Artes escénicas

Florensa: «Mario Vega y yo hemos encontrado un lenguaje común»

La diseñadora catalana firma el colorido figurinismo del divertido vodevil ‘Las bodas del Fígaro’, que se estrena el jueves 27 de junio en el Teatro Pérez Galdós

La escenógrafa y figurinista catalana Mónica Florensa.

La escenógrafa y figurinista catalana Mónica Florensa. / LP/DLP

No es la primera vez que la escenógrafa y figurinista catalana Mónica Florensa (1966) colabora con Unahoramenos producciones. La relación con la productora que dirige Mario Vega se inicia en 1999 diseñando el vestuario de los montajes Pareja abierta, La mosca detrás de la oreja, Longina, emigrante en La Habana o El apagón. A ellos suma ahora la comedia Las bodas del Fígaro, la última entrega de la productora del sureste grancanario que produce el Teatro Pérez Galdós, cuyo esperado estreno tendrá lugar el 27 de junio en las tablas del coliseo capitalino.

«Mario Vega y yo ya hemos trabajado juntos en otras producciones en clave de comedia y creo que hemos encontrado un lenguaje común donde trabajar en una misma dirección en proyectos que, como este, son de tanta exigencia», señala Florensa, que avanza que ha intentado crear para este montaje «un vestuario realista que, sin ser del todo naturalista, pueda ser cierto y creíble fuera y dentro de un escenario que refleja la moda de los comienzos de los años 60, con el empleo de figurines llenos de color, porque la obra se representa en una isla con una temperatura que permite prendas más frescas y coloridas».

La figurinista empezó en noviembre del pasado año, una vez recibe el texto escrito por Mario Vega y Ruth Sánchez, a estudiar la época y el lugar donde se desarrolla la trama, las acciones y la naturaleza de los múltiples personajes que pueblan este delirante vodevil que interpretan Marta Viera, Ruth Sánchez, José Luis Massó, Mingo Ruano y Rubén Darío.

«Se fueron acumulando referencias gráficas para ayudar a entender cada personaje, añadiendo a los bocetos, otras fotos de la época de prendas, calzado, peinados, maquillaje y elementos de atrezo para empezar luego con la fase de realización del vestuario», aunque advierte que «el diseño final se mantiene en evolución continua, donde aparecen prendas nuevas que prolongan la construcción del personaje con la generación de posibles propuestas por parte de los actores y actrices. El vestuario tiene que ser un elemento vivo, que crezca y evolucione a medida que el personaje se vaya creando».

En la confección de todos los elementos que se emplean en Las bodas del Fígaro han trabajado modistas, guarnicioneros y operarios de calzado, especialistas en joyas, sombreros y gorras, localizados en Madrid, lo que permitía a Florensa el control sobre el proceso de trabajo, mientras que la caracterización, algunas pelucas y el maquillaje, se afronta en la capital grancanaria.

«Para que la época quedara bien reflejada y atendiera a la personalidad del figurín, además de estudiar los patrones de esos años, se ha hecho hincapié en los colores, materiales, texturas y diseños de las telas. Así que, en algún caso, se han creado los estampados necesarios para que cumplieran con estos requisitos que pedía cada personaje, mandando serigrafiar algunos patrones con dibujos y colores diseñados expresamente para esta producción, que sirvieran para acentuar tanto la época como el aspecto psicológico de cada uno de ellos. Diseños concretos para resultados precisos que han dado resultados muy certeros», anota Florensa.

En este vodevil, las escenas se suceden a ritmo frenético y los intérpretes deben transformarse en muy pocos segundos para acometer registros muy distintos. La maquinaria debe estar bien engrasada porque, para un elenco de cinco actores, Florensa ha diseñado y confeccionado un total de 25 vestuarios, con cambios del todo radicales, para actores y actrices que pasan de estar vestidos de cuerpo entero en más de un momento a otras escenas en las que escasean las prendas. Cambios que implican no solo la sustitución del vestuario sino la peluca, calzado, sombreros, gafas y joyas.

«En algún caso hemos tenido que diseñar las prendas para que el actor llevara dos personajes debajo y así poder realizar los siguientes cambios con menor dificultad, siendo algunos trajes diseñados para contener a otros», indica.

Vestuario como excusa

La diseñadora catalana, que ha trabajado con numerosos directores de escena españoles como Paco Gámez, Daniel Ramos, Juan Polanco, Hernán Gené, Luis de Arriba, Rafael Boeta, Agustín Bellusci, Juan Francisco Rodríguez, Andrés Beladíez, Eduardo Bazo o Mario Vega, estima que el vestuario en Las bodas del Fígaro no es propiamente un personaje, «sino el creador y detonante de esos personajes». «El vestuario es excusa para generar acciones arriesgadas, donde el actor rompe el realismo para transformarse, de un personaje concreto en el actor en proceso de cambio a ojos de un espectador que, poco a poco, entra en un juego que le interpela, metateatro, que se aparece al público a medida que este va entrando en el juego propuesto desde la dirección», sostiene Florensa, que impartió en la Escuela de Actores de Canarias la materia de escenografía durante cuatro años.

Acciones atrevidas, intercaladas en un espacio que, como el vestuario, se mueve y cambia para generar los lugares de la acción, donde todo es real o deja de serlo. La diseñadora reseña que los retos de su trabajo en la producción del Teatro Pérez Galdós han sido varios. «Por una parte, ubicar al espectador en una época y territorio muy concretos, Canarias en el año 1962, tiempo de un país bajo la dictadura, pero en una región con características propias que nos desvelan historias casi olvidadas. Por otro lado, es una época llena de iniciativas, donde las libertades empiezan a sacar pecho y donde la mujer con personalidad propia lucha por identificarse frente a una sociedad que sigue los patrones de un estado que se mantiene anquilosado. Por otro lado, era definitivo que los figurines no acabaran por representar tópicos, sino que fueran personajes reales de aquellos años. Era complicado diferenciar los diversos personajes que realiza cada actor, tres en casi todos los casos, sin caer en la utilización de elementos típicos que crearan estereotipos y no personajes reales y cotidianos», explica.

Ahora su carrera profesional se mantiene entre la impartición de las asignaturas de vestuario y escenografía en la Facultad de Bellas Artes de Madrid para el grado de Diseño y en la escuela de Circo Carampa, y sus encargos dentro del ámbito teatral. «Equilibrio complicado entre la docencia y el área más inestable de la labor teatral, donde siempre hay que estar apostando. En este momento concreto estoy preparando un proyecto para un musical que se estrenará en cosa de dos años, mientras que espero el comienzo de varios trabajos para la próxima temporada en Madrid».

Su filosofía apuesta por involucrarse en proyectos donde el vestuario traspase la línea del naturalismo para convertirse en generador de elementos perceptivos. «Figurines que no representan prendas concretas, sino que proyectan conceptos de carácter simbólico. Elementos que flotan en una narrativa de carácter más abstracto para, juntamente con especio escénico y atrezo, crear la atmósfera necesaria para trasladar al espectador a ámbitos más abiertos y sugerentes. También me interesan los trabajos donde se juega con la creatividad, huyendo del patrón tradicional creando figurines deconstruidos, donde la época, personalidad, espacio, etcétera, se construyan con elementos sugerentes y no concretos. Donde se juegue con un espectador activo al que se le invita a cocrear juntamente con lo que en el escenario se desarrolla», agrega.

Mónica Florensa estima que «desde Canarias se está haciendo desde hace tiempo un teatro de mucha calidad que compite con todas las dificultades que la insularidad conlleva, con otras regiones donde todo es menos complicado y, desde esta isla se lleva lo conseguido de camino al continente americano, cosa que muchas compañías peninsulares quisieran para ellos», concluye.