¿Por qué la adaptación teatral de 'Panza de burro' es tan buena como la novela?
La compañía Delirium Teatro consigue abordar un puro ejercicio literario con elementos absolutamente teatrales

De izq., a dcha., Delia Santana y Silvia Criado como Isora y Shit. / Carsten W. Lauritsen
El anuncio de que una compañía canaria pergeñaba una adaptación escénica de Panza de burro, el exitoso libro-poema de Andrea Abreu, parecía una idea tan arriesgada como la de romper el muro de la oralidad canaria, sin barreras ni prejuicios ni dedales, en las páginas de un debut narrativo.
¿Cómo materializar en las tablas esa libérrima experimentación con el lenguaje, que une forma y fondo en una fiesta exclusiva de las letras? La primera respuesta es que solo Delirium Teatro, compañía señera que comparte raíces con la autora y el imaginario de la novela en el norte de Tenerife, podía acometer una empresa «tan sin miedo» y salir del teatro por la puerta grande. La segunda consistió en un juego de marcos y espejos: abordar un puro ejercicio literario con elementos absolutamente teatrales.
Así, el pueblo de Panza de burro, «un barrio vertical sobre un monte vertical cubierto de nubes bajas, que iba hasta la cumbre y bajaba hasta la mar», se extiende en el escenario como una gran plataforma inclinada, sin escenografía ni atrezzo, que los personajes escalan, bajan y remontan con sus cuitas y perrerías.
El corazón de la obra late en la amistad entre las dos niñas protagonistas, Shit e Isora, interpretadas por Silvia Criado y Delia Santana. Las actrices bordan la complejidad de dos personajes antagónicos e inseparables «como un pac de yogures»: Silvia evoca la ternura y la inocencia de Shit con un monólogo largo que narra en primera persona esas primeras heridas y discernimientos de la infancia, mientras que Delia encarna con su gracia habitual el arrojo y el salvajismo de Isora, «tan echadita palante, tan sin miedo». El resto del reparto, que completan Delia Hernández, Javier Socorro y Soraya González del Rosario -esta última, artífice de Delirium junto a Severiano García-, se desdoblan en la profusión de personajes entrañables de la cotidianidad del barrio, como la abuela Chela, Eufrasia, Juanita Banana, doña Carmen o el perro Sinson.

Una escena de 'Panza de burro', de Delirium Teatro / Carsten W. Lauritsen
El espejo de nuestra propia infancia
Entonces, el universo de Panza de burro cobra vida mágicamente en el espacio vacío que acuñó Peter Brook y, a través de diálogos literales de la novela, emergen la venta de Isora, la iglesia, el cibercafé, la casa de los homosecsuales, el sueño de la playa de San Marcos y la casa de doña Carmen, donde el confín del escenario es el límite del mundo. Sí se incorporan unos pocos elementos escénicos como las proyecciones de la telenovela de la tarde, la música de Aventura o cajas de colores, pero es el gran trabajo coral del elenco, estregándose en el suelo y vomitando sus miedos, el que nos pone en el espejo de nuestra propia infancia en las islas.
Merece una mención especial ese pasaje en que la protagonista narra sus vivencias como hija de trabajadores en los hoteles del sur de la isla, donde describe «esa capita de fil» que la distancia del falso paraíso turístico y que estos días coincide con el clamor por un cambio de modelo en Canarias, como si la obra recogiese en el tiempo el agotamiento colectivo que anticipaba la novela.
Como sucede en esta última, a medida que avanza la obra, las risas continuas que desatan las historias de las niñas va abriendo paso a una cierta melancolía, «una tristeza extraña, como un picapinos perforando la madera». Nos sentamos junto a ambas, escuchando su silencio.
Y tras lo oscuro, los aplausos resuenan «hasta más allá del cruce» por volver a la belleza de Panza de burro, aplausos largos y fuertes como los gritos de Juanita Banana cuando su abuelo lo arrestó y le torció la oreja «como un paño de cocina mojado» por jugar a las barbis. Pero quizá lo más emocionante de la obra es su poder de convocatoria: llenos absolutos de públicos de todas las edades, incluso, de rostros ajenos al teatro. Lo consiguió Abreu con su novela y ahora Delirium con su adaptación, que sigue de gira y que recomiendo ver al menos una vez, porque la vida solo es una vez y hay que probar un fisquito (de lo bueno) siempre que se pueda.
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