Improvisación, cocaína y la misión divina de salvar el blues
El rodaje de ‘Granujas a todo ritmo’ (1980) acumuló retrasos y aumentó la vena autodestructiva de John Belushi

El rodaje de ‘Granujas a todo ritmo’ (1980) / La Provincia
jesús zotano
Una vez recogidas sus pertenencias —un reloj digital Timex, roto; un profiláctico sin usar y otro usado; una chaqueta negra; un par de pantalones negros; un sombrero negro, unas gafas de sol y 23 dólares y siete centavos—, Jake Blues (John Belushi) dirige sus pasos hacia el portón de la prisión Joliet. Su condena ha sido rebajada por buena conducta y ahora le toca disfrutar de la libertad provisional. Su hermano Elwood (Dan Aykroyd) le espera fuera. Viene a recogerlo en un destartalado Dodge Monaco que tiempo atrás sirvió como patrullero del departamento de policía estatal de Illinois. Los poderosos arreglos de viento iniciales de She Caught the Katy, tema que Taj Mahal compuso para su primer álbum, The Natch’l Blues (1968), que acompañan tanto el abrazo de los hermanos como el posterior salto por un puente levadizo que realizan con el coche convierten los diez minutos iniciales de The Blues Brothers (Granujas a todo ritmo para el público español) en toda una revelación de lo que está por venir: una rocambolesca y entretenidísima comedia cargada humor absurdo, infinitas piruetas y persecuciones automovilísticas por las carreteras de Chicago y mucho rhythm and blues.
Los ingredientes con los que contaba la producción presagiaban un rotundo éxito: el director John Landis repetía con el protagonista (Belushi) de su reciente éxito en taquilla, Desmadre a la americana; el humor de Saturday Night Live, el boom televisivo del momento y el programa que presentó a Jake y Elwood por primera vez, marcaría el tono de toda la trama, y las escenas musicales recogerían las nuevas propuestas de la banda de los Blues Brothers, que había alcanzado el número uno con su primer álbum, Briefcase Full of Blues, acompañados en esta ocasión por estrellas de la talla de Aretha Franklin, James Brown, Cab Calloway, John Lee Hooker y Ray Charles. Los astros de la fortuna parecían haberse alineado con los Brothers y en los despachos de Universal se frotaban las manos, pero el rodaje de la película fue tan terriblemente caótico que aniquiló de golpe todos y cada uno los buenos presagios con los que contaba.
Las circunstancias que propiciaron la creación de Jake y Elwood, cómo saltaron de la pequeña a la gran pantalla y los detalles, los más hilarantes y también los más oscuros, que rodearon el rodaje de la cinta de 1980, dan forma al nuevo libro del periodista Daniel De Visé, The Blues Brothers (Libros del Kultrum). Además de perfilar las biografías de los dos protagonistas y un preciso relato sobre el nacimiento de Saturday Night Live, programa que alumbró la comedia contemporánea norteamericana, De Visé destaca que el nacimiento de los hermanos Blues se debe a la intención de Belushi y Aykroyd de dar rienda suelta a su pasión por el R&B y de rendir un homenaje a los artistas de blues y soul que admiraban y que habían liderado las listas durante los sesenta.
El texto ofrece un sinfín de anécdotas sobre las calamidades vividas durante el rodaje: los retrasos se acumularon desde el primer día; el guion de Aykroyd era demasiado extenso y Landis tuvo que reducirlo a la mitad; el presupuesto inicial de cinco millones pasó a ser de más de 32; la cocaína paseaba a sus anchas entre el equipo técnico y artístico; el primer montaje duraba casi tres horas, lo que obligó al director a sacar nuevamente las tijeras… Y para colmo, Belushi entró de lleno en una tortuosa espiral de autodestrucción —pasaba colocado el 90% del tiempo que estaba despierto—, lo que desembocó, dos años más tarde, en su muerte por sobredosis.
Por si fuera poco, los críticos se ensañaron con sus protagonistas: «El Sr. Belushi y el Sr. Aykroyd solo tienen unas tres escenas divertidas en el transcurso de una cinta eterna como un día sin pan», publicó el New York Times. Pese a todo, la misión de Dios a la que debían enfrentarse los protagonistas —reunir a su banda para recaudar los cinco mil dólares para salvar del desahucio al orfanato en el que fueron criados— obtuvo su recompensa: la película fue recibida con entusiasmo por el público -la recaudación la colocó como la cinta más taquillera del momento, sólo superada por El imperio contraataca— y los músicos participantes vieron cómo sus carreras volvieron a brillar.
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