Entrevista | Guillermo Perdomo Hernández Filólogo
Guillermo Perdomo: «El 27 es una marca exitosa con su fórmula secreta»
Guillermo Perdomo Hernández publica ‘Intentions (1924)’, un facsímil de la revista francesa con un ensayo suyo que desvela las maniobras para lanzar a la generación.

Guillermo Perdomo. / Juan Castro
Para empezar, quisiera pedirle que nos hablara del significado y alcance de esta revista, Intentions, en cuyo número 23-24 de abril-mayo de 1924 publicaría la antología de nueva literatura española que nos ocupa.
Intentions es una de esas revistas de los años 20 muy selectas, minoritarias, pero a su vez con gran proyección en el mundo cultural europeo. Desde París, donde se hacía, sus impulsores pretendían dar una visión de los caminos literarios que se estaban siguiendo en esas fechas en Europa, de ahí que en este número se interesaran por el gran desarrollo y los cambios que se estaban produciendo en la nueva literatura española, que es el volumen que publicamos en facsímil, con la editorial Mercurio, con motivo del centenario y el que cien años después nos ha permitido hacer una revisión de este proceso desde su origen.
¿Puede hacernos un retrato somero de los antólogos, Valery Larbaud y Antonio Marichalar?
Valery Larbaud es uno de los grandes escritores y críticos europeos, por esas fechas, una referencia incuestionable que se mueve con André Gide, Saint-John Perse, Paul Claudel… Un hispanista enamorado de las letras españolas que traduce al francés a Gabriel Miró, a Unamuno, a Gómez de la Serna, y que, entre otras traducciones, hace la del Ulysses, de James Joyce, junto con el propio autor. Valery Larbaud tiene una conexión internacional amplia. Posiblemente fue quien propuso a la revista hacer este número extraordinario pues era conocedor en primera persona del boom literario que se estaba dando en aquellos momentos en España, con la confluencia de varias generaciones creando al unísono y con la irrupción de las vanguardias. En el otro extremo tenemos a Antonio Marichalar, joven que despunta en la crítica literaria en ese momento de la mano de Ortega y Gasset en la Revista de Occidente, que ha comenzado a editarse un año antes (1923). Así que tenemos juntos, y en este caso podemos decir que revueltos, a un crítico de renombre internacional y a un incipiente crítico español.
¿Por qué se considera a esta antología el germen de la Generación del 27, llamada también la Edad de Plata de la literatura española?
Esta pregunta es compleja porque une dos realidades distintas: por un lado, la Generación del 27, por otro, la Edad de Plata. La equiparación de ambos términos ha causado el conflicto intelectual actual, puesto que con generación del 27 nos referimos a un grupo de amigos poetas, ponga ahí los nombres que quiera, que esa es otra de las cuestiones complejas que trae el término «generación», quiénes entran y quiénes no entran… Sin embargo, con Edad de Plata nos referimos al periodo que va desde el término de la Primera Guerra Mundial (o acaso algunos años antes) hasta 1936-39. Después de matizar estos términos contesto a su pregunta: por primera, vez tanto en España como fuera de ella, aparecen agrupados los nombres de varios de los que años después serán designados como miembros de la Generación del 27: Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Federico García Lorca, Jorge Guillén, Pedro Salinas. Todo un logro dar una presencia de grupo, al que más tarde se irían uniendo otros como Alberti, Aleixandre o Cernuda. Esta idea será la que vayan perfeccionando a lo largo de los años con distintas acciones, a las que yo he querido referir como maniobras. De los que aquí aparecen van a caer unos cuantos, en principio todos los narradores y ensayistas, Bergamín, el primero, y, otros poetas, como Rogelio Buendía (al que nunca quisieron); Juan Chabás (al que quisieron y dejaron de querer no se sabe bien por qué) y Alonso Quesada, que apareció ahí de la mano francesa, más que de la española.
En su ensayo revela usted numerosas maniobras y conflictos en la confección de este número de Intentions dedicado a la joven literatura española. ¿Puede abundar en ello?
En este proceso «generacional» se hacen muchas maniobras para establecer el canon. Yo defiendo que es a partir de esta publicación donde empiezan a visibilizarse estas artes manipuladoras. Intentions y Larbaud tenían una visión europeísta y observaban en España un fenómeno muy interesante conectado con las trayectorias de Europa. Por eso deciden dedicarle un número especial a la joven literatura española en la que Larbaud ha visto que hay un grupo de escritores, entre treinta y cuarenta, que despunta con muchas posibilidades. En esas invitan a Marichalar a que participe del proceso como asesor. Pero resulta que poco a poco Marichalar cambia los planes franceses y hace una propuesta restrictiva, muy limitada, muy distinta a la de Larbaud, en la que incluso elimina a amigos del crítico francés con los que ya se había contactado. Esto provoca el enfado de Larbaud, que se desentiende del proyecto, salvo para mantener a su amigo Rogelio Buendía y posiblemente a Alonso Quesada. Comienzan así las maniobras para destacar a un grupo minoritario de diez o doce escritores en la órbita de Juan Ramón Jiménez y la revista Índice, frente a los trescientos que escribían, con más o menos acierto, en aquella España de principios del siglo XX y más restrictivo de los treinta o cuarenta que habían visto los franceses. De este modo Marichalar da carpetazo a casi todos los ultraístas que representaban las vanguardias europeas con las que Larbaud estaba en sintonía. El germen del 27 y sus modos se imponen años antes de que la generación despunte con la excusa del centenario gongorino.
Tremendo lo del ultraísmo, el principal movimiento de vanguardia que hubo en España. Sobre todo, por el imprescindible Guillermo de Torre, pero también por otros como Luis Bernárdez, descartado con el pretexto de que era argentino, y Luis Benítez Inglott. El artista del grupo Zaj Walter Marchetti, que conoció a este último en Las Palmas, lo estimaba. Una vez me contó que recordaba especialmente una conversación con él sobre Georges Ribemont-Dessaignes, el único dadaísta francés que no se pasó al surrealismo.
Lo de Guillermo de Torre fue especialmente incomprensible. El propio Larbaud mostró su extrañeza por su descarte, pues lo tenía como un escritor imprescindible dentro de los movimientos vanguardistas europeos, mientras los españoles se mofaban de su estética esdrújula. Acababa de publicar Hélices, un libro importantísimo que fue despreciado por la revista Índice, que no le publicó nada, y que, ni tan siquiera, le contestó. Al año siguiente aparecería su Literaturas europeas de vanguardia, un ensayo pionero. De Torre era merecedor de la más alta consideración y, sin embargo, con él se practicó una represión que pronto se extendería a todo el ultraísmo, al que estaba vinculado Luis Bernárdez, con el que ya habían contactado desde Francia, pero al que Marichalar descartó por no ser español. También, como usted menciona, tenemos el caso de Luis Benítez Inglott, que el año anterior, en el Ateneo de Madrid, leía sus Poemas de mundo interior. En este momento se radicalizó el ataque al movimiento, se menospreció a sus escritores, se hizo burla de ellos, se vetaron las publicaciones de todos, bueno, de todos menos de Gerardo Diego, que se convirtió en el gran tránsfuga. Curiosamente, treinta años después de escribirlo, justamente aquí, en Gran Canaria, Gerardo Diego publicó en la editorial El Arca, Limbo, un poemario dedicado a los compañeros ultraístas de sus inicios. Por entonces en la nómina figuraba también Juan Chabás, de orígenes ultraístas igualmente, y que sería desplazado del grupo generacional sin que queden claro los motivos de su exclusión. Se le eliminó a pesar de haber participado activamente del centenario gongorino.
Asombroso también que por estas maniobras se dejara fuera a nombres de la talla de Ramón Gómez de la Serna, José Ortega y Gasset, Gabriel Miró, Claudio de la Torre o Max Aub, así como a otros poetas en los que había pensado Valery Larbaud, entre ellos los gallegos Francisco Luis Bernárdez y Eugenio Montes, y los canarios Luis Benítez Inglott, lo mencionó también, y Pedro Perdomo Acedo, enorme poeta y, por cierto, abuelo suyo.
Ahí radica el gran dilema de este asunto, las dos visiones que se barajaron, una primera, la francesa de Larbaud, aperturista, europea, asombrada por la amplia riqueza del panorama actual en el que convivían dos generaciones en sintonía, los novecentistas de Ortega y Gasset, Gabriel Miró, Eugenio D’Ors, Gómez de la Serna, Pérez de Ayala y toda una pléyade de nuevos escritores que nacidos en el modernismo se dirigían a las vanguardias, como los que usted cita. Entre ellos los excepcionales Claudio de la Torre y Perdomo Acedo, al que en mis estudios acostumbro a tratar con distancia del parentesco. La otra visión, la española de Marichalar, participaba de cuestiones partidistas en la que los franceses no entraban, era más gremial y representaba intereses de grupo. Los franceses pensaban que los españoles manejaban el mismo criterio que ellos y no eran conscientes de que había un panorama de tensión interno que provocaría finalmente que a Larbaud dejara de interesarle el proyecto nuevo ofrecido por Marichalar, como se refleja en sus palabras introductorias, muy lejos de la antología y muy próxima a esas intenciones iniciales.
¿En este traer y llevar autores, no aparece por algún lado alguna autora?
No. Ni en la introducción ni en la antología. Tampoco vamos a encontrar muchas incorporadas a la nómina habitual. En la ampliación de la antología de 1934, Gerardo Diego incorpora a dos poetas, Ernestina Champourcín y Josefina de la Torre, sin embargo, el mérito de incluir a las mujeres debemos atribuírselo a Valbuena Prat que, en 1930, en su La poesía española contemporánea incluye en su nómina a las mencionadas y también a María Luisa Muñoz «Bulnes» y a Concha Méndez. La realidad es que la literatura escrita por mujeres va a despuntar después de la publicación de la revista francesa y tras las primeras publicaciones de Champourcín (1926) y De la Torre (1927), encontrando varias autoras significativas entre 1928-1930: María Teresa León, Luisa Carnés, Carmen Conde, Rosa Chacel… a las que podemos añadir los nombres de Mercedes Pinto, Mercedes Ballesteros y María Zambrano, entre otras.
Amén de Antonio Marichalar, en su estudio introductorio al facsímil de este número de Intentions habla también de comportamientos poco decorosos de Dámaso Alonso y Gerardo Diego para constituir la generación del 27. Cuéntenos.
En este largo proceso se van normalizando, por su frecuencia, algunos usos incorrectos, por eso hablo de procesos poco decorosos. Uno de ellos es la autocita y otro que el antologador (seleccionador) se antologue (autoseleccione). Con Marichalar se inicia la cuestión en esto del 27 y ya se va a normalizar. No es que se vea mal hoy, cien años después, es que ya se veía mal en su época, pero se hace como que no se ve. Empieza a funcionar el criterio de autoridad, que hace que sean autoridad sobre ellos mismos. Gerardo Diego en su antología, que será la carta de presentación de la generación, se autoincluye, estando por tanto en los dos equipos, en el del seleccionador y en el del seleccionado. Y algo muy parecido pasa años después en el estudio generacional de Dámaso Alonso, un escrito más cercano a las memorias personales que a un estudio filológico objetivo. Aquí también se autoincluye y se sentencia desde una perspectiva personal e interesada. Si ya para algunos escritores de la época, como Domenchina, estas actitudes eran poco éticas, hoy cien años después confirmamos que esas maneras, yo añadiría que manipuladoras, son poco decorosas y no porque las hagan escritores de la talla de Diego o Alonso lo son menos, más bien todo lo contrario.
Entonces, a tenor de todo lo que dice, ¿qué es para usted el 27?
Esta pregunta tiene fácil respuesta: un grupo de poetas, poetas-amigos si se prefiere, que, a base de antologías propias, de ensayos propios, fueron creando un ideario en el que se constituían como paradigma poético del primer tercio del siglo XX. Y estaría conformado por los poetas que ellos decidieron que debían figurar dentro del grupo y, con cualquier pretexto, descartaron todo aquello que no querían que formase parte del mismo. Esta creación funcionó perfectamente, funciona perfectamente y lo seguirá haciendo en el tiempo, aunque no deje de ser una ficción creada a partir de conceptos extraliterarios y partidistas. El 27 es una marca, una marca exitosa con su propia fórmula secreta.
Supongo que no será tan ingenuo como para, con este facsímil de la antología de Intentions y con su ensayo previo, hacerse un atisbo de ilusión de poder provocar una leve fisura en el canon de la literatura en español. Esta sigue siendo en alta medida una construcción que no concierne solo al valor cultural sino también a juegos de poder entre escritores bien posicionados, académicos hegemónicos, o las dos cosas en una misma persona. Demasiada gente viviendo de esto. En Canarias mismo tenemos algún espécimen verdaderamente idiosincrático de este modo de proceder. Sea como fuere, su libro queda ahí como un valioso aporte investigador para quien quiera darse por enterado.
Jajajajaja, buena pregunta. Está publicación no nace con la intención de remover nada, plenamente consciente del inmovilismo de los planteamientos establecidos. Da lo mismo cómo se construya, da lo mismo si los planteamientos son sesgados, si se apoyan en falacias, si son productos de manipulaciones. Todos los que buscan ese éxito mediático acuden a las mismas artimañas, ayer y hoy, en la Península y en Canarias. Pero tan verdad es esto como que siempre ha habido una visión paralela que no asume estas mentiras como verdades y que sigue unos procesos independientes (germen de la auténtica literatura), ajenos y distantes a estas maniobras, que generalmente son ninguneados e ignorados pues es requisito fundamental para que los otros puedan asegurarse que los pilares que sustentan su canon no sean alterados. De ahí que muchos de nuestros escritores canarios no entren dentro de esos esquemas establecidos, que queden siempre fuera. Un canon que los aparta, ya desde Intentions, en lo geográfico y en lo literario. Cien años después, el modelo propuesto por Larbaud sigue resultando más interesante y abierto, incluso más justo que la apuesta hecha por Marichalar y las ansias de crear una élite literaria, que con el tiempo y algunos apaños sería denominada como la generación del 27.
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