal, no graba un audio y te lo envía por WhatsApp, como todo el mundo. Claudio Utrera te escribe una carta con todos sus extras, en un fichero de Word que adjunta a un correo electrónico sin mensaje, como quien le hace la cobra semiótica a Bill Gates. Si la transformación digital era esto, y ya despertamos una mañana convertidos en escarabajos que hacemos como que decimos cosas, el email vacío que Claudio Utrera te envía es la imagen más elocuente de que ya no hay mensaje y todo es el medio y la furia.