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‘Les mamelles de Tirésias’

De izquierda a derecha,Eduardo Westerdahl, Jacqueline Lamba y su marido, André Breton, en la exposición de arte surrealista celebrada en mayo de 1935 en el Ateneo de Santa Cruz de Tenerife.

De izquierda a derecha,Eduardo Westerdahl, Jacqueline Lamba y su marido, André Breton, en la exposición de arte surrealista celebrada en mayo de 1935 en el Ateneo de Santa Cruz de Tenerife. / LP/DLP

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Juan Ezequiel Morales

Juan Ezequiel Morales

Al igual que la filosofía murió, también lo hizo el arte. Evidentemente, cuando se habla de este tipo de muerte se hace en función de un consenso muchas veces quejica. En 1924, donde el fin del humano, el fin de dios, el fin del arte, y el fin de la historia, o el fin de la metafísica, estaban presentes en todas las disciplinas, los finales indicaban cambio para empezar de nuevo. Ya sabemos que en la mente humana puede caber el fin del universo, pero ni siquiera, aunque lo pudiera concebir, podría conseguir el final del planeta, del sol o de la galaxia. Pero ampuloso sí que es el ser humano, que hasta se inventa el mito del enfriamiento, o si hace falta el del calentamiento, para autoatribuirse la destrucción de la mismísima Tierra.

Remontémonos a 1909, cuando Filippo Tommaso Marinetti publicó, en febrero, en el diario Le Figaro de París, su Manifeste du Futurisme, en el que decía: «queremos exaltar el movimiento agresivo, el febril insomnio, el paso gimnástico, el salto peligroso, el bofetón y el desafío a las estrellas». Venía Marinetti de 1888, como estudiante en Paris, y ya el Manifiesto Comunista tenía 40 años, de donde el estilo del Manifiesto se revelaba como el del interés por borrar lo viejo y llevar al mundo por otras sendas.

Marinetti tiende al lado contrario del Manifiesto Comunista, y su agresividad vital y artística hizo que se enfrentara en duelo a Charles-Henry Hirsch, y lo siguieron colegas como Giovanni Papini, autor de Gog o el Libro Negro. El futurismo manifestado en la literatura propuso destruir la sintaxis disponiendo los sustantivos al azar, usar los verbos en infinitivo, abolir el adjetivo «para que el sustantivo desnudo guarde su color esencial», abolir el adverbio para destruir la «fastidiosa unidad de tono», abolir también la puntuación, para margullar «en la continuidad variada de un estilo vivo que se crea por sí mismo, sin las pausas absurdas de los puntos y las comas», y en todo caso, sustituir esa puntuación por el uso de signos matemáticos (+ > < - x : =).

Va entonces Guillaume Apollinaire, en junio de 1917, poeta conocido por prescindir justamente de la puntuación, y se descuelga con la obra de teatro Les Mamelles de Tirésias, es decir, Las tetas de Tiresias. A un año del fin de la Primera Guerra Mundial, y a un año de su propia muerte. Subtituló la obra, Drama surrealista en dos actos y un prólogo, y fue la primera vez que se utilizó la palabra «surrealismo». Sin puntuar, escribió ahí: «No señor marido mío No conseguirás que haga lo que tú quieras Soy feminista y no reconozco la autoridad del hombre (…) Quiero hacer la guerra y no hacer hijos No señor marido ya no me mandarás más». Eso, que ahora parece ingenuo, era pura metralla en aquella época. Pero tomemos nota de que la obra se centra principalmente en la caída de la natalidad en la Francia de 1917, acuciada por la Gran Guerra y la necesidad urgente de repoblar y volver a la maternidad. Es así que Teresa se transforma en hombre, para obtener poder entre los hombres, alterando las costumbres, el pasado e imponiendo la igualdad de sexos, pero el marido de Teresa tiene 40.049 hijos de una sola vez, como diciendo que, si las mujeres no quieren tener hijos, pues que los tengan los hombres. Es de Apollinaire la afirmación, en el prólogo de Las tetas de Tiresias, de que cuando el hombre quiso imitar la acción de andar, creó la rueda, que no se parece a una pierna. De ahí las construcciones, en el surrealismo, de las quimeras más impactantes, hasta hoy.

Y ya llegó, pues, el surrealismo, que buscó, cómo no, su Manifiesto. André Breton, su líder, cuando lo publica el 15 de octubre de 1924, explica que «El surrealismo intenta sobrepasar lo real impulsando lo irracional y onírico mediante la expresión automática del pensamiento o del subconsciente». Freud y la escuela psicoanalítica llevaban ya más de 30 años elaborando la exitosa tesis, despreciada luego por los filósofos analíticos y epistemólogos, en sí mismos, a su vez, despreciables adoradores del Moloch del método científico. Breton quería «convertir las contradicciones de los sueños y la realidad en una realidad absoluta, una super realidad», intentando conseguir en el arte lo que ya era investigado en la Psicología Profunda.

¿Cuál fue el error de los surrealistas, en particular de Breton? Adherirse irrestrictamente a la revolución de manos del comunismo. Lógicamente, tal y como pasó con la Psicología Profunda o con la de Wilhelm Reich, la tropa psicopática de los comunitaristas los terminó buscando para matarlos, real o metafóricamente.

Corre, pues, 1916, y Breton se entusiasma por el psicólogo Sigmund Freud y el psicoanálisis, por el absurdólogo Alfred Jarry y la patafísica, o por el mentado Guillaume Apollinaire. Entiende que el surrealismo es «automatismo psíquico puro», «un dictado del pensamiento, sin la intervención reguladora de la razón», filosóficamente practicante del «libre ejercicio del pensamiento», con la intención de «destruir definitivamente todos los restantes mecanismos psíquicos».

Utiliza como método uno de los principales del psicoanálisis, el de la «libre asociación de ideas», y se introduce sin trabas en las prácticas mediúmnicas espiritistas, queriendo que, en vez de los espíritus, esté detrás el inconsciente. Ejercitan, también, la escritura automática, desde 1921. En esa época existe mucha literatura médica al respecto de los fenómenos con las mesas de tres patas y otros que se convirtieron en virales hasta la llegada de la Segunda Gran Guerra.

La desgracia surrealista llegó cuando, en 1925, a consecuencia de la guerra del Rif, este líder, Breton, se adhirió al partido comunista. Entre 1925 y 1930 aparece el periódico El Surrealismo al servicio de la Revolución, donde escriben, además de Breton, Louis Aragón, Buñuel, Dalí, Paul Éluard, Max Ernst, Yves Tanguy y Tristan Tzara, incorporándose luego Magritte, Giacometti o Lam. Y también Picasso, en 1925, que desde que vio el comunismo, se apuntó. Los partidarios de la política y los no partidarios, se enconaron, y después de la expulsión, en 1929, de Masson, Artaud, o Francis Picabia, en 1936 se expulsa a Dalí por su neutralidad. En 1938, Breton se une, en México, a León Trotski y a Diego Rivera (el maltratador de Frida Khalo, actualmente defendido por la diputada comunista Irene Montero, que usa erróneamente sus pinturas murales de las revoluciones del siglo XX, para decir que España tiene que pedir perdón por historias del siglo XV).

Los surrealistas, de esta guisa, y en el terreno no político, crearon el cadáver exquisito, una acción en la cual varios dibujaban distintas partes de una figura o un texto sin ver lo previo, y generaban, así, textos o pinturas traídas de una especie de inconsciente colectivo, como si se tratara de una ouija artística. Surgieron otras técnicas como el caligrama, el Objet Trouvé, el soufflage, el método crítico paranoico, el ahumado, el raspado, el fumage, la distribución de arena sobre el lienzo encolado, o el frottage, y aquí habría que citar al canario Óscar Domínguez que aportó la decalcomanía, todas estas técnicas intentando siempre introducir el azar, pero un azar que no venía del caos sino del inconsciente. En Canarias tuvo éxito el surrealismo, en torno a la Gaceta de Arte, de Eduardo Westerdahl, invitando al Breton más politizado en 1935, adhiriéndose todos a la vertiente más abanderizada, en lugar de a la experimental, entrando en el surrealismo textual Agustín Espinosa, Pedro García Cabrera, Emeterio Gutiérrez Albelo, o Domingo López Torres. Y como los escorpiones no tienen corazón con los ingenuos y los tibios, en 1933, Breton y Éluard fueron expulsados del partido comunista. Ya en 1946 el surrealismo era nada, sostenido, acaso, por los sucesores de los nuevos movimientos, o por genios como Dalí. Normal, si en el propio Manifiesto de 1924, Breton había escrito: «Únicamente la palabra libertad tiene el poder de exaltarme». Justamente lo que, para el comunismo, es el mayor anatema, la libertad.

Podemos terminar, sin embargo, con uno de los inesperados guiños del surrealismo a una corriente que, cada vez, es más fuerte. La del caoísmo y sus secuelas. Arranca ahí el artista Artur Osman Spare, que mira de lejos, desde Inglaterra, al movimiento artístico, pero con intereses antipolíticos y, en todo caso, trascendentales o de manipulaciones de la energía psíquica. De él parte una de las más conocidas técnicas de alteración del destino a partir de la manipulación del azar, el Sigil o la Sigilización, que es la búsqueda de hacer realidad los procesos del deseo. Se escribe un deseo, se reescribe sin letras repetidas, se reconvierte en un dibujo usando esas letras restantes, y luego se activa ritualizándolo con expresiones y acciones de placer o dolor (id est, activación sexual o postura de la muerte), en función del contexto, y dirigiendo todas las energías a un inconsciente que toma el control del actor. Ad latere están los textos, de la misma época, de Aleister Crowley (generador del eslogan filosófico-práctico «mi voluntad es la ley») o el más moderno Kenneth Grant, con una enorme bibliografía que se ha apartado del proceso artístico, pero que es, en puridad, lo que nutrió en su momento al surrealismo que, al tomar una posición estúpidamente política firmó su propia muerte.

De hecho, entre abril y septiembre de 2022, en Venecia, tuvo lugar una exposición: Surrealismo y magia-la modernidad encantada (con obras de Kurt Selligmann o Leonora Carrington), en la que se estudiaba al surrealismo como una reacción contracultural contra el positivismo y el cientificismo asfixiantes en la época, lo cual hoy es aún peor, más asfixiante aún, pero también, hoy el surrealismo no político es, asimismo, muchísimo más poderoso, y la ciencia es solo una dictadura de consenso político y decadente.

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